La Mansión Wayne

El padre Mazzucchelli entró veloz. Las puertas no habían terminado de cerrarse cuando él ya entraba en el ascensor.

Posesión diabólica

09/05/2017

| Por Bruno Magistris

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250px-Convergence_(DC_Comics)El padre Mazzucchelli entró veloz. Las puertas no habían terminado de cerrarse cuando él ya entraba en el ascensor, ante la atónita mirada de la recepcionista que apenas atinaba a levantar su dedo. Presionó el 6 en la pantalla y subió raudo. Al volver a abrirse las puertas, alguien notó cómo un hombre ataviado todo en negro parecía casi volar a una velocidad imposible, volviéndose casi una mancha negra que atravesaba los pasillos.

Llegó hasta la puerta en la que se leía “D. DiDio”, la abrió e ingresó, cerrándola con el estrépito de todos los infiernos. Tras un escritorio, un hombre algo excedido de peso y con bigotes lo miró asustado.

-¿Quién es usted? -preguntó. ¿Cómo entró acá?

Por toda respuesta, el padre depositó un morral sobre una silla que invitaba a sentarse, pero que no utilizó. De él, sacó un hardcover. “Convergence”, se leía. Se lo mostró al hombre que cada vez parecía más asustado, y luego lo arrojó al piso. El otro tomó el teléfono, intentó llamar seguramente pidiendo ayuda, pero la linea estaba muerta. Volvió a mirar al hombre, y vio que en su mano tenía otro ejemplar: “All Star Batman & Robin”. Luego vio cómo este también se estrellaba contra el suelo.

No sabía qué pensar, qué hacer. Se paró y fue directo al misterioso sacerdote que, sin decir palabra, parecía estar inmerso en un delirio místico, y se sorprendió al escucharle:

-¡Atrás! -gritó. No te me acerques, Azaroth.

The-Exorcism-of-Molly-Hartley-02-1-¡Vayasé de acá, viejo loco! ¿Qué le pasa?

El padre arrojó el morral y el resto de libros que quedaban en él, y se abalanzó sobre el hombre que, sorprendido ante la fuerza de su oponente, no pudo más que caer sobre sí mismo en un sofá lateral.

-¡Ha llegado el momento de que rindas cuentas por estas abominaciones, hijo de Belzebú! -clamó con un dejo de poder divino. Podría decirse que casi flotaba sobre su propia sombra, este hombre gris, triste y encolerizado

El otro gritaba. Comenzaba a sentir un calor algo fuerte sobre su frente, y un dolor en el cuero cabelludo muy punzante. El padre gritaba fórmulas en latín, inmerso en un éxtasis sobrenatural que lo volvía temible. Invocó nombres poderosos, siempre bajo la señal de su cruz, y sentía en su mano un calor que cada vez le quemaba más.

NA_090128_didio2_FFFuera, un grupo de hombres alarmados intentaban entrar. La puerta era casi una roca y no había forma de abrirla. Desde dentro, llegaban gritos confusos, ardientes, llenos de pánico y hasta dolor. Una luz potente atravesaba los bordes, teñidos de rojo. Golpeaban y pateaban pero la puerta no se abría. El huracán que adentro se desataba aumentaba, y parecía una fuerza misma de la naturaleza.

De pronto, sintieron una explosión y la puerta estalló frente a ellos en mil pedazos. El humo y la penumbra dio lugar a una criatura espantosa, de cuernos afilados, ojos rojos y mirada asesina.

Uno de los presentes sacó un revolver y le disparó. Le bestia gritó y salió corriendo hacia una ventana lateral. La atravesó rompiéndola en mil pedazos y salió en fuga. Los que miraban no sabían qué hacer, el terror se había apoderado de sus almas. Pero algo se agitó junto a ellos y con pavor vieron cómo otra figura, oscura también, emprendía la persecución de la Bestia. Era el padre Mazzucchelli, que en dos pasos había llegado también ante la ventana y había mirado a su través, buscando a su presa. Se agazapó, agachándose. Se santiguó y dijo muy bajo algo que nadie pudo escuchar, y salió volando también.

demonEn el cielo podían verse estas dos figuras antagónicas que marcaban un arco celeste. De pronto se encontraron: el padre golpeaba a la bestia con ímpetu infernal, y la bestia se debatía entre defenderse y huir, ambas opciones muy difíciles de lograr.

De pronto, chocaron contra un edificio que tembló de pies a cabeza, y se precipitaron hacia abajo entre golpes e imprecaciones religiosas.

-¿Qué quieres, maldito clérigo? – dijo la Bestia entre siseos llenos de sangre y pus.

-Quiero extirparte del mundo, regresarte al lugar al que perteneces. ¡Quitarte tu disfraz falaz de una vez y para siempre!

La Bestia gritó, despidiendo un vapor hediondo, mientras el padre ponía (no sin un enorme esfuerzo) una efigie en forma de moneda de plata, con el rostro de un barbado y misterioso hombre, sobre la frente roja y putrefacta de su oponente. La imagen se grabó en la piel, y antes de que su presa iktentara escapar, extrajo de su sallo una daga de la plata más pura.

Satans-Por las barbas del Mago de Northampton… ¡te expulso de este mundo! ¡Vuelve a tu horrible reino, Beelzebub!

Y clavó la daga en el corazón de la Bestia, la cual gritó y se debatió en un interminable éxtasis incontrolable, deshaciéndose. Luego, la daga cayó sobre el piso manchado de lodo y cenizas que había dejado la abominación tras su paso sobre esta tierra.

El padre se levantó, agotado, y tomándola del piso, la secó en su desgastada sotana.

Las leyendas sobre esta batalla se escucharon durante décadas, en las que finalmente las riendas de la editorial fueron tomadas por figuras menos oscuras, aunque ninguna ha estado a la altura de lo que el padre hubiese querido.

Pero cada batalla a su momento.

Por ahora, camina tranquilo por las praderas de su escondida morada. En aquella cabaña en la que habitan su biblia, su cruz, y sus tps tan valiosos.

 

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