La Mansión Wayne

Quisiera nunca haberme detenido… quisiera nunca haber tenido que descubrir lo que he descubierto y que es como un ancla en el devenir de mi futuro.

Shankar

06/10/2020

| Por Bruno Magistris

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12314422_512385788938526_8768509782833177486_oContemplo la espada de acero negro que Otsuki Hidetora me legó tanto tiempo atrás. Su mango de marfil reluce y contrasta con la opacidad de su hoja. Sedienta de sangre, ahora y siempre, podría cortar un cabello con sólo tocarlo. El viento se parte al blandirla, como temeroso del sutil e hiriente beso de su imposible filo, y la esquiva. Su portentosa figura me trae cierta tranquilidad, como si algo tan perfecto que existe balanceándose sobre mi mano fuese indicio de que el mundo, tal como lo conocí hasta hace un tiempo, en verdad existiese. Pero no existe. O al menos, de existir, escapa a mi comprensión.

He recorrido la Tierra. He visto dioses, infinidad de ellos, de todas las religiones del hombre. Los he conocido, y me han llamado por mi nombre. Han reído conmigo, han competido conmigo, y algunos hasta quizás me han amado un poco. No puedo decir lo mismo de mí: creo que nunca he amado realmente a nadie. Ni siquiera a Karalyn, quien cree ser mi hermana y a quien aprecio mucho, es verdad, pero el amor es otra cosa. El amor es entregarse, ofrecerse entero al corazón de otra persona, y yo no puedo hacerlo. Quizás sea porque por muchos años ignoré quién era, de dónde venía, cuál era el origen secreto de mi existencia. El agujero negro que me atravesó tanto tiempo se ancló en mi alma, aún en contra de mis propios deseos. Ahora, que finalmente sé quién soy, hubiera preferido no descubrirlo nunca.

shankar-0401-3f165cab228e26da9415359964095648-1024-1024Contemplo tu filo, negra espada milenaria, y siento que camino sobre él hacia algo a lo que nada podría haberme preparado. Los años me han enseñado muchas cosas, entre ellas las diferentes técnicas de meditación que acercan al hombre al infinito más distante. Aquellas que expanden la consciencia y la difuminan en lo eterno, en lo grande, en lo celestial. Muchas veces he encontrado solaz en sentirme Uno y Todo, Yo y Él, Todo y Nada. No debería haberlo intentado la última vez, no con aquellas hierbas que Krisna, tal vez para burlarse de mí, me dio. Es imposible dilucidar los motivos ocultos que pueda tener un dios, y menos de uno con el que tantas veces he reído y hasta espadeado un poco. Su pretendida amistad dura hasta que se aburren de ti, y cuando se aburren de ti, necesitan divertirse un poco. ¿Qué somos para ellos más que meras distracciones en el peso de su eterna existencia? Nunca confíes en un demonio, ni en un dios.

Estaba cansado. Había vuelto de lugares tan remotos como la India, donde aves de seis metros de altura me acunaron con sus plumas multicolores, cada una del tamaño de un pequeño árbol; había estado en Inglaterra, donde un tal Oscar Wilde me contó su idea de un cuadro viviente; en Grecia había encontrado el vellocino de oro tan mentado por aquellos que nunca lo tuvieron en su mano: lo encontré soso, vulgar; en Egipto conversé con monjes que predicaban su propia inexistencia y se comunicaban a través de las formas de las nubes: tedioso, insoportable lenguaje. En América escalé montañas que llegaban hasta las nubes: en el pico más alto encontré un huevo de plata, con runas indescifrables. Al agitarlo, escuché un quejido.

shankar-00711-20c01c924cea5bfc8015359964092917-1024-1024Todo eso viví en el transcurso de muy poco tiempo, y cuando al fin volví a casa, me dispuse a relajarme. Ya conté de qué manera, pero no en lo que derivó. Quisiera nunca haberme detenido… quisiera nunca haber tenido que descubrir lo que he descubierto y que es como un ancla en el devenir de mi futuro. Por primera vez no sé qué será de mí… o quizás sí.

Las historias de mi origen eran miles hace unos años. Siempre me extrañó el afán del hombre de reclamar algo como suyo. Somos hojas en el viento, lo poco que tenemos o creemos tener desaparecerá y será polvo al igual que nosotros, así que ¿para qué aferrarse a algo?

Aunque… mientras pienso esto, vuelvo a ver el brillo de tu filo, hermosa espada, y sé que nunca podría renunciar a ti. Pero no quiero (no debo) demorarme más. Decía que mis orígenes han sido siempre tan diversos como dispares. Cuando por fin descubrí (o creí hacerlo) que soy hijo de Shiva, o parte de Shiva, o el mismísimo Shiva, creí que no habría nada más que hubiese quedado en las sombras. Cómo me equivoqué…

shankar02Extenuado, necesitando la comunión con el infinito, y bajo el sopor de la ayuda de Krisna (y, seguramente, de su lejana carcajada) me dejé ir. Solté amarras del mundo físico y me dispuse a deslizarme en silencio hacia la fulgurante luz que supe conocer. Pero esta vez hubo algo diferente. Intentaré explicarlo… Sentí que fui más allá. Mi tercer ojo se abrió y el caleidoscopio furioso de la existencia se desplegó ante mí. Pero esta vez hubo algo más… Volví a ver mi vida, desde que fui “encontrado” en la selva hasta mi última y psicodélica revelación. Volví a sentir la fascinación por lo extraño, lo imposible. Y volví también a dejar de pensar en mí y en intentar difuminarme y tocar el Sol, cuando algo me llamó la atención. Vi bocetos virtuosos que me delineaban. Vi palabras que expresaban mis propios sentimientos pero que no salían de mí: me eran impuestas. Vi la inspiración de un hombre, o de dos, que iban mucho más allá de aquel origen que creía tener. Me asusté, pero no me acobardé. Entendí, de una manera profunda, que todo lo que creía saber acerca del mundo era una quimera, una ilusión, una fantasía.

Yo era ficción.

Seguí adelante y vi un destello, un brillo, una chispa. Vi tus ojos contemplando, con éxtasis, el fruto de mi arte, mi vida hecha arte. Quise escapar, ahora en verdad atemorizado, y arranqué mi conciencia hacia otra dirección, en un grito de espanto. Yo, Shankar, no era el hijo de Shiva; no era una parte de Shiva, no era el mismísimo Shiva.

Yo era un libro.

Contemplo tu filo, bellísima espada, y rememoro el brillo de aquel ojo que me miró. Y al que yo miré, al menos por un segundo, sin esquivar. No puedo vivir así. No puedo.

12311170_512380408939064_2072523437460393153_nMe arrodillo. Pienso de nuevo en aquel lejano Otsuki que te obsequió a mi y de cómo también él hizo lo que estoy por hacer, y no puedo sentir más que cansancio.

De ser y no ser. De existir a medias. Tal vez, sólo tal vez, aquel ojo que me vio sea el verdadero ojo de Shiva. Quisiera ser más fuerte. Tendré que conformarme con, al menos en este sentido, ser quien escriba la palabra final. Tal vez sea lo único que me queda.

Acero negro, marfil, y sangre.

 

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