Octava y última etapa de nuestro viaje por la fascinante Slumberland y por la obra del irrepetible Winsor McCay.

Little Nemo in Slumberland (parte 8)

01/03/2021

| Por Andrés Accorsi

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3dbbe052055a41ea070a05bfc83d5fcdEL TEATRO DE LOS SUEÑOS

Más allá de los standards de cada época, más allá de las corrientes estéticas en que lo queramos enrolar, más allá de las modas, más allá de todo, Winsor McCay era un virtuoso, un verdadero dotado para el dibujo realista, con un dominio impactante de la figura humana, los animales, la arquitectura (art decó, art nouveau, estilos clásicos durante la gira por las ciudades del mundo real, imaginación pura cuando aparecen castillos o cuando recorren Marte), la perspectiva, el vestuario… McCay dibujaba todo eso con un grado de perfección al que muy pocos de sus sucedáneos pueden siquiera aspirar. En otros aspectos gráficos de la historieta, principalmente en el contorno de los globos y el rotulado, McCay se ve rústico y a veces hasta torpe, en brutal contraste con la sofisticación de su trazo. Pero en lo que respecta al dibujo en sí, aún hoy es impresionante.

Como si esto fuera poco, en Little Nemo in Slumberland, McCay se atreve a jugar con la puesta en página como nunca antes. Todas sus historietas anteriores se basan en fórmulas: cada plancha o tira era una mera excusa para llegar a un remate final que era prácticamente idéntico en cada entrega (en Little Sammy Sneeze el remate era el estornudo del protagonista, y así) y que permitía a McCay guardar toda su energía para el dibujo. Con la excepción de Dreams of the Rarebit Fiend, las viñetas eran siempre iguales, una grilla fija que había que llenar con dibujitos. De hecho, la primera plancha de Little Nemo ofrece una grilla de cuadros bastante convencional, 12 viñetas rectangulares prolijamente yuxtapuestas, con textos al pie para cada una de ellas y hasta numeradas, para que al lector no le quedaran dudas de en qué orden debía leerlas.

06_winsor_mccay_little_nemo_xl_image001_01129_1412221713_id_863062Pero el orden dura poco. Ya en la segunda entrega, la sucesión de las viñetas deja de ser tan obvia y empiezan a aparecer complejos diseños de página que nos obligan a veces a recurrir a los numeritos para deducir el orden de las mismas. Estamos hablando de puestas con viñetas enormes, viñetas circulares, largas viñetas horizontales o verticales, viñetas escalonadas… todo vale para hacerle vivir al lector el caos de los sueños. Por supuesto, las 12 viñetas dejan lugar a páginas de menos cuadros, pero también a puestas con 14, ó 15 cuadros. En general, el rango está entre las 6 y las 15 viñetas.

El 4 de Marzo de 1906, con 22 planchas a sus espaldas, Little Nemo abandona los textos al pie de cada viñeta y de aquí en más, todo será narrado a través de los diálogos. Ese mismo día se termina la costumbre de arrancar cada plancha con una viñeta en la que Nemo aparece en su cama, hasta donde llega alguien que lo transporta a la aventura. Desde ese momento, la aventura arranca desde la primera viñeta en pleno sueño y los sucesos se revelan como producto de las fantasías de Nemo sólo en la última viñeta.

nemo-4Las primeras planchas, con sus numeritos y sus textos al pie, sumados al estilo puntilloso de McCay, dan la sensación de que uno está leyendo un libro de cuentos para niños, particularmente bien ilustrado. Para cuando McCay pone segunda y las aventuras comienzan a ambientarse en Slumberland, la plancha empieza a parecerse a un circo fuera de control, a un verdadero sueño, o –tal vez más acertadamente- a un dibujo animado sin movimiento, o casi. El dibujo y el montaje de las viñetas cobran un dinamismo a veces vertiginoso, donde las pantomimas y las transformaciones bizarras juegan todo el tiempo entre sí y con la propia página. El movimiento propiamente dicho no está, pero McCay nos lo hace ver.

Y acá hay que agregar un dato que –extrañamente- no se señala en ninguno de los textos escritos sobre Little Nemo en los últimos 100 años. Nunca, pero nunca jamás, McCay deja de mostrar a sus personajes DE CUERPO ENTERO. No hay en toda la obra un sólo primer plano, ni un solo plano americano (del ombligo para arriba), ni un semi-primer plano (del pecho para arriba), ni enfoques cenitales, ni tomas de abajo hacia arriba, ni nada. Así, el lector ve la tira como una obra de teatro, donde los actores siempre se ven de cuerpo entero (a menos que se hagan gigantes) y casi nunca se mueven hacia delante, o hacia atrás, sino en dos dimensiones (arriba-abajo, derecha-izquierda) y siempre sobre un escenario que se nos muestra en su totalidad.

littlenemo_0THUMBComo ruptura loquísima y radical, el 13 de Junio de 1909 McCay mueve la cámara en la última viñeta (la que nos muestra siempre a Nemo en el momento de despertar de su sueño): desde ese día, ya no vemos la totalidad de la cama y buena parte de la habitación, sino sólo al cuerpito del protagonista, la almohada y un cachito de la cama.

Pero en 1911, cuando Little Nemo se va a los diarios de Hearst y pasa a llamarse In the Land of Wonderful Dreams, McCay le pone fin a todo este maravillosos proceso de experimentación. Se impone una grilla que se rompe en contadísimas ocasiones y que consiste en 12 cuadros, organizados en cuatro tiras de tres, y con la última viñeta (la del despertar de Nemo) insertada dentro de la anteúltima, que es siempre la más grande la página. El dibujo no pierde nada de su encanto, y el autor no escatima en peripecias limadas, ni en desopilantes pantomimas, ni en locaciones deslumbrantes. Pero los juegos de viñetas y las innovaciones en la puesta en página pasan a ser la excepción en lugar de la regla y eso deteriora en alguna medida el atractivo de la serie.

203b28cb-bbdc-441d-a853-7cd5972316e4Obviamente, por todo lo expuesto y por su enorme dimensión como dibujante, Winsor McCay resulta un artista muy difícil de imitar. Tal vez por eso su impronta no se haya visto con frecuencia en los historietistas más recientes, excepto cuando la intención es, claramente, homenajear a Little Nemo con obras que sigan meticulosamente su estilo (Little Ego de Giardino, las planchas de Promethea de Eric Shanower, etc.). Pero la pasión por la arquitectura y la asombrosa reproducción de los más mínimos detalles de edificios, palacios y ciudades que McCay introdujo en el terreno del Noveno Arte volvieron a aparecer como un rasgo típico de la llamada línea clara, y autores como Daniel Torres, François Schuiten o el propio Vittorio Giardino han retomado ese recurso para maravillar a los lectores de hoy.

Sin embargo, siguen siendo muchísimos los rasgos de esta historieta supuestamente infantil, supuestamente ingenua y supuestamente anticuada que, aún hoy, 115 años después, nadie ha logrado reproducir. Será porque la magia es irreproducible. Será porque (como diría Charly) la vanguardia es así.

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