Un paseo de criaturas domesticadas -con mejor o peor suerte- de la mano del trazo preciso y denso (pero nunca grueso) de Pablo Vigo.

Lo Salvaje

28/03/2018

| Por Javier Hildebrandt

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LoSalvaje_tapa_altaUN PASEO POR EL ZOO

Hace unos cuantos años (más de veinticinco, seguro) la revista Cerdos & Peces publicaba una imagen a toda página del Hombre Lobo de Lon Chaney Jr. rodeado de esta leyenda: “Alguna vez fuimos libres, salvajes, asesinos. No lo olvides”. Sería una referencia perfecta para hablar de un libro cuyo título incluye una de las palabras de este afiche, Lo Salvaje (Maten al mensajero, 2017). Sin embargo, hay algo al observar su portada que detiene este primer impulso: el trazo preciso de las figuras, los colores planos, la simetría de la composición fomentan una rebelión atronadora contra eso mismo que pregona el título. Es improbable que su autor, Pablo Vigo, no haya calculado esta puesta en escena como forma elemental de picar la atención, una contradicción flagrante que invita a recorrer las páginas del libro. Hacía allí vamos, entonces, a buscar a esa bestia que, como en sus personajes, espera dormida en el interior.

LoSalvaje67Polaroids de locura ordinaria

Lo Salvaje es una antología compuesta por ocho historietas, publicadas previamente en la revista Döppelganger, de editorial La Pinta, en la que Vigo comparte cartel con su colega Matías San Juan. La lectura en conjunto es enriquecedora, no solo por el agregado del color –ausente en la edición original- sino, sobre todo, porque las historias se potencian en su consecución, cruzan diálogos y miradas, y tiran líneas que especulan con la posibilidad de un universo compartido. El escenario urbano, omnipresente en todos los relatos, sería el rasgo obvio que los emparenta. Pero más aun, las características de sus protagonistas, cierto corte generacional –que podríamos delimitar entre los “veintilargos” y los “treinta y pico”- y la forma en que los personajes se relacionen entre sí y con su entorno es lo que termina por definir la identidad común. Así, los protagonistas van transitando el universo de la masculinidad adolescente (en “Lo salvaje” y “Encuentro cercano”), la búsqueda desesperada de un estímulo que rompa con la abulia cotidiana (en “Era una noche tormentosa” y “Salto”), las fobias (“Carnaval”), la soledad (“Mateo”), entre otras sensaciones.

lo-salvaje-2Con la posible excepción de “Mi nube”, en la que la patología del personaje parece deslizar una explicación de índole fantástica, el resto de los actores del libro se muestran comprimidos por sus propias inseguridades, desconfiados de la realidad, procrastinadores, mediados por pantallas y redes como vía de escape de un mundo del que continuamente quieren alejarse, aunque no sepan bien por qué. En Lo Salvaje, la interacción y el contacto físico (sexual o de cualquier tipo) será siempre causal de problemas, equívocos, insatisfacción, decepciones. No faltan momentos en que la propia extrañeza de los personajes genera situaciones humorísticas rayanas en lo bizarro y el absurdo; pero la sensación general es de un desasosiego común. No hay a la vista atisbos de estabilidad, una buena racha o algo parecido a la felicidad, ni en la inútil idealización del pasado ni en un futuro que se desvanece cada día un poco más.

 

lo-salvaje1Animales autóctonos

Las influencias gráficas de Lo Salvaje son evidentes para cualquiera que esté familiarizado con el comic yanki independiente de los ’90: Daniel Clowes, Chris Ware, Adrian Tomine, Beto Hernández, auténticos ídolos para esa misma generación que protagoniza el libro. Vigo parece haber estudiado al milímetro el trazo, la puesta, las tipografías de estos autores, pero acierta en integrar estos recursos con naturalidad a historias inconfundiblemente argentinas y contemporáneas. Y la forma en que las viñetas se van multiplicando y reduciendo parece quitar paulatinamente el aire que rodea a los personajes y acompaña su propia asfixia interior. No es descabellado pensar que estamos en presencia de pequeñas jaulas en donde esta fauna, exótica y familiar a la vez, se exhibe en su hábitat natural en presencia de sus lectores… y a que, a su vez, le permite pensar de qué lado de la celda –o la viñeta- está parado.

En este paseo de criaturas domesticadas con mejor o peor suerte, el trazo preciso y denso (pero nunca grueso) de la pluma de Vigo, esconde una línea más, que vibra en el interior. Que se tensa con cada silencio incómodo, cada palabra dicha (o callada) sin razón, cada mirada enfrentada al vacío. Y se extiende hacia el interior, se alarga en el espacio y el tiempo, y se confunde con nuestro ADN, aquel que nos legaron nuestros ancestros “libres, salvajes, asesinos” que urdieron el tejido inicial de nuestra propia humanidad.

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