Color Local

Publicada en Francia por la editorial Albin Michel como La bulle de bertold y aún inédita en la Argentina, La burbuja de bertold cuenta precisamente la historia de Bertold Boro, acusado de falsificación y de asesinato y condenado a la “pena de amputación total" por la que pierde sus brazos y piernas pero no por ello su capacidad de actuar.

La Burbuja de Bertold

27/12/2007

| Por Hernán Martignone

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Para Carlos Trillo, el color local es un acontecimiento más en el devenir del mundo de las ideas. En la presentación de uno de sus últimos trabajos, Sarna, el guionista contaba su desconfianza por aquellas obras que, como Persépolis, trataban de mostrar con fervor las tipicidades de una región o de una época, denunciadas por él como tipismos o tipificaciones más bien simplistas. Criticaba, también, la actitud de los franceses, que querían ver en todas sus obras los rasgos característicos de una americanidad al palo, tan humana como el prejuicio, o incluso la de sus compatriotas cuando leían, entre viñetas, una posición antibritánica a partir de un personaje inglés que aparecía durante la guerra de Malvinas en El Loco Chávez, cuyas tiras habían sido realizadas antes del estallido del conflicto. Prolífico como pocos y más multifacético que un caleidoscopio, Trillo ha visitado todos los géneros, desde el western hasta la science-fiction, atravesando los terrenos pantanosos del costumbrismo y del terror vampírico. Siguiendo el imperativo borgeano postulado en “El escritor argentino y la tradición”, que rezaba aquel “debemos pensar que nuestro patrimonio es el universo; ensayar todos los temas; y no podemos concretarnos a lo argentino para ser argentinos”, nada de lo humano le es ajeno porque, para seguir ahora a Cortázar, no hay temas significativos ni absolutamente insignificantes: lo que importa es el tratamiento del tema. Ahí, en todo caso, puede verse lo argentino de Trillo, su capacidad para apropiarse de la alteridad y su amplitud de miras (encarnada en su exuberante conocimiento de la literatura mundial): hay que detenerse a observar a sus chicanos, a sus portugueses, a sus mutantes para entender de qué estamos hablando. Y, claro está, también a sus argentinos: el Loco Chávez, el Negro Blanco, Sarna, López son “tipos” aunque, claro está, en un sentido nuevo, único, del término. Rodeándose de los mejores dibujantes nacionales y con un manejo soberbio del arsenal expresivo rioplatense, Trillo ha sabido llenar las páginas de la historieta argentina con los gestos y las palabras que mejor nos definen, sean quienes sean sus portadores.


O que será que será
Que vive nas idéias desses amantes
Que cantam os poetas mais delirantes
Que juram os profetas embriagados
Que está na romaria dos mutilados
Que está na fantasia dos infelizes
Que está no dia-a-dia das meretrizes…

Chico Buarque

Vivir en una burbuja

Publicada en Francia por la editorial Albin Michel como La bulle de bertold y aún inédita en la Argentina, La burbuja de bertold cuenta precisamente la historia de Bertold Boro, acusado de falsificación y de asesinato y condenado a la “pena de amputación total” por la que pierde sus brazos y piernas pero no por ello su capacidad de actuar.


Habitante de Butania, una ciudad a la vez futurista y arcaizante ubicada en la Patagonia (cuya fuente de energía es la burbuja de gas butano a la que hace mención el título), Bertold era un títere de sus superiores, que lo manejaban a su antojo para hacer que la “máquina” de Butania siguiera funcionando a cualquier precio. Ya sin sus miembros y devenido marioneta de Johan, un supuesto ventrílocuo, es descubierto en la Plaza Feerica por Froilan, un director de teatro que trabaja con actores mutilados –también él ha perdido un brazo– y que se lo lleva a su teatro “neumático” a cambio de abrigo y dinero. En “las tablas” se verá el talento innato de Bertold para conmover y concientizar al público con su capacidad para improvisar, que molestará a su patrón –devenido autor teatral– a quien le gusta tener un control absoluto sobre lo que sucede en lo que considera su dominio por excelencia, su teatro de marionetas de carne y hueso.

Parábola futurista, ciencia ficción con mensaje, obra personal ligada fuertemente a la mejor tradición de la literatura argentina y mundial de su temática, este álbum de Agrimbau e Ippóliti constituye un homenaje a toda la obra (principalmente teatral) de Bertolt Brecht y una relectura de su poética, como se advierte a partir del nombre y de las iniciales BB de su protagonista. El apellido Boro remite, por otra parte, al personaje de la BD francesa surgido en los 80, el fotógrafo periodista revolucionario que lucha por la libertad durante la década del 30 en la Guerra Civil española y del 40 en la resistencia francesa contra los nazis. Volveremos más adelante a la relación de La bulle… con la historieta.


Lo maravilloso de La burbuja… es que logra introducir a la perfección el mundo del dramaturgo alemán en su propia y original estructura, de dos maneras diversas y complementarias: por un lado, incorpora narrativamente conceptos brechtianos como distanciamiento, teatro épico y gestos sociales sin que suenen a discurso impostado, sin didactismo alguno, amalgamándolos en el desarrollo de la trama; por otro, no hace indispensable el conocimiento de esos conceptos para la apreciación de la aventura, sino que sitúa ese background como un fondo, como un plus con el que no es necesario contar para el cabal disfrute de lo que se narra y muestra. La alusión se mueve en un plano ambigo que juega con lo que sabe el lector, pero también con lo que ignora. La caracterización, por ejemplo, de Bertold en tanto actor/empleado en relación dialéctica con su jefe/director ilustra a la perfección las ideas de Brecht sobre la tensión existente entre patrones y empleados, al tiempo que funciona ajustada y necesariamente como parte de la complicación, con el soberbio y sutil detalle agregado de este patrón que se vuelve el “artista oficial” del régimen de Butania.


Tampoco se descuida la función que todo actor debe desempeñar en una obra teatral épica: ser una pieza más que colabore en el distanciamiento del espectador respecto de lo que está observando, para lo cual el actor del teatro épico desmenuza su papel, haciendo visibles las contradicciones del personaje. Así, “la obra dentro de la obra” que se representa en La bulle…da pie a Bertold para enviar su mensaje de rebelión a la multitud que, pese a estar viendo una panfleto –al menos en apariencia– de propaganda del régimen, sabe percibir a través de las palabras de Bertold el engaño al que estaban siendo sometidos. La historieta va de un plano a otro, de un nivel a otro, con singular y notable soltura: la mencionada obra de Froilan, titulada Leche de la madre (clara referencia a las incomparables “madres” que circulan por las piezas dramáticas de Brecht), metaforiza además la vida de Butania y la necesidad de venerar a la burbuja y todo lo que ella implica, pero al mismo tiempo se representa el funcionamiento de la ciudad, de su gobierno y de su gente –como en la mayoría de la gran literatura de ciencia ficción– a través de un microcosmos, de un pequeño núcleo de personajes: el entorno cerrado de los actores del teatro neumático y de su despótico director.

Precisamente hay una serie de grandes relatos de la ciencia ficción que aparecen aludidos en La bulle…La ubicación en la Patagonia, ese “fin del mundo” geográfico (el “fin del mundo” en sentido temporal también tiene mucho que ver con el género), nos remite a obras como La república de los sabios, de Arno Schmidt (con un prólogo ficcional que nos sitúa en Chubut), Un mundo feliz, de Aldous Huxley (con la mención de las Malvinas/Falklands), Insomnio, del argentino Marcelo Cohen (con el pueblo patagónico Kramer como escenario de la acción). La página final, por su parte, despierta reminiscencias en las que se concentran dos libros fundamentales: uno extranjero, el otro nacional. Del nuestro, La invención de Morel, tiene la idea de la repetición maquinal de una acción, superadora de la capacidad humana; de Fahrenheit 451, el abandono de la bullente y explosiva ciudad hacia las afueras, siguiendo las vías del tren, que son la marca de una civilización y de una técnica que han de ser dejadas atrás.


La burbuja… es también tributaria, según anticipamos, de otra historieta además de Aventuras de Boro, esta vez argentina: la revoltosa saga de Sasturain y Breccia Perramus. En la tercera entrega de la serie, La isla del guano, bullen algunos elementos que el trabajo de Agrimbau-Ippóliti coloca en primerísimo primer plano: el autoritarismo de los gobernantes, la representación (ni mimética ni catártica, sino épica y parabólica) como una forma de despertar a la sociedad, la fuente de energía a punto de agotarse que pone en jaque al gobierno, la figura del revolucionario que quiere subvertirlo todo. Y esta relación con el noveno arte ya está presente desde el título, pues bulle (burbuja) es la palabra técnica que en francés designa al globo de diálogo en historieta (y cuya traducción fue usada hace tiempo, en nuestro país, para designarlo, cuando el francés era para nosotros una lengua viva). La bulle, entonces, no constituye solamente la burbuja de butano ni el mundo cerrado en el que vive y sobrevive Bertold, sino también el discurso que el personaje elabora, su forma y su contenido.

Muy pocas cosas (o quizás nada) merecemos los argentinos por ser argentinos; por serlo, en cambio, necesitamos muchas. Como argentinos, necesitamos La burbuja de bertold; la merecemos, sin duda, como lectores.

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