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NOTAS

Cupido

Violencia y blasfemia en esta bizarra mezcla entre gangsters y sacerdotes con la que debutara Oriol Roca.
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Martes 02 de junio, 2026

Planeta en su Laberinto

Para 1996, el panorama de la historieta española ofrecía dos certezas: 1) la producción de historieta autóctona estaba en niveles bajísimos, tras la caída de la mayoría de las revistas de antología, tanto infanto-juveniles como apuntadas al segmento de los adultos. 2) nada ni nadie podía aspirar a la facturación monstruosa que tenía asegurada Planeta-DeAgostini a partir del éxito masivo tanto de su línea de manga como de su línea de traducciones de material de Marvel (la famosa Forum).

Así es como el legendario Director Editorial de Planeta, Antonio Martín, convenció a los capos de la empresa para lanzar una línea de comic books de autores españoles, sin grandes nombres, sin costos demasiado onerosos, como para tantear las aguas con miniseries y one-shots que sirvieran para mostrar que la producción local no estaba muerta, y que -con el empuje de una gran empresa- todavía podía conquistar lectores tanto en los kioscos como en los comercios especializados. Esa apuesta se llamó Línea Laberinto y, si bien cosechó muchos más fracasos que éxitos, sirvió para darle manija a una generación de autores que no tenía otras opciones para publicar de manera profesional, algunos de los cuales alcanzarían, con los años, cierto prestigio, cierta tracción entre los aficionados y cierto nivel de calidad. O sea que no fue plata tirada a la basura... y si lo fue, tampoco importa, porque en ese momento si algo le sobraba a Planeta-DeAgostini era espalda económica para emprender una apuesta de esta envergadura.

El otro Roca

En Mayo de 1997, cuando se publica el nº1 de Cupido, nadie había oído jamás hablar de Oriol Roca. Era un muchacho catalán ya grandecito, de 29 años (debe ser del ´68, como yo), que venía del palo de la dramaturgia, la dirección de arte para cine, los storyboards y la animación. Con ese background, más su interés por la pintura, la escultura y la música, Oriol Roca llegaba a la historieta, dispuesto a darle más diversidad a un panorama que parecía muy chato, en el que solo florecían las antologías de comic erótico, el shonen y los superhéroes. "Todos los comics parecen iguales, clónicos, y eso da miedo porque no hay demasiada variedad", declaraba en un texto que acompaña al nº1 de la miniserie.

Y en ese sentido, cumplió. No había, en ese entonces, otro comic como Cupido en las bateas. Nadie hacía ese estilo, que mezclaba la línea clara posmoderna de Yves Chaland y Daniel Torres con el claroscuro extremo de Marc-Antoine Mathieu, de Santiago Sequeiros, o del mejor Paul Grist. Después, resulta que Roca no logra reproducir a lo largo de la obra la magia y el impacto narrativo de la secuencia con la que abre el nº1, un poco porque "se casa" con los primeros planos, a los que deja descansar solo en las secuencias con muchísima acción, y decanta por unas puestas en las que nunca encuentra el mejor equilibrio entre el predominio de las figuras y una cantidad mínima de fondos que nos permitan deducir dónde carajo transcurre la acción. Es una pena, porque el grafismo es realmente muy notable, con personajes muy expresivos, cada uno con un diseño muy particular, que hace muy fácil diferenciarlos.

Chumbos y crucifijos

La trama también es rarísima. Cupido es básicamente Torpedo, el gangster de Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet: un asesino a sueldo que trabaja para distintos capos mafiosos. En esta historia, uno de ellos se propone aniquilarlo y se desata una sucesión de peripecias impredecibles que terminan con Cupido amnésico, convencido de que es un cura. Rescatado por otros curas, asume la identidad del Padre Expósito y se integra a una congregación religiosa católica... que pronto se verá enfrentada de manera bastante violenta a sus colegas del islamismo y el judaísmo.

¿Fuego cruzado entre cristianos, judíos y musulmanes? Sí, el vértigo del relato que propone Roca nos va a llevar a esa bizarra situación, tras algunos momentos que parecen sacados de un sketch de Cha-Cha-Cha. A cada volantazo le sigue uno más extremo, y recién en las últimas páginas vemos al protagonista recuperar el control de lo que está pasando. En el medio, todo es desconcierto. Narrado de manera amena, con diálogos graciosos, con las escenas de tiros y explosiones integradas de manera bastante coherente, pero todo tan lejos del clásico género de gangsters, que nunca sabés para dónde va a agarrar el autor.

Requiem para un autor

Cupido no tuvo ni por asomo la repercusión esperada. Probablemente los fans no estuvieran preparados para un comic que satirizaba a las principales religiones en un contexto de guerra de pandillas armadas hasta la sotana. La miniserie no se reeditó jamás, y Cupido no protagonizó nunca nuevas aventuras. Todo empieza y termina en estas 72 páginas.

Oriol Roca, por su parte, produjo dos historietas bastante mejores que esta entre 1999 y 2000, que fueron publicadas en 2003 por la editorial Dude, en un librito prestige que se llama (al igual que el protagonista de ambas historias) Hugo Moro. No me quiero extender mucho acerca de Hugo Moro, porque es una obra aún más ignota que Cupido y en una de esas, le dedicamos una entrega de esta columna, más adelante.

Actualmente, Roca se dedica a la ilustración de libros infantiles, a años luz del impactante claroscuro de Cupido, los chumbos, las decapitaciones, los gastes blasfemos a las instituciones religiosas y las insinuaciones sexuales que vimos en su ópera prima.

Como rareza, como experimento que se pasó un poquito de rosca, Cupido todavía resiste una lectura 29 años después de su aparición, sobre todo por lo impecable de la faz visual: dibujo, entintado, rotulado, portadas. Todo nos hacía pensar que Oriol Roca era poco menos que la segunda venida de Jesucristo y, una vez más, la pifiamos. Amén.