A ojos actuales, Alejandro Jodorowsky puede resultar un tanto cansino con sus mensajes de autoayuda y su cacareada psicomagia. Su presencia en los medios como mercachifle hace que nos olvidemos fácilmente de que a comienzos de los años ´70 dirigió tres largometrajes formidables: La Montaña Sagrada, El Topo y Santa Sangre, obras originales que solo pudieron ser concebidas por un artista talentoso y con una imaginación desaforada, pero también, sí, por una suerte de encantador de serpientes, de mentiroso, de embaucador que supo conseguir quién le financiara películas que no tenían guiones convencionales, que se nutrían de elementos simbólicos más que de historias reales y que tenían un lenguaje muy inusual. Pero eran buenas.

Durante los años ´60, Jean Giraud fue un ilustrador excepcional de la serie El teniente Blueberry, western francés que empieza como un serial más para semanarios juveniles, pero que va creciendo, en dibujo y en guion, hasta convertirse en una verdadera saga del Oeste que expuso a toda una generación de adolescentes franceses la injusticia cometida por el ejército norteamericano contra los aborígenes sioux y la disyuntiva de un teniente que no quería matar a sus coterráneos sureños y que -después de muchas aventuras- terminó por pasarse al bando de los indios. El dibujo de Blueberry es clásico, figura humana cuidada, grandes panorámicas del desierto, caballos, carretas, pueblos dibujados con esmero y un gran lujo de detalle. El estilo está totalmente emparentado con la tradición del comic franco-belga por autores como Franquin o Jijé (este último fue el mentor de Giraud). Con el tiempo y con el éxito de la serie, Giraud va a soltar su trazo, siempre apegado a las convenciones, pero cada vez más ambicioso en las composiciones, en valerse de un lenguaje cinematográfico ágil y visualmente emocionante y las expresiones de los personajes cada vez más enfatizadas. No obstante, en 1974, saturado de Blueberry, Giraud funda la editorial Humanoides Asociados, desde donde lanza la revista Métal Hurlant, más enfocada a la ciencia ficción y la cultura pop que al formato de semanario juvenil que tenían publicaciones como Pilote. Ahora bajo el nombre de Moebius, crea espléndidos universos fantásticos en Arzach y en El Garaje Hermético. Son obras que destacan por un dibujo impresionante, donde se siente toda la experiencia paisajística de Blueberry, pero con otra técnica de entintado, ahora plumilla en lugar de pincel, lo que da lugar a un trazo más limpio, más moderno. Asimismo, Moebius desarrolla una técnica de color completamente novedosa que refuerza muchísimo este nuevo estilo gráfico. El resultado es increíble y cautiva al público de inmediato, los lectores son testigos de una constante experimentación visual. No obstante, todo hay que decirlo, si bien el estilo gráfico de Moebius supone ya un antes y un después en el comic mundial, sus historias pueden padecer de un cierto vacío de contenido. Moebius había trabajado en algunos diseños del fallido proyecto de adaptación cinematográfica de Dune a cargo de Jodorowsky, con quien conservaba buena relación. Jodorowsky tenía alguna experiencia en comics antes de sus películas y se discute la posibilidad de crear una gran historia de ciencia ficción para que Moebius la dibuje. En 1980 se inicia por entregas en Métal Hurlant la saga de El Incal.

El relato, que en sus inicios funciona como una parodia futurista de una novela de serie negra, se centra en las desventuras del detective John Difool y su mascota parlante, el pájaro Deepo. Difool es contratado por una extraña mujer para una misión que parece de rutina: recoger a la mujer a una hora y en un lugar específico. Difool llega a la cita al momento acordado e interrumpe un acto amoroso entre la dama y Kill Cabeza de Perro, quien, sí, tiene cabeza de pastor alemán y quien, ante la interrupción, se convierte en enemigo acérrimo de Difool. La mujer adquiere su verdadera apariencia, la de una anciana decrépita, y a partir de ahí las aventuras de Difool se complican. Aparece una extraña entidad, el Incal blanco, que convierte a Difool en su cuidador. Esto lo lleva a confrontar con los varios Difool que habitan adentro suyo y lo sumerge en una aventura metafísica contada a un ritmo trepidante y desaforado. Difool atravesará diferentes etapas, diferentes estadios, tendrá que encontrarse a sí mismo, literalmente, hallar su valor interior y conseguir aliados que lo acompañarán en una revolución contra la nobleza, se adentrará luego en una suerte de Hades en el centro del planeta y seducirá a una reina alienígena, todo con el fin de impedir que se desate una guerra intergaláctica. Se encontrará con toda suerte de personajes estrafalarios, como los Bergs, extraños pájaros mutantes, rivales que devienen aliados como el Metabarón, musas extrañas y hermosas como Animah, la reina de las psico-ratas, o delirantes y psicóticos líderes decadentes como el príncipe Clon.

La historia abarcó más de 300 páginas repartidas en seis álbumes a lo largo de toda la década de los ´80. Jodorowsky abordó una historia de ciencia ficción con originalidad y desparpajo, renunció a una estructura coherente y contó su historia de la forma más extraña posible. El Incal es una obra descontrolada, divertida, surreal e irresponsable. Jodorowsky no trata nunca de construir personajes complejos que evolucionen a lo largo de la historia. Sus personajes, Difool, el Metabarón, Animah, son más bien símbolos, arquetipos. Los amantes de la ciencia ficción más ortodoxa pueden resentir el poco respeto por las convenciones, pero acaso lo que hace grande al Incal es el poco respeto por estas. Tal vez el verdadero valor de este ambicioso comic, a la par de la impresionante calidad de su dibujo, está en que es tal vez más un poema que una narración convencional. Es una aventura más cercana a un sueño, a una alucinación. Es una space opera, sí, pero tal vez es la space opera que deconstruye el género. La verdadera evolución de la historia está en sus planteamientos filosóficos, en tomar elementos de Castaneda y de Carl Jung, y en retar constantemente al gran Moebius a dibujar cosas cada vez más extrañas. Es una obra desigual: Jodorowsky es a la vez artista genial y embaucador, por momentos intuimos que si bien hay un plan coherente, varias secuencias parecen fruto de la mera improvisación, Moebius en su dibujo es más constante, aunque particularmente en los dos últimos tomos su trazo acusa cierto agotamiento.

El Incal fue un éxito absoluto en ventas y dividió a la crítica. No obstante, las pautas planteadas en esta extraña aventura dieron origen a muchas secuelas, ya no dibujadas por Moebius pero que son siempre comics de ciencia ficción notables. Es una obra maravillosa pero errática, que para algunos puede haber envejecido no completamente bien. Tal vez, en medio de sus desafueros, Jodorowsky haya pecado de autocomplaciente en más de un momento. Pero es un hito de la ciencia ficción, es un replanteo de la space opera en clave metafísica que difícilmente deja indiferente a nadie. Y es uno de los comics más valiosos que se han hecho.



