¿Por qué hablar de “El último canto de los Malaterre” (François Bourgeon, 1990) como una unidad redonda, un libro autónomo, cuando es parte de una serie, “Los Compañeros del Crepúsculo”? En primer lugar, porque “Los Compañeros del Crepúsculo”, como un todo, es una serie bastante irregular. Una idea bellísima: un caballero del Siglo XIV, con un rostro deformado por heridas de guerra, que carga con la culpa de no haber salvado a su amada, decide emprender un viaje hacia los confines del mundo, y se hace acompañar por dos seres tan tragicómicos como él: la Bermeja, una joven pelirroja, nieta de una anciana a la que tildan de bruja, y Aniceto, un jovenzuelo cobarde y estúpido, único sobreviviente de una masacre que asoló su poblado.

Estos tres compañeros del crepúsculo recorren la campiña francesa, donde afrontan la brutalidad de la época, conoce personajes singulares y se conocen entre ellos. En el primer libro, “El sortilegio del bosque de las brumas”, cuando acabamos de conocerlos y aclimatarnos a la particular forma de narrar de Bourgeon, a sus diálogos medievales (bastante bien logrados en la traducción al español), acaso nos extrañamos cuando una reconstrucción histórica preciosista y cuidada al extremo es invadida por una secuencia entre onírica y fantástica con duendes y hadas, que rompen el estilo del relato. En el segundo libro, “El eclipse azul”, una nueva aventura del extraño trío se ve interrumpida por una digresión, que no flashback, que se retrocede en el tiempo a la época del Imperio Romano y los celtas, sin que nos quede completamente claro qué le aporta todo esto a nuestros personajes medievales. No obstante, al llegar a El último canto de los Malaterre, mucho más extenso y complejo que los libros anteriores, nos es imposible negar que Bourgeon ejecuta una obra maestra.

Nuestros (anti)héroes arriban a la ciudad fortificada de MontRoy, donde traban relaciones con una pequeña troupe de cirqueros ambulantes, un asesino de niñas, un joven monje copista y una gitana/judía que sabe mucho más de lo que dice. Los compañeros del crepúsculo se ven inmersos en esta pequeña ciudad a la que aparentemente se integran con facilidad, si bien ignoran el peligro que se cierne sobre ellos. En MontRoy, la ciudad de los Malaterre, el peligro no está en seres fantásticos ni en fantasmas del pasado, sino en seres humanos reales y malvados, en intrigas palaciegas, en el odio y la traición. El deforme caballero enfrentará su destino, no en una encarnizada batalla, sino al caer en la telaraña de una mujer fatal. El joven Aniceto, ansioso de ser reconocido como escudero y no como sirviente, encontrará tal vez su anhelado reconocimiento, pero ya en un momento en el que eso no tenga importancia. La pelirroja, por su lado, será tal vez quien salga mejor librada que sus contrapartes masculinas, acaso porque sus anhelos, sus ilusiones, son más vitales y más justos, aunque el mundo se empeñe en decirle lo contrario.
Malaterre es una historia bellísima, y tal vez el comic de ambientación medieval más logrado y más ambicioso que se haya hecho. Por su riqueza simbólica, por el cuidado minucioso de su ambientación, a la par del gran cuidado de su desarrollo dramático, no es exagerado compararla con El Nombre de la Rosa, de Umberto Eco, o El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman. Esto ocurre porque en las tres obras (el comic, el libro y la película) encontramos una visión del Medioevo desde una óptica moderna, con sus conflictos existenciales, con personajes atrapados en un tiempo con unas coordenadas precisas, completamente ignorantes de hacia dónde evolucionará la humanidad después de ellos. Las tres obras no solo nos trasladan al Medioevo, si no que saben amalgamarse con esto sin caer en anacronismos.

Bourgeon rehúye la ficción histórica épica, la gesta, las grandes luchas. Muestra, en cambio, las consecuencias de guerras estériles. El desprecio por la vida, la brutalidad de aquella Edad Media, pero también la sencilla existencia de labriegos, posaderos, lavanderas y soldados mal pagados. Como lectores sentimos que formamos parte de este pequeño ecosistema del pasado. Conocemos cómo era ser judío domador de osos, mujer emancipada e independiente en un mundo de hombres, o incluso lo que significaba ser un asesino serial en tiempos en que esos conceptos no se entendían. Entendemos lo diferente que era la vida en un tiempo en que todo era más brutal. Pero también encontramos lo parecidos que somos los seres humanos de todas las épocas.
Buena parte de esa sensación de autenticidad proviene también del dibujo de Bourgeon. Integrado a la gran tradición del comic franco-belga, curtido con la serie “Los Pasajeros del Viento”, que lo convirtió en un autor famoso, cuando Bourgeon crea Los Compañeros del Crepúsculo es ya un autor consagrado, si bien su estilo es bastante extraño: una figura humana inusual, un dibujo a veces errático, pero muy expresivo. Bourgeon dibujaba rostros y cuerpos con mucha soltura, pero muy a su manera, lejos del canon más clásico, y recreaba a los personajes de una forma que podríamos definir como artesanal. Su registro de expresiones es muy amplio, pero también muy suyo; los gestos, las poses de los personajes tienen la plasticidad de ver actores de carne y hueso practicando en un ensayo, llegan a sentirse a veces como auténticas coreografías, si bien renuncian a efectismos propios del comic. Su cuidado del detalle al dibujar la villa de MontRoy, el monasterio de los copistas o el castillo de los Malaterre es impresionante. Los utensilios cotidianos, las espadas, los escudos, los animales, todo exuda realismo.

El último canto de los Malaterre es, sí, una obra cerrada y autónoma. Por eso puede leerse sin conocer los tomos previos: porque termina por trascender su propia serie y convertirse en una de las grandes obras del comic europeo.


