Invitados: Barry Windsor-Smith, Hans Jonas, Vandana Shiva, Peter Singer, Giorgio Agamben y otros amigos.
¿Debemos poner límites a la ciencia, o debemos aumentar su velocidad?
¿Hasta donde hay experimento y desde donde hay tortura?
El conocimiento: ¿justifica el dolor, o lo administra?
"Cuando ves algo que es técnicamente irresistible... seguís adelante y lo hacés, y recién te ponés a discutir qué hacer con eso después del éxito técnico.
Así fue con la bomba atómica."
—J. Robert Oppenheimer, 1954

Si leíste boñiga y necesitas olvidarla, con Monsters vas a pedir el botón de desleer para no pensar en los horrores que el ser humano es capaz de hacer en el mundo en que vivís. El autor integral es ni más ni menos que el crack de Barry Windsor-Smith, quién tardó más de 35 años en terminar la obra. Probablemente haya necesitado ese tiempo para encontrar las palabras, los enfoques y las críticas correctas para narrar el horror sin anestesia y sin moralina.
Nuestro protagonista es el bueno de Bobby Bailey, un pibe suburbano con capacidades físicas limitadas, que quiere inscribirse en el Ejército Yanki en busca de lo que la vida y la sociedad le negaron siempre: un lugar seguro donde cuiden de él y le brinden esperanza. Pero su futuro había llegado hace rato, de una forma que ni él, ni nosotros como lectores, lo esperábamos. Se trata de un casi-Forrest-Gump que ya era víctima antes de firmar nada. Y el Ejército de EEUU, con toda su parafernalia de banderas y falsas promesas será, como tantas otras veces, el brazo ejecutor de los límites más oscuros del desarrollo científico.
La trampa estaba armada desde hacía décadas, solo faltaba apretar el botón.

La obra no boludea ni pierde el tiempo: inmediatamente vemos la continuación de los “avances” científicos nazi, que fueron trasladados a la Norteamérica de la libertad. Todo el tono está invadido por una crueldad sin rodeos, donde Windsor-Smith ejecuta (durante las trescientas y pico de páginas en blanco y negro) cada sombra como si fuera la conciencia de los sujetos que la protagonizan. BWS eligió contar esto desde la arquitectura de lo cotidiano, con familias rotas o violencia intra-vincular, mucho antes de llegar al body horror. Es más que obvio que los monstruos del título no son lo que muestra la portada. Y el texto sabe eso desde la primera página.
“Es reconfortante ver a un pibe como vos elegir la carrera militar por su cuenta. No te vas a arrepentir. Te lo prometo.”
Fragmento de “Monstruos”
Los grandes horrores e injusticias suelen ser las que tienen la mayor cantidad de cómplices pasivos: El Sargento McFarland es el tipo que sabía y no actuó, porque cuando el sistema te da instrucciones y vos las seguís sin pensar en si hacés lo correcto, sos parte fundamental de su maquinaria. Los sistemas que generan horrores como el Proyecto Prometeo (algo falso en la novela gráfica, pero existen cientos de casos reales o metáforas de ellos, como en V de Vendetta) no se sostienen sobre el trabajo de los monstruos. Se sostienen sobre el trabajo de los cómplices: gente que intuye el horror, pero que lo racionaliza con oximorones elegantes como "provocar daño controlado para salvar más vidas", "hacer la guerra para alcanzar la paz" o las más infames: “lo hice porque era mi trabajo” y “así me lo ordenaron”. Frases que son patéticas cortinas de humo para tapar las responsabilidades sobre las horribles consecuencias que generan las posturas más extremistas del avance técnico-científico.

Hans Jonas dijo que la ética moderna no tiene que partir del "podemos hacer esto y probablemente salga bien", sino del "podemos hacer esto y tenemos la obligación de imaginar en serio el peor escenario posible antes de hacerlo". Algo obvio… hasta que te acordás de lo que fue la experimentación humana hace décadas, o los bombardeos a escuelas de hace semanas. Pero ojo, Jonas no señalaba que la ciencia fuera mala, sino que el poder que la ciencia genera es tan enorme que las “viejas éticas” ya no alcanzan para contenerlo. Es decir, entre lo que la ciencia ya puede hacer y la ética necesaria, que aún no llegó a preguntarse si debía hacerlo, suele gestarse el horror.
Pero el problema más grande, es que si la ética funciona como una contención construida colectivamente, ese “freno” siempre estuvo en pugna con algo. A veces fue la religión, otras veces fue la ley o el sentido de supervivencia más básico. Lo que cambia en cada época es para quién opera esa ciencia. Como nos presenta Monsters, la continuación del nazismo en la militarización yanki es la continuación de la lógica más coherente del capitalismo industrial, que siempre necesitó cuerpos disponibles para sus experimentos. Bobby Bailey no es un sujeto libre que hace una elección informada, sino que llega como el producto final de una cadena de violencia que empezó mucho antes de McFarland o de llegar a la mesa de operaciones.
—Buen trabajo, McFarland.
—Solo sigo órdenes, señor… (Y espero no vivir para arrepentirme).
Fragmento de “Monstruos”

Bailey es un animal, como el ser humano es un animal. Bobby, un ratón de laboratorio, un ecosistema de montaña con minerales debajo o un bosque que molesta (para meter una torre de concreto)… La escala cambia, pero la lógica es la misma: son recursos descartables cuando hay algo que se considera más importante que aquello que lo habita.
Vandana Shiva explica que la pregunta no es si el daño que genera la tecnociencia es "necesario", sino que la pregunta debe ser “¿para quién es necesario?”. Bobby no necesitaba el Proyecto Prometeo. Pero el sistema que produce esa ciencia, las empresas que venden los resultados de ese tipo de experimentos o los estados que compran esa ventaja militar… esos sí necesitan a pobres bastardos como sujetos de prueba, ya sea que hablemos del Amazonas, de los océanos o de animales de laboratorio.
No hay diferencia ética entre lo que le hacen al protagonista y lo que la industria cosmética le hace a un conejo para probar si una crema anti-age para el ano funciona 10 puntos. En ambos casos hay ausencia total de algo que explique para qué sirve el dolor que están sufriendo. La deformidad no está en el resultado del experimento, sino en quien lo diseñó o firmó la autorización, y también en quienes compramos el producto sin preguntarnos nada.

Un pobre tipo como Bailey, convertido en monstruo… ¿impacta más que una bomba nuclear reventada en el Pacífico como parte de una prueba científica? ¿o que 5.000 personas usadas como cobayos de agentes químicos en el Arsenal Edgewood? (MW de Tezuka, te estoy mirando).
La ciencia que produce eso tiene el mismo ADN que el Proyecto Prometeo, la diferencia es el packaging.
Peter Singer, un forro que era la versión más brutal del utilitarismo (la que reduce todo a cálculo) hablaba de “daño menor para el beneficio mayor” o de “sacrificio calculado para el progreso”, en busca de las cobardes coartadas perfectas: deshumanizar (o des-animalizar, es exactamente lo mismo) al que sufre para que el sufrimiento sea administrable. Pero la vida no es una variable de una ecuación de maximización de bienestar. Existe. Y eso basta. Por eso vale recordar a Giorgio Agamben, que escribió sobre el cuerpo reducido a su pura dimensión biológica, despojado de todo atributo político y social, entregado al poder soberano que decide sobre él sin apelación posible.
“Tenía su cabeza en mis manos y no paraba de reirme y reirme. Era Bailey, el chico que acabo de mandar a Prometeo. Ay, Dios… ¿Qué acabo de hacer?”
Fragmento de “Monstruos”

Monsters deja de ser una historia y pasa a ser un espejo cuando deja abierta la pregunta, no sobre cuántas vidas, bosques, o cuántos cuerpos necesita el sistema para seguir funcionando, sino la pregunta que más duele: ¿cuántas estamos dispuestos a sacrificar sin mirar, sin saberlo ni preguntarlo, para que todo siga funcionando?
Windsor-Smith tardó tanto tiempo en terminar esta historia, porque quizás no hay forma de terminarla de verdad. El problema no es el Proyecto Prometeo, sino que nunca dejó de existir: solo cambió de nombre, de presupuesto y de especie. Pero si los frenos éticos no se ponen a tiempo, ya no habrá nadie para ver sus resultados.



