Invitados: David Lapham, Guy Debord, Eduardo Galeano, Svetlana Boym y otros amigos/as.
¿Somos ejecutores o simples espectadores de los cambios? ¿Cambiamos para “avanzar y mejorar” o para que el futuro repita el pasado?
¿Es transformación profunda o maquillaje social? ¿Es natural e inevitable o consciente y dirigido?
¿Quién define cuándo y por qué cosas debemos cambiar?

"Dos muchachos y cuatro chicas entran a un…" mmm no, a ver así:
"Un rockerito hijo de puta, un tipo patético, una modelo anoréxica, una trans heroinómana, una groupie sifilosa y una heroína psicópata entran a un…" no, tampoco… ya sé:
"Enanos nazi violadores, una invasión arácnida marciana, una familia de depravados y una fiesta sexual con freaks de circo y payasos entran a un bar". Sí, ahora sí es creíble.
Prendemos la tele, escuchamos un podcast o leemos un texto actual (ni hablar si pasás por una financiera) y la palabra “cambio” se presencia más veces que una penetración en una película porno. Por un lado se nos exige estabilidad y predecibilidad para ser contratados, para invertir en el país o para ser “una persona de bien”, pero simultáneamente se nos obliga a cambiar aquello que molesta, adaptarnos a un mundo que está empecinado en dejarnos afuera y, como si fuera poco, imponer-nos una agenda del pasado que en su momento ya habíamos cambiado porque solo trajo dolor y sufrimiento.
¿A quién le sirve que cambiemos todo, todo el tiempo?
Young Liars es una serie más rara que un conservador con empatía. Escrita y dibujada por el crack de David Lapham, se publicó entre 2008 y 2009 bajo el sello de Vertigo (que tiempos aquellos.. ¿no podemos cambiar DC para que vuelva?), que se volvió completamente de culto (con motivos de sobra) y que podríamos decir que en cada uno de sus 18 números vamos a encontrar 18 tramas distintas, 18 formas de pensar a los personajes, 18 lecturas diferentes. Cada issue es un show que reemplaza el anterior, mutando de la mano de un narrador muy poco confiable, donde el guionista mantiene una sola constante: Lo que la sociedad llama “cambio”, es solo una forma hegemónica de ver la realidad.

“El futuro es… impredecible. Los efectos comunes serían pérdida de memoria, ansiedad, respuestas sexuales anormales y una capacidad reducida para sentir emociones humanas normales.”
Fragmento de “Young Liars”
Danny Noonan, músico mediocre, sorete, psicópata eunuco, salvador del planeta. Nuestro protagonista es uno de los tipos más complicados para llevar adelante una serie, un ser tremendamente complejo y perturbador al cual Lapham eligió como protagonista de las historias más divertidas e inverosímiles, y es también el representante perfecto de lo que Guy Debord menciona en “la sociedad del espectáculo”: un mundo donde nada cambia del todo, sólo se actúa el cambio. Danny no transforma la realidad, la performa y la reemplaza por nuevas y viejas narrativas, en cualquier orden. En Young Liars, el cambio no llega como ruptura sino como simulacro: ruido, pose y movimiento constante para que, en el fondo, todo siga igual. ¿Lo más importante? Creerselo, a cualquier costo.
Decía Eduardo Galeano que para que algo muy choto pueda ser visto como una hazaña, es necesario romper y fragmentar la memoria. Lapham muestra desde el issue 2 que la memoria de corto plazo es casi inexistente, los eventos son modificados retroactivamente y reemplazados por nuevas narrativas. Los datos que tomamos del issue 14 no traen más luz que la que teníamos en el nº 5, porque no estamos sabiendo más ni mejor, estamos sabiendo distinto… si es que estamos “sabiendo” de alguna forma posible. Tanto para Galeano como para el guionista, las reescrituras de los relatos no son un bug narrativo sino que son la característica principal de la memoria colectiva. Danny puede ser un tipo odiado en un issue y un especialista en crecimiento económico con y sin dinero en el siguiente, porque no necesita que olvidemos el pasado, solo necesita que aceptemos versiones sucesivas y contradictorias de ese pasado como si todas fueran igualmente válidas, para así formar un futuro hecho de pasados fragmentados y re-empaquetados como nuevos.

“Mi viejo es el multimillonario, una araña alienígena infértil de Marte que cree que sólo yo puedo dar a luz hijos alienígenas con cerebro mutante y así esparcirlos por todo el planeta.”
Fragmento de “Young Liars”
Hay un concepto de Svetlana Boym que describe dos tipos de nostalgia, la restaurativa y la reflexiva. La nostalgia restaurativa busca volver a un pasado idealizado que probablemente nunca existió. Es la nostalgia de los nacionalismos y conservadurismos de la "época de gloria". Esto es clave para entender que lo que Danny persigue es una fantasía, una construcción narrativa (¿el momento pre-chumbazo a la cabeza de Sadie?) que armó para justificar su obsesión. Pero esa búsqueda está podrida desde el origen, porque ese pasado idealizado nunca existió realmente, y caemos todos juntos (lectores y protagonistas) en una trampa social: nos vendemos la idea de que cambiamos para recuperar algo perdido ("Volver a ser grandes de nuevo", "recuperar nuestro destino de grandeza”) pero son todas construcciones retro-fabricadas. Son el pasado que necesitan que haya existido para justificar hacia dónde quieren que vayamos. Cambiamos de gobierno, de partido (uno literal se llamaba “Cambiemos” y otro que se llama “Avanza” vuelve a ideas del pasado) y cuatro años más tarde estamos peor, preguntándonos cómo llegamos acá otra vez.
Que la troupe de protagonistas sean freaks marginales no es casualidad (nada en la obra de Lapham lo es). Pensémoslo como decía Enrique Dussel: reflexionar desde los márgenes y desde los oprimidos permite ver las estructuras de dominación de una forma que el epicentro no puede. Estos personajes periféricos no generan cambio, sino que son consumidos por el show social como combustible. Su rebeldía es tragada como un producto, la resistencia es estetizada y su dolor es entretenimiento. Hoy “lo marginal” está siendo exhibido en el zoológico de la sociedad del espectáculo. Ya no se combaten los discursos de liberación colectivos, se los absorbe y fragmenta, se los transforma en mercancía y se la escupe hacia los límites exteriores, a la espera de que caiga del lado de “afuera”.
Necesitar que todo cambie para que todo siga como está, es la quintaesencia del cinismo político, donde el cambio es precisamente el mecanismo que garantiza la permanencia. Y en la serie todo cambia constantemente: personajes, tramas y versiones de la realidad. Pero al final de los 18 números ¿cuál fue el cambio que nos acercó a la verdad?

“Yo nunca te he mentido.”
Fragmento de “Young Liars”
El cambio se volvió un fetiche político: una palabra mágica que promete todo sin explicar nada. Nadie dice qué va a cambiar, cómo, ni quién paga el costo, porque el cambio real implica conflicto, ganadores y perdedores. La metáfora que Young Liars nos regala es que podemos pasar de sorete duro a diarrea líquida, pero seguimos nadando en la misma cloaca, porque el cambio de consistencia no es cambio de sustancia. La pregunta no es si cambiamos, sino hacia dónde, para qué y en beneficio de quiénes, recordando que se puede cambiar para peor.
Young Liars nos muestra que la modificación constante no garantiza transformación, podés estar en movimiento permanente y seguir en el mismo lugar, porque el cambio real no viene de arriba ni viene solo. Ese se construye, se pelea, se organiza. Y nadie lo va a hacer por nosotros.



