La Mansión Wayne

No hay nadie como yo, ni lo habrá. He tenido visiones acerca de un futuro en el que mi nombre ha generado dinastías, cultos, hasta religiones.

El Diablo en la oscuridad

04/08/2020

| Por Bruno Magistris

6 comentarios
No hay, ni habrá, nadie como yo.

No hay, ni habrá, nadie como yo.

En la oscuridad, el plateado brillo de mi hoja chispea entusiasta, ansioso. Aguardo pacientemente la entrada de aquel a quien busco, de aquel a quien su hora ha llegado. Esta es mi ciudad, mis reglas. Lo que yo pido, se cumple. Lo que yo exijo, se realiza. Simple como eso. U obedeces, o mueres.

En silencio, espero. Escucho el zumbido de la ciudad, su ajetreado movimiento. Sus negras limusinas repletas de escoria humana, de vil carne sin honor ni principios. ¿Quién soy yo para exigirlos?, pensarás. Y es probable que no pueda responderte sin cierto dejo de hipocresía. Pero cuando he decidido cruzar ciertas líneas, hay ciertamente otras que jamás osaría dejar atrás. Quizá mi falsa moral tenga estos ataques de pomposa exaltación para no sentirme tan solo. Porque estoy solo. No hay nadie como yo, ni lo habrá. He tenido visiones acerca de un futuro en el que mi nombre, ese que tan pocos se han atrevido a susurrar, ha generado dinastías, cultos, hasta religiones.

No son más que eso: visiones que tan pronto como he tenido, las he descartado. Solo habrá un portador de la hoja de plata, que corta y cercena indiferente ante mi inobjetable decisión, confiada en que su labor sea no solo justa, sino la única posible.

La brillante hoja, educando

La brillante hoja, educando

Espero. Imágenes de mi niñez llegan como insufladas por cierto sentimiento que creí olvidar, pero que por momentos regresa desvirtuado, vacío, casi como un jocoso imposible que hoy me hace sonreír. De aquellos niños que osaban buscarme y tomarme como conejillo de indias, aquella única vez en que lo permití y cómo urdí su siguiente adiestramiento de la forma más directa posible. Los veía jugar entre sus gritos de bestias huecas y saltar entre la fuente rota de agua que yo había roto, que yo había preparado, que yo había rellenado con gasolina. Los vi jugar y saltar y de pronto detenerse, sorprendidos, notando el inconfundible olor. Preguntándose qué significaba aquello, mientras una de sus miradas, casi sin quererlo, se posó en mis ojos. De cómo esa mirada me vio sacar el hermoso y plateado encendedor (plateado, brillante, ¿desde siempre mi compañero?) y encenderlo en mi mano. Esos segundos de poder absoluto en que mi mirada se volvió demasiado tensa y mis labios dibujaron una sonrisa de poder, de advertencia, de declaración, y mi mano de niño tenía en su poder la vida y la terrible muerte de esos imbéciles. Y lo supieron, y temieron. Cuando apagué el fuego, y el estridente “click” de la tapa al cerrarse cortó el silencio de muerte que esperaba su resolución, lo supieron. Supieron que no estaban muertos tan solo porque yo lo quise. Supieron, de una vez y para siempre, que yo era de temer y que no deberían meterse conmigo. Supieron que había algo extraño en mi, algo casi sobrenatural, algo poderoso, que no entendían del todo. ¿Cómo iban a hacerlo? No leían a Sócrates, no leían a Locke, ¿qué podían comprender? Solo el impulso animal, el impostergable reconocimiento de estar frente al alpha, de sentirse bajo la completa decisión del otro. Corrieron espantados, pobres criaturas ignorantes. Nadie habló, nadie lo contó. El miedo era demasiado grande. Así los quería, en ese entonces, y siempre.

Tan sencillo, tan fácil...

Tan sencillo, tan fácil…

Espero. Pienso en mi pequeña Stacy, en casa, quizá dormida. En cómo despertó algo en mi que no creía posible… no desde Jocasta. O quizás gracias a Jocasta, ahora tenga a Stacy en mi vida. ¿Por qué la adopté? ¿Por qué tengo esa necesidad de tenerla a mi lado? Me niego a creer que la respuesta fuese la que cualquiera podría pensar: la de la necesidad de ser amado. No me interesa. Mi vida ha sido una sucesión de decisiones en las que he aprendido, día tras día, a no apegarme a nada ni a nadie. Las pocas (poquísimas) veces en las que lo he hecho, siempre terminó en dolor. Y he decidido, hace ya mucho tiempo, que el dolor en mi vida será solamente el que yo administre a quien ose contradecir mi deseo.

Por fin un ruido, llaves que abren la puerta y dejan pasar a aquel a quien he venido a educar. Inconsciente de que no está solo en el cuarto, da un brinco gigantezco hacia atrás cuando, por fin, dejo que me vea. Intenta gritar, pero un dejo frío de sorpresa se refleja en sus ojos cuando entiende que ya no puede hacerlo. Lleva sus manos a la garganta y toca su sangre, que cae silenciosamente del finísimo corte que mi hoja le ha infligido en silencio.

La sorpresa al ver mi rostro.

La sorpresa al ver mi rostro.

Se arrodilla, sin saber qué hacer. No puede gritar, no puede pedir auxilio. Y aunque lo hiciera, sabe que sería inútil. Tan solo me mira, con terror, con pánico, con sorpresa y hasta con algo de resignación. No se rinde e intenta decir algo, frenéticamente, pero sabe que va a morir. Lo último que ve será mi rostro, aquel que ven todos aquellos que no entienden (o no quieren entender) que esta es mi ciudad, mis reglas.

Mi rostro negro y blanco.

Rodilla en suelo, me permito decirle algo, antes de dejarlo. Algo que es quizá lo que quiere e intenta decir y gritar con tanta fruición, pero que no puede, no lo dejo.

“Grendel”, le susurro.

Cae inerte. Me permito un gusto infantil, y pinto en la pared una gran G con su sangre, para que sepan. Como abriendo un encendedor en silencio, lentamente, ante la urgente necesidad de gritar y escapar que yo, solo yo, puedo conceder.

 

 

 

Del diario de Hunter Rose, sin fecha, citado por Christine Spar en su libro “Devil by the deed”.

 

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6 comentarios

  • Y aun asi, Batman se la pone por atras (y deja espacio para el pene del señor Norris), sin ese llanto de ex niño ñoño herido y vengativo que necesita reivindicarse.
    Linda columna y personaje eh, pero Batman es Batman, y no necesita matar.

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    Bassi

    04/08/2020 - 20:10

    • Compararlos es inútil, no tienen nada que ver uno con otro. Lo cual queda demostrado en los dos crossovers geniales que comparten (aunque el segundo no es Hunter Rose, pero no importa).

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      brunowayne

      04/08/2020 - 22:16

    • Uyo lo tenia en inglés (lo compre sin darme cuenta) y como no sabia leer, lo deje para despues. La cuestión es q al final nunca lo lei y me quede con lad ganas mal. El dibujo era espectacular.

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      chuliverm

      04/08/2020 - 22:54

    • No aclare, hablaba del crossover de batmam grendel

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      chuliverm

      04/08/2020 - 22:54

    • El estilo de Matt Wagner va cambiando mucho con el tiempo. A mi particularmente me gusta más el de esa época del primer crossover con Grendel. Pero más allá de eso, es un artista integral del carajo, muy completo.

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      brunowayne

      05/08/2020 - 08:13

  • VIVAT GRENDEL!

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