Narrar las fronteras
¿Para qué sirve el arte cuando el mundo está atravesado por injusticias políticas y violencias estructurales que parecen no tener fin? ¿Puede una historieta decir algo de la realidad que habita sin caer en la caricatura o en moralinas? A menudo nos olvidamos de que toda nuestra realidad está atravesada por lo ideológico y de que, en tanto discurso, es factible de ser debatido, por ejemplo, desde el acto artístico. Mi amigo Kim Jong-Un, de Keum Suk Gendry-Kim, se inscribe justamente ahí: en la convicción de que narrar, investigar y dibujar es una forma de intervenir sobre los discursos dominantes y de disputar sentidos sobre aquello que creemos conocer.

La obra va de la vida del líder norcoreano, sí, pero no busca construir una biografía clásica de Kim Jong-Un, sino ensayar una aproximación lateral, fragmentaria, incómoda. A partir de recuerdos personales, entrevistas, documentos y testimonios de desertores, Gendry-Kim intenta reconstruir la figura de Kim Jong-Un desde su infancia, su paso por Europa y el peso de una herencia política que excede cualquier individualidad. Pero el libro no habla solo de él: habla de Corea del Norte y del Sur, de la división forzada de un país, de familias separadas, del trauma histórico que todavía estructura el presente y también de las dificultades cotidianas de ese presente fragmentado. Kim Jong-Un funciona más como un punto de entrada que como un centro absoluto del relato.
En términos formales, la historieta acompaña esta búsqueda con un dibujo austero, en blanco y negro, y enfatiza momentos con solo dos colores en tono pastel: el lila y el celeste. A diferencia del trazo intenso, casi desesperado, de otras obras de la autora, ahora la línea aparece contenida, precisa, y la página respira un poco más. Esa decisión estética dialoga de manera directa con el guion y refuerza una lectura reflexiva, atenta a los matices. La autora confía en el silencio, en los espacios vacíos, en la repetición de ciertos rostros y gestos. Pero además refuerza el humor aquí y allá, donde es necesario. En esta obra, Gendry-Kim demuestra su capacidad para el retrato y la usa muy bien, para generar tensiones por ejemplo, para no caer en el dramatismo.

Mi amigo Kim Jong-Un es un libro que no ofrece respuestas cerradas ni redenciones fáciles, pero sí propone una mirada que incomoda y quiebra certezas. En tiempos donde la simplificación domina el relato político, esta historieta reivindica el arte como espacio de duda, de memoria y de posicionamiento. Y eso, para mí, ya es una forma potente de resistencia.
Narrar el horror y los silencios
Otra historieta que salió en 2025 y que se propuso recomponer un hecho histórico desde una multiplicidad de miradas es Rúa de Fuchi Bayúgar, conocido por la inolvidable Tortas fritas de polenta. Rúa es una historieta que, desde su sencillez narrativa, se planta en el corazón de una tragedia nacional para transformar el recuerdo familiar en memoria colectiva. En tiempos donde las discusiones sobre la última dictadura cívico-militar siguen siendo materia de debate y negacionismo, la obra de Fuchi Bayúgar aborda la historieta como un artefacto de memoria: no sólo para contar un caso individual, sino para conectar ese relato con la trama más amplia de la violencia estatal y sus huellas.

El libro reconstruye la vida de la familia Rúa, con especial foco en la militancia, el secuestro y la desaparición de Sergio Rúa, y en la posterior búsqueda incansable de su padre y su hermana Griselda. Bayúgar se apoya en testimonios, entrevistas y relatos familiares para articular una narración que alterna lo íntimo y lo político sin romper la continuidad emocional de la historia. Ese enfoque de historia individual que abre a una experiencia social permite que la obra funcione tanto como biografía como documento de memoria en un contexto histórico más amplio.
En lo visual, el autor opta por un estilo de trazo vivo, pero sencillo, que pone el acento en lo cotidiano: actitudes, espacios domésticos y de militancia y silencios que cargan tanto peso como las escenas de violencia. El dibujo funciona con una economía de recursos que no simplifica, sino que humaniza a sus personajes y pone al lector en posición de cercanía emocional. La narrativa gráfica no busca impresionar, sino conmover, y lo consigue al hacer visible lo que la historia oficial a menudo deja en el borde del cuadro: el afecto frágil, la ausencia que nunca se cierra y la persistencia de la memoria en los actos más simples, en una hermana que llora al reconocer la lucha de su padre y decide continuarla.

Rúa no es una obra cómoda ni pretende serlo. Su valor radica en hacer hablar a los que estuvieron en el centro del horror, no como figuras de museo sino como seres de carne y hueso cuyas vidas siguen exigiendo justicia. En ese gesto, la historieta se transforma en una herramienta viva de memoria, capaz de resonar más allá de sus páginas y de invitar a reflexionar sobre la manera en que contamos -y a veces callamos- nuestro pasado reciente.
Narrar al otro que habita en uno
Finalmente, me gustaría recomendarles otra de las novedades que me volaron la cabeza este último mes. Y me pregunto, en línea con lo que vengo diciendo: ¿qué puede decir hoy una historieta de superhéroes sobre el mundo que habitamos? ¿Puede todavía hablar de política, de identidad, de poder, sin caer en la superficialidad? Es que incluso el comic más “escapista” presenta una visión de mundo en tanto decide qué cuerpos importan, qué conflictos se narran y cuáles se silencian. Absolute Martian Manhunter, de Deniz Camp y Javier Rodríguez, entiende esa premisa y la lleva al extremo: utiliza a uno de los personajes más conceptuales de DC para pensar la otredad, la vigilancia y la fragilidad de lo humano en un presente atravesado por el control y la desconfianza.

La historia parte de un Martian Manhunter reconfigurado, como ya nos tiene acostumbrados el Universo Absolute (al que, por cierto, pueden acceder sin lecturas previas). El protagonista es John Jones, un agente del FBI que acaba de sobrevivir a una explosión y que, mientras todos a su alrededor se preguntan cómo sobrevivió, no puede parar de oir pensamientos ajenos en su cabeza. Allí comenzará a aparecer una figura verde, de un solo ojo, extranjera. La trama se despliega entonces como una investigación -externa y mental- donde la amenaza no es solo un enemigo concreto, sino la imposibilidad de pertenecer del todo. Camp trabaja el guioon como una deriva psicológica, donde la identidad marciana funciona como espejo distorsionado de nuestras propias tensiones sociales y políticas.
El apartado visual es clave para que esa experiencia funcione. Javier Rodríguez construye una historieta de una potencia formal única, donde el color, la composición de página y el diseño gráfico no acompañan el guioon: lo expanden. Las viñetas se fragmentan, se superponen, mutan, del mismo modo que la percepción del protagonista. Hay una búsqueda constante por romper la lectura cómoda, por obligar al lector a sentir la alienación, la saturación sensorial, la vigilancia permanente. Es un comic que piensa desde el lenguaje de la historieta y confía plenamente en él. Ni hablar de la cantidad de guiños que plagan estas viñetas y que piden una segunda, tercera y cuarta lectura.

En definitiva, Absolute Martian Manhunter demuestra que el género superheroico todavía puede ser un territorio fértil para la experimentación política y estética. No se limita a actualizar un personaje clásico: lo usa para hablar de control, extranjería y subjetividad en un mundo cada vez más hostil. Camp y Rodríguez no ofrecen certezas ni finales tranquilizadores, pero sí una obra que incomoda y deja huella. Y en tiempos donde todo parece querer ser digerible, esa incomodidad es, también, una forma de resistencia tan válida como las anteriores.


