Hay en Ana, de Gabriel y Francisco Solano López (en la cuidadísima edición de Deux Graphica Studio, Bs. As., 2005), mucho de inexplicable y mucho que se resiste a ser explicado. Historieta maldita, oculta, subterránea, Ana se sale de cualquier casilla porque todo la saca de las casillas.

Ana

27/12/2007

| Por Staff de Comiqueando

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Para Cortázar, el color local es una nostalgia irónica. En uno de sus “poemas de Nairobi”, escribe lo siguiente al rememorar la patria perdida o abandonada: “Rechiflao en mi tristeza/ te evoco y veo que has sido/ en mi pobre vida paria/ una buena biblioteca”. En el final de esta parodia tanguera, el escritor menciona un tintero con el busto del emperador Cómodo que le viene a la memoria, lo cual le genera una reflexión a modo de comentario de los versos: “Me gusta cómo rehusé hundirme en la nostalgia de la tierra lejana; el recuerdo de mi tintero ayudó irónicamente. Cuando tenía veinte años, la evocación de un emperador romano me hubiera exigido un soneto-medallón o una elegía-estela: poesía de lujo como se practicaba en la Argentina de ese tiempo. Hoy, el ronroneo de un tango en la memoria me trae más imágenes que toda la historia de Gibbons”. La tensión entre la alta cultura y la cultura popular, entre lo extranjero y lo nacional, se hace presente en estas frases y se resuelve, según se ve, por el segundo componente de cada par. No hay que olvidar que ese poema es del año 1976 y no hay que olvidar tampoco lo politizado que estaba Cortázar entonces (o lo politizada que estaba su literatura, su escritura) y no hay que olvidar que vivía fuera del país. Jamás renunció a su identidad argentina (aunque era, en realidad, belga), ni siquiera cuando trató de abrazar esa segunda identidad casi inasible, la latinoamericana. En un artículo del desaparecido suplemento “Cultura y nación”, alguien decía que, por extraño que pareciera, los ingleses apreciaban más a Cortázar que a Borges, dado que este último les recordaba a sus propios escritores (De Quincey, Chesterton), mientras que aquel les resultaba exótico. El color local es, pues, en Cortázar, una forma de volver presente lo que está ausente, una forma de acercar el lado de acá al lado de allá y viceversa. Como Saer, y a diferencia de Bianciotti, nunca adoptó el francés como lengua literaria, a pesar de haberse radicado en Francia, sino que conservó ese rioplatense (afrancesado) que pulula en su obra, tan particular como un Parisienne y tan doux como un mate amargo, con esa forma tan argentina de contar a cada momento algo inexplicable como si fuera lo más normal del mundo, con esa manera tan nuestra que consiste en transformar algo muy sencillo como subir una escalera en una cosa terriblemente complicada pero maravillosa. Como Saer, reinterpretó la Odisea en un texto breve, “Circe”, y la reubicó en Almagro para mostrar (o demostrar) que un simple barrio puede contener todo el mundo (antiguo). Como Saer, se fue a París para poder construir una obra universal, es decir, localista y barrial. A diferencia de Saer, consideró que no estaba mal incluir la política directamente en las obras o directamente escribir sobre política. Y nos dejó, sobre el tema, no pocas cosas buenas, como en su colección Nicaragua tan violentamente dulce: “Por más crueles que puedan parecer mis palabras, digo una vez más que el exilio enriquece a quien mantiene los ojos abiertos y la guardia en alto. Volveremos a nuestras tierras siendo menos insulares, menos nacionalistas, menos egoístas; pero esa vuelta tenemos que ganarla desde ahora y la mejor manera es proyectarnos en obra, en contacto, y transmitir infatigablemente ese enriquecimiento interior que nos está dando la diáspora”. No está de más, entonces, rebuscar en sus libros algunos otros rasgos de este fantástico color local: “Casa tomada”, “Reunión”, “El otro cielo”, “Los venenos”, “Torito”, Rayuela, Historias de cronopios y de famas, Salvo el crepúsculo no decepcionarán, sans doute, al curioso, al incisivo lector.


«¿Dónde estarán? pregunta la elegía
De quienes ya no son, como si hubiera
Una región en que el Ayer pudiera
Ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

Jorge Luis Borges

Ana en la jungla

Hay en Ana, de Gabriel y Francisco Solano López (en la cuidadísima edición de Deux Graphica Studio, Bs. As., 2005), mucho de inexplicable y mucho que se resiste a ser explicado. Historieta maldita, oculta, subterránea, Ana se sale de cualquier casilla porque todo la saca de las casillas. De todos sus géneros (policial, viajes, ciencia ficción política, alegoría, histórico), el que más importa al momento de definirla es el femenino. Las tensiones de su protagonista, que resume no sólo una serie de tensiones genéricas (la mujer como estudiante, como intelectual, como objeto, como ama de casa), sino también de época (liberación o dependencia), se vuelve un símbolo y un ejemplo de lo que una mujer de ficción puede llegar a ser cuando se la construye a partir de los prejuicios, pero desprejuiciadamente. Las contradicciones del personaje serán la constante de la historia, en un reflejo fiel de lo que el mundo, de manera no tan contradictoria con su ideología machista, ha hecho de la mujer a lo largo de la Historia.


Simone de Beauvoir, emblema de la mujer intelectual, es la figura que abre el libro y se presenta, desde su primer diálogo, como un personaje que tiene dudas, que no puede o no quiere dar (por temor a equivocarse) las respuestas que, como si fuese un oráculo, se le piden. Charlando con ella, Ana dice creer en la sabiduría de las viejas, y no en la de los de los viejos, aunque matizando sus palabras con un “quizás” y un “no sé” que marcarán el tono de todo el relato: como en la vida misma, faltan las certezas y quedan las dudas, los miedos, la incertidumbre.

Anábasis o “Tirá para arriba”

Ana tiene, en realidad, un doble comienzo. El primero es verbal, es ese diálogo filosófico (con la sombra de Sartre sobrevolándolo) que no le deja a Ana más que un vacío, una falta de respuesta a las preguntas esenciales. Entonces, Ana decide que lo mejor es pasar a la acción y lanzar un cascote contra uno de los tanques de los militares que gobiernan París, en un gesto cargadísimo de sentidos, desde aquella piedra que David le tiró a Goliat, hasta la admonitoria y crística de “El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”. Allí donde la palabra no puede triunfar, el gesto debe “tomar la palabra”, el verbo debe hacerse carne, acto. (Paco Urondo decía, para expresar esta tensión esencial: “Empuñé un arma porque busco la palabra justa”. Decir y hacer o, como temía Borges, literatura comprometida: un “oxímoron” que fue, durante los setenta, natural; en pleno año de 1970, Borges escribía contra esa tendencia al compromiso literario: “No aspiro a ser Esopo”). Claro que esa piedra lanzada por Ana no produce, a diferencia de la del pequeño David, nada positivo. Ni el diálogo filosófico ni la acción violenta pueden resolver los conflictos de esa sociedad: Simone sufrirá la destrucciónde su casa (de su biblioteca) y Ana será cruelmente violada.

El compromiso de Ana personaje se transformará en función de sus circunstancias, para ir de un compromiso social a uno individual: Ana y su yo, Ana y sus miedos, Ana y sus relaciones personales con los otros. El compromiso de Ana libro (que data del año ’77 y que no ha envejecido un ápice) es de otra clase, se perfila de otra manera: exiliados sus autores de una Argentina dictatorial a una España en transición hacia la monarquía parlamentaria, esta historieta no da tregua, pero lo hace sin buscar un mensaje unilateral o fanático, extremo u obsecuente sobre las cuestiones planteadas, sino desparramando arte sobre esas cuestiones y dejando que el lector saque sus propias conclusiones. Fuertemente vinculada con su contexto, Ana busca romper con la obviedad hablando por medio de la alegoría, de la alusión, de la alucinación. El elemento autobiográfico, por ejemplo, puede leerse entre viñetas en esa primera escena doble que abre el libro: el enfrentamiento entre la joven Ana y la anciana escritora remite a la diferencia generacional de los propios autores (Gabriel y Francisco), así como el hecho de que sea Ana la que va presa y se exilie reescribe el encarcelamiento del hijo de Solano en Argentina a causa de su militancia y la liberación a instancias de su padre con la condición de abandonar el país.


Catábasis o “Cuesta abajo en mi rodada”

Después de la decisión de la pedrada, Ana es violada y su vida ya no será la misma. Se irá produciendo en ella una dicotomía que se verá reflejada en textos y dibujos, que ya desde el principio presentaban esta maravillosa simbiosis: cada uno por su lado, lo verbal y lo icónico van marcando un ritmo propio, a la vez que alcanzan una combinación perfecta que multiplica los significados (y que tiene mucho del cine de la nouvelle vague). El texto nos dice una cosa, el dibujo nos cuenta otra y ambos, por esa magia propia de las buenas historietas, nos revelan una tercera (y una cuarta y una quinta), y la propia historia va mutando y volviéndose cada vez más metafórica, aunque no por eso menos cruda o menos real. Hay un cuadrito clave en la obra, casi en la mitad, en el que el humillado amante de Ana se pregunta: “¿Qué ha habido de verdad en todo lo que ha habido?”. Y no es casual ese comentario porque se trata de un momento particularmente delirante de la trama, que nos lleva a mirar hacia atrás y hacia delante de otra manera y que nos sacude la modorra y que nos llama la atención sobre el carácter ficcional de lo que se nos muestra.

Femme fatale , mujer mortal

Ana, como muestra la tapa del libro, es muchas mujeres: la joven, la enojada, la sádica, la presa, la camarera, la señora… y más de una al mismo tiempo. Violada, encarcelada y exiliada por atentar contra la seguridad, asesina por intermedio de otro, presa otra vez y libre al fin, Ana busca salir adelante, pero todo la lleva para atrás (tal como explica con maestría Sasturain en su prólogo a la obra) y, tras su paso por México, volverá a París. Sin embargo, la Ciudad Luz ya no brilla: después de la guerra, todo está en ruinas, igual que Ana. Destellos de lugares y de personas regresan, pero son apenas restos, requechos, pedazos. Ana y París se han degradado: ella, una señora acomodada y mantenida por un (literalmente) chancho burgués, justo lo contrario a su proyecto juvenil; París, que era una fiesta, conserva apenas algún barrio residencial rodeado de grandiosas ruinas, de innumerables clochards, de magníficos buitres. Que nadie espere un final que alivie, que nadie se atreva a pedir redención: no hay lugar para eso, y la lucha no continúa.

Esta reflexiva, salvaje, durísima desolación fue el regalo de estos dos artistas en plenitud: Gabriel tiene asegurado un puesto entre los mejores guionistas de la Argentina porque todo en él es acierto (no hay un solo diálogo de más, no hay cursilerías, no hay golpes bajos pese a los incontables golpes, no hay dudas en la narración) y muchos deberían aprender de su forma de contar; Francisco, de quien poco elogio queda por hacer, saca del ser y de la nada (y de la náusea) unos dibujos que se vuelven, cuanto más cargados, más esenciales. De tal palo, tal astilla; de ambos, esta caja de Pandora que es Ana: irrepetible, maravillosa, devastadora.

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