Wetbacks (literalmente “espaldas mojadas”, libremente “los mojados”) es el nombre que se les da a los inmigrantes ilegales mexicanos que, anhelando una tierra que les pertenece, cruzan el Río Grande y, violando todo comportamiento “civilizado”, penetran en la gran América.

Chicanos

27/12/2007

| Por Hernán Martignone

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Para Dolina, el color local es una humorada metafísica. En su programa radial La venganza será terrible, un tango vernáculo y compadrito corona, de manera perfecta, una exposición que puede ir desde una historia de la Historia rusa hasta un mito griego, pasando por la biografía de un músico austríaco o por un tema abstracto como el tiempo. París y Flores, parece decirnos Alejandro, son dos barrios que están acá a la vuelta: “La historia de los Hombres Sensibles de Flores me fue revelada en París en 1971. La nostalgia y el ingenio fácil de la mocedad me dictaron algunas narraciones demasiado ambiciosas. Gracias al saqueo de aquellas desmesuras, nacieron los modestos episodios que ahora mismo comienzan: chalecito edificado con ladrillos de Nabucodonosor”. Esos relatos fantásticos y maravillosos (genérica y cualitativamente hablando) nos hablan a nosotros argentinos de cosas comunes y corrientes como la escondida, la bolita y el corso, pero lo hacen como si se tratara de costumbres remotísimas, inmemoriales, marcianas. Esta técnica, heredada en parte de Borges y de Cortázar, llega a grados de risa a los que no podían aspirar, sin embargo, esos mentores. En su último libro, Dolina exaspera esta línea y recurre a lo más exótico, todavía, para nosotros occidentales: el Oriente de infinitos cuentos y de increíbles anécdotas. Claro que todo, por supuesto, con ese tono típicamente dolinesco que alcanza las notas más altas de la cultura como el grito de cancha más popular. Crónicas del Ángel Gris, El libro del fantasma, El bar del infierno y Lo que me costó el amor de Laura no podrían pertenecer a otro lugar que no fuera Argentina, pero para hacerlo necesitan también de París, de Rusia, de Grecia. Y sobre todo de Flores y de Baigorrita.


Dont’t Call Me Gringo, You Fucking Beaner
Stay On Your Side Of That Godamn River
Don’t Call Me Gringo You Beaner
No Me Digas Beaner Mr. Puñetero
Te Sacare Un Susto Por Racista Y Culero
No Me Llames Frijolero Pinche Gringo Puñetero

«Frijolero», Molotov

La mexicana

Wetbacks (literalmente “espaldas mojadas”, libremente “los mojados”) es el nombre que se les da a los inmigrantes ilegales mexicanos que, anhelando una tierra que les pertenece, cruzan el Río Grande y, violando todo comportamiento “civilizado”, penetran en la gran América. Con el mismo espíritu peyorativo de ese mote, se contaba en Miami –allá por los frívolos noventa– un chiste con forma de pregunta:


–¿Por qué México no tiene equipo olímpico?

–Porque todos los que saben correr, nadar o saltar ya están en los Estados Unidos.

Contrariamente a lo que ocurre con los balseros, inmigrantes de cubana isla que reniegan del castrismo, los mojados no guardan rencor contra su propio país: más bien sienten que ese otro país enorme al que entraron por la puerta de atrás les debe algo y tratan de sacarle el mayor provecho posible. Es ese sentimiento, precisamente, el que se trasluce en Alejandrina Yolanda Jalisco, protagonista de la serie Chicanos, a cargo de esa maravillosa y creativa máquina bicéfala que forman ya Carlos Trillo y Eduardo Risso. El título elegido rescata ese otro apelativo aplicado a los mexicanos residentes en los Estados Unidos, despectivo antiguamente, aunque connotado positivamente a partir del Movimiento Chicano que hasta los años setenta luchó por los derechos civiles y promovió la cultura de los xicanos en el propio suelo americano.


Habíamos conocido ya al personaje de Alejandrina –allá por el verano del 96-97– en la historia autoconclusiva “Ay, Jalisco!” de la (ahora de culto) revista Vórtice, donde se presentaban algunos de los rasgos típicos de este relato sobre las tribulaciones que conlleva inmigrar. La vida en los distintos guetos, la discriminación de los yanquis hacia los inmigrantes, el desprecio de los inmigrantes hacia los yanquis y hacia los otros inmigrantes se trataban con sencillo acierto en una fabulita que cruzaba a los mexicanos con los japoneses, con una escena que lo condensa todo en la que Jalisco atrapaba a un compatriota suyo que iba a robar una tintorería y que se justificaba diciendo: “Para nosotros la vida es muy difícil. Se nos escupe, se nos discrimina, se nos considera inferiores. Y sólo el dinero hace que te acepten si eres moreno en este país de mierda”, a lo que Jalisco respondía: “No te cago a tiros porque no sos blanco, ni anglo, ni protestante. O sea que yo, en este caso, estoy discriminando al revés”. En ese dialoguito se juega gran parte del tono de la serie, con un mensaje que dista mucho de anclarse en blancos y negros para profundizar en los problemas cotidianos de esta gente trasplantada y darnos, al mismo tiempo, una dosis de aventura contada con la maestría de esos dos grandísimos narradores que son Trillo y Risso.


Ahora, la editorial Iron Eggs nos trae una saga completa (con tapa coloreada por Juan “Sarna” Sáenz Valiente) de la detective mexicana, en la que debe enfrentar al mafioso Mister Walken, que se la tiene jurada por haberse metido en sus asuntos. La saga comienza de manera espectacular: primero, con la extensa y movida pintura del villano y sus secuaces, a la vez terribles y cómicos; después, con la aparición de Alejandrina, en una brevísima escena memorable: Walken entra en su oficina buscando a un detective que, le dijeron, quiere mejicanearlo, pero se encuentra con Alejandrina revisando la basura, así que la confunde con la señora de la limpieza y la deja ir (“El prejuicio salva vidas” sería la moraleja para extraer de esta historia). Y es recién ahí, en esa escena antiheroica última y de última, donde vemos por primera vez a la protagonista, en la undécima página de la historieta. Esto no hace más que reafirmar la capacidad de Trillo para manejar los hilos de la trama y presentar los personajes como debe ser. Además, esa postergación en la presentación de la protagonista remite tanto al “juego previo” que hacen algunos directores de cine antes de mostrar a sus divas como a los grandes clásicos del policial (Sherlock Holmes, por ejemplo), donde el detective genial se hace presente avanzada la historia. De lo aprendido en esa experiencia primera se valdrá la detective en el cuarto y último capítulo de la saga, para poner cierre a los abusos del mafioso en un fin de fiesta acertado y acorde con el espíritu de esta jorobadita de Notre Dame, doliente pero querible, acomplejada pero con muchísima onda. Picante como un xalapeño y salada como un tequila, esa mujer de armas tomar (figurada y literalmente) soportará con paciencia chicana, a lo largo de cuarenta y ocho páginas, a los matones de su enemigo, a los taxistas que la insultan porque temen que les robe, a los policías que la toman por delincuente, a los hombres que la desprecian por su falta de beldad.


Con este personaje femenino, Trillo nos sorprende una vez más porque logra conjugar en un envase original una serie de elementos y temas que cuajan a la perfección: la marginalidad, la aventura, la voluntad, el rebusque, las miserias, el humorismo. Todo eso se encarna en el magistral diseño de Risso para el anti-cuerpo de Alejandrina (en las antípodas gráficas de Fulú o de Crash, pero tan marginal como ellas), mixtura de chico con pechos de vedette y cara andrógina, que refuerza desde lo genérico sexual la mezcla de géneros de Chicanos: parodia del policial negro y detectivesco, comedia costumbrista, historieta testimonial, relato de aventuras. Ambos, Trillo y Risso, dan a su vez sendas lecciones de sus respectivos oficios: el guionista, además de una historia y de un personaje únicos, nos ofrece una clase magistral de cómo escribir historias de doce páginas, dosificando una joyita narrativa cada cuatro páginas con la soberbia unidad de la trinidad cristiana; Risso brilla en la puesta en página, pero sobre todo en cada viñeta, en el hallazgo increíble de cada encuadre y de cada perspectiva, sacando miles de matices de los más puros blancos y negros: cada cuadrito respira originalidad y a la vez –cosa difícil– naturalidad y fluidez.

Las costumbres mexicanas reflejadas en Chicanos, como representación de lo latino y de lo extranjero en el primer mundo, dicen también mucho de nosotros, de nuestras inmigraciones y de nuestras costumbres. Maestros en el arte de hablar siempre de otra cosa (de una cosa más), Trillo y Risso –reproduciendo un español mexicanizado, reconstruyendo una Nueva York sudaca– nos hablan de buscarnos la vida, de seguir, de sonreír, de desconfiar de las apariencias. Costumbres mexicanas en América, sí, pero también argentinas.

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