Jorge Zima presenta Restos diurnos: una obra surgida en la pandemia entre sueños e introspección

Jorge Zima presenta Restos Diurnos. En diálogo con El Destape Web, el reconocido cineasta y músico habla sobre su más íntima obra hasta el momento.

01 de abril, 2026 | 18.24

La pandemia congregó al mundo entero bajo el virus del COVID-19, así como empujó de manera paradójica al aislamiento. En esa soledad, Jorge Zima, reconocido músico y cineasta, se entregó al papel. Garabatos, borradores y palabras por momentos sueltas y en otros conexas, se volvieron un ecosistema vivo en una pequeña casa. Así nació, casi de forma viral, Restos Diurnos.

"La introspección era inevitable. Mi casa era como un pequeño barco que me protegía y al que necesitaba acudir con cierta frecuencia para encontrarme. Y a veces para perderme (que tal vez sea la otra cara de la misma moneda). El diálogo conmigo necesitaba abrirse, y fue natural comenzar a bajar algunos de esos pensamientos en un cuaderno", nos introduce Zima en el prólogo de su última y más íntima obra.

Jorge Zima presenta "Restos diurnos", su obra más íntima nacida en pandemia.

Entrevista a Jorge Zima: "Restos Diurnos", entre sueños e introspección

Felicitaciones por el libro. Mientras lo leía, tuve la sensación de que hay algo autobiográfico. ¿Lo pensaste así?

—Sí, totalmente. Aunque más que una autobiografía, lo veo como una especie de fotografía —o varias— hacia el interior. Son imágenes de una zona muy profunda de uno mismo, una parte que, de algún modo, es la que menos miente.

En ese sentido, se siente distinto, como si estuviera narrado desde lo subconsciente. ¿Esa construcción fue consciente?

—No, en absoluto. No fue consciente en el momento. De hecho, yo no tenía ninguna intención de publicar nada. Era una necesidad personal: hacer anotaciones durante ese tiempo, en plena cuarentena, entre idas y vueltas a la casa de mi madre, cuidándola, y mis propios espacios. Había algo de náufrago en eso, de escribir sin saber para quién.

Hay una idea muy interesante en el libro sobre los límites del lenguaje. En un momento planteás que se queda corto, y ahí aparecen los dibujos. ¿Sentís que a través de ellos lograste completar lo que no podías decir con palabras?

—Me siento muy conforme con el libro en su conjunto, que en realidad se armó después, con materiales que nunca tuvieron la intención de estar juntos. No hubo nada premeditado. Los dibujos y los textos se fueron acumulando en el mismo espacio y, en algún momento, entendí que compartían una misma naturaleza.

Los dibujos, incluso más que los textos, nacen desde un lugar completamente inconsciente. No los controlo en absoluto. Nunca dibujé con la idea de ser dibujante; más bien garabateo. Es una forma de escape, una vía que encuentra el cerebro para irse hacia otro lado.

Como una forma de sublimación.

—Exacto. A veces surge de la necesidad de evadirme, incluso en situaciones cotidianas, como una reunión tediosa. Es mi manera de encontrar un pequeño espacio de libertad.

El libro también está muy atravesado por el encierro de la pandemia. En un momento decís: “Creo que estoy aprendiendo a no quedarme encerrado en mis razones”. Es una frase muy potente.

—Sí, es un aprendizaje. Tiene que ver con intentar mirar desde distintos ángulos, no quedarse siempre en el mismo punto de vista. Algo que, incluso en lo cotidiano, pasa mucho: uno se sienta siempre en el mismo lugar, mira desde el mismo ángulo. Y de pronto alguien cambia eso, y todo se ve distinto.

Creo que está bueno poder correrse de ese lugar y entender que la razón es solo una posibilidad entre muchas formas de pensamiento.

También aparece con fuerza el tema de la intimidad. ¿Por qué decidiste compartir algo tan personal, incluso tan ligado al subconsciente y a los sueños?

—Es una buena pregunta. Hubo pudor, sin duda, porque es un material muy íntimo. Pero también sentí que era un paso necesario. Con el tiempo, y quizás con la madurez, fui sintiendo cada vez más la necesidad de estar presente en lo que hago desde un lugar más profundo.

Publicarlo fue, en ese sentido, una especie de ejercicio, una prueba. Y también resultó liberador poder romper con ese pudor.

En esa exploración aparece algo que podría leerse como un “otro”, una especie de alter ego, sobre todo en la figura de “la Bestia”. ¿Te reconocés en esa oscuridad?

—Nunca lo pensé tanto como una representación mía, aunque claro que todos tenemos distintos lados. En realidad, ese texto surgió de una experiencia muy concreta: un encuentro con un hombre en un estacionamiento, cerca de la casa de mi madre.

Hice un comentario, medio en broma, sobre lo que estaba viendo en la televisión, y su reacción fue desproporcionada, muy violenta. Me impactó mucho ese nivel de resentimiento, y de ahí surgió ese texto.

También hay una fuerte presencia de lo político en el libro. Incluso cuando vas hacia lo inconsciente, no dejás de tener un anclaje en la realidad.

—Sí, aparecen pequeñas pinceladas, pero creo que lo ideológico también se filtra por otros lugares, más profundos. En ese caso puntual, ese encuentro fue el disparador, pero lo interesante es cómo después cada lector puede interpretar.

Me interesa que las cosas no cierren del todo, que queden abiertas. Como en los dibujos: alguien puede ver figuras donde yo no las había pensado. Y eso está bien, porque amplía el sentido.

En ese sentido, la obra se vuelve colectiva: no se completa solo en quien la crea, sino también en quien la recibe.

—Totalmente. Y también porque no se trata de transmitir certezas. Al contrario: lo que uno comparte, cuando vive con cierta intensidad, son dudas.

Muchas dudas, sobre la realidad, el futuro, incluso sobre uno mismo.

—Exacto. Y creo que compartir esas dudas también nos conecta. Porque, si no, uno vive cerrando puertas para poder sostenerse, para no enfrentarse constantemente a la incertidumbre. Pero cada tanto es necesario abrir una ventana y preguntarse: “¿Dónde estamos?”. Y también ver si al otro le pasa lo mismo.

Muchas gracias y todos los éxitos con el libro.

—Muchas gracias. Un gusto grande.