Lula vs Bolsonaro Jr: a seis meses de la elección, la polarización sigue intacta

Los dos principales candidatos presidenciales del país vecino no sólo están empatados en imagen positiva, sino también en el nivel de rechazo que generan entre los brasileños. Las fortalezas y debilidades de Lula, y la confirmación que el bolsonarismo es más que el ex presidente.

03 de abril, 2026 | 23.26

O tique-taque dos relógios suena cada vez más fuerte cuando faltan solo seis meses para las elecciones presidenciales en Brasil, donde se reaviva un escenario de polarización. Pero ese monstruo que dormitaba desde el 8 de enero de 2023, cuando el bolsonarismo intentó impedir que la tercera presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva superara su octavo día de mandato, parece estar despabilando. Ahora, si bien el Gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) exhibe indicadores macroeconómicos relativamente positivos para un mundo convulso, las encuestas recuerdan que las comparaciones con quien está peor solo traen un lapsus de consuelo, pero no siempre alcanza para ganar una elección. Así, las mediciones empiezan a mostrar un fenómeno que inquieta al oficialismo: la creciente consolidación de Flávio Bolsonaro, quien ya lidera algunas proyecciones de intención de voto y se perfila como el rival -casi- indiscutido de Lula.

Lula anunció esta semana que repetirá la fórmula presidencial con la que ganó en 2022, con Geraldo Alckmin. “Equipo que gana, equipo que no se toca”, sería la idea y cierta señal de continuidad. También ordenó a su tropa de candidatos para que defiendan su legado y al Gobierno, sin cuidar quintitas propias, sobre todo quienes dejan de ser ministros para competir a cargos en el Congreso o subnacionales. También queda claro que eligió subir al ring -ante la evidencia de las encuestas- al bolsonarismo: su principal oponente. Un nuevo Lula vs Bolsonaro, pero en este caso Jr.

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A principios de marzo, Datafolha pintó el escenario electoral de octubre próximo de colores muy distintos al que había trazado en diciembre pasado. Después de que Jair Bolsonaro ungiera a su hijo Flávio como candidato de su espacio, el senador duplicó su intención de voto en la primera vuelta y está empatado con Lula en un escenario de balotaje. La ventaja de 15 puntos que tenía el candidato del PT en las mediciones de diciembre, se diluyó. Lula promedia un 38% de la intención de voto, frente al 32% del heredero bolsonarista. Los demás están por debajo de un anecdótico 7%.

El rechazo de Lula y Bolsonaro Jr. también está empatado en torno a un 45%, lo que confirma el escenario polarizado. En un eventual balotaje -la foto más probable- el presidente cuenta hoy con el 46% de los votos, frente al 43%. Cualquier similitud con la elección de 2022 -en la que el petista obtuvo en segunda vuelta 50.9% de los votos y el entonces presidente se quedó con el 49.1%, apenas un poco más de 2 millones de votos de diferencia- no es coincidencia, es polarización.

Con qué carta llega cada jugador a veces suele ser clave. Pero después de que en la elección pasada Lula tuviera que desmentir que hablaba con el diablo y que bolsonaristas intentaran pedir socorro a los extraterrestres para evitar que el petista volviera al poder, quizás lo que era un partido de cartas termina siendo otro juego en el que estas ya no importan.

El balance de Lula: logros macro vs el bolsillo

Lula llega a este semestre crítico con la economía como su principal carta. Sin embargo, no será sin dificultades, ya que ese “éxito” no siempre es distribuido del mismo modo ni percibido de manera automática por el electorado de a pie.

Livi Gerbase, maestra en Economía Política Internacional de la Universidad Federal de Río de Janeiro, destacó en diálogo con El Destape que Lula "retomó gran parte de las políticas sociales" que signaron sus gobiernos anteriores y presenta números envidiables  por ejemplo en términos de desempleo, que se encuentra en niveles históricamente bajos, y de inflación, que se muestra controlada.

“En la esfera económica, Lula viene con números muy buenos. Él retomó una gran parte de las políticas sociales que le habían hecho avanzar mucho en la agenda social y económica en los primeros mandatos, y eso llevó a mejoras económicas. Entonces hubo un aumento real del salario mínimo y ahora volvió a suceder. Estamos en niveles históricamente bajos de desempleo y eso junto con una inflación relativamente controlada y con alguna recuperación industrial”, señaló la investigadora del Centro Internacional de Transparencia e Investigación en Fiscalidad Corporativa, presidida por los economistas Joseph E. Stiglitz y Jayati Ghosh.

En el ámbito fiscal, Lula también se anotó la aprobación en el Congreso de dos reformas importantes; una sobre la renta -eliminó el impuesto de renta para quienes ganan hasta 5.000 reales mensuales (943 dólares) y aumentó la carga tributaria sobre los superricos- y otra sobre el consumo -unificación de impuestos al consumidor de 5 a 3, devolución del IVA para déciles más bajos y también para insumos básicos.

Por su parte, la doctora en Ciencia Política por la Universidad de Sao Paulo Daniela Constanzo subrayó en diálogo a El Destape los hitos del Gobierno de Lula al implementar “algunas políticas muy populares que son demandas históricas del campo progresista”. “La principal fue la reforma tributaria. Esta medida entró en vigor en enero, pero sus efectos en la economía y en los bolsillos de la gente aún no se han sentido. También tuvo un buen desempeño en la economía, reduciendo el desempleo y sacando a Brasil del mapa del hambre, lo que había sido un logro de gobiernos anteriores del PT. Pero todo esto no ha tenido mucho efecto hasta ahora. Las investigaciones demuestran que quienes votaron por Bolsonaro en 2022 nunca aprobaron el gobierno de Lula”, señaló.

Así, destacó que Lula llega con buenos resultados, pero recordó que los estudios señalan que “los brasileños deciden cada vez más su voto en el último momento” y por eso aún se desconoce si aquellas políticas progresivas “tendrán algún efecto”.

Después de los Gobiernos de Lula I y II, y los de su sucesora Dilma Rousseff, quedó claro que el electorado no votó mirando hacia atrás, sino hacia adelante. No miró su punto de partida, sino a dónde quería llegar. El Lula de entonces “encontró un camino donde nadie veía un camino; se creía que si él hacía concesiones exigidas no iba a hacer ningún cambio, y si hacía los cambios él iba a ser derrumbado (...) pero él encontró un tercer camino”, dijo André Singer en diciembre sobre los dos primeros mandatos del líder del PT. Y agregó que entonces Lula fue favorecido por el boom de los commodities y que los márgenes de ganancia creados “fueron bien aprovechados”, ya que se destinaron por ejemplo a programas sociales como el Bolsa Familia.

Pero el autor que adoptó y definió el concepto de “lulismo” apuntó que hoy el escenario es otro ya que existen nuevas demandas de la sociedad que no están siendo bien interpretadas. El aumento de la escolaridad así como fenómenos como el cambio en el mercado de trabajo dan como resultado trabajadores -ubicados en el estrato medio, pero que no son la clase media anterior- que desde la informalidad y la plataformización “tienen aspiraciones distintas”. Se trata de sectores que nacen con el lulismo pero que también crecen con el bolsonarismo -que como Javier Milei, no cortó los programas sociales sino que incluso, con presión del Congreso, las aumentó- y que tienen demandas como la aspiración de un trabajo en blanco (carteira assinada).

“Con esas demandas quizás aún no ha habido una conexión (...) y para la izquierda no es fácil conectar con ellas porque de la manera en que se están presentado, ellas tienen una orientación no se cazan con la izquierda”, dijo Singer en diálogo con un podcast de la revista Piauí. “Esas demandas están siendo presentadas de una forma hiper individualista y la izquierda tiene por definición presentar soluciones colectivas, que apuntan a lo social”, agregó y citó como ejemplo de una propuesta de estos sectores frente a las economías de plataforma la idea de la cooperativización de los trabajadores: “Pero si la izquierda deja de pensar de esa forma, comienza a hacerlo como la derecha”, dijo Singer, trazando una suerte de encerrona para el progresismo.

Los puntos débiles de Lula: jornada laboral, seguridad y corrupción

A pesar de los avances que mencionan los especialistas, hay flancos abiertos que la oposición está sabiendo explotar. Lula enfrenta críticas por izquierda; las deudas que tiene con su propia base. Gerbase señaló que la demanda popular por el fin de la jornada laboral “6x1” -seis días de trabajo por uno de descanso- no ha sido cumplida "con seguridad, eso se le va a cobrar". Otro punto pendiente pero que podría avanzar antes de la elección, y que fue apuntado por la economista, es la regulación del trabajo basado en aplicaciones -a través de un proyecto de ley que está en el Congreso- con el que se aspira a garantizar algunos beneficios a los repartidores y conductores de aplicaciones. “Este enfoque basado en aplicaciones está siendo liderado por Guilherme Boulos, a quien se considera un futuro sucesor de Lula”, agregó.

Costanzo consideró que “controlar la inflación será un punto importante, ya que los precios del combustible están subiendo, y con ello, también los de los alimentos y demás productos básicos”. La inseguridad también podría ser un talón de Aquiles para la campaña de Lula. La politóloga mencionó que "la violencia contra las mujeres ha aumentado" y la seguridad pública sigue siendo la demanda número uno.

En otro orden está la sombra de la corrupción que volvió a sobrevolar a distintas esferas del poder político y judicial. Un tema emergente es el escándalo del Banco Master, que podría apuntar contra sectores políticos, ya afecta la imagen del juez de la Corte designado por Lula en 2009, José Dias Toffoli, quien está siendo en la mira por el uso de aviones privados y supuestos vínculos comerciales con Daniel Vorcaro, el entonces titular del banco investigado por diversas irregularidades. Constanzo explicó que, a partir de este caso, podrían surgir exigencias relacionadas con la corrupción.

El juez Marcelo Semer, del Tribunal de Justicia de Sao Paulo, advirtió a El Destape que el factor judicial puede jugar en la campaña y podría ser hostil. “El Tribunal Supremo está sufriendo un desgaste. Parte en razón de ellos mismos. Hay esta idea de que se están involucrando en negocios. Y creo que eso es algo muy malo para la imagen de la Corte. Pero el problema es que todo esto está siendo puesto en la cuenta de Lula. Pero esto no tiene nada que ver con Lula, él no tiene ningún tipo de control sobre eso. Sobre todo el juez Dias Toffoli, al que si bien Lula nombró, en realidad ellos están enemistados desde hace varios años”, comentó Semer.

Este descrédito de la Justicia, que tiene antecedentes pero que se han renovado, pueden ser un problema. Más si se tiene en cuenta que Bolsonaro quedó fuera de la competencia electoral -antes de quedar condenado por golpismo- por haber difundido la idea de que la elección no era fiable. En su lógica, la justicia electoral no era de fiar.

“Creo que la cuestión del Poder Judicial puede ser un problema porque el Tribunal Superior Electoral (máximo tribunal en esa competencia) va a tener como miembros a los ministros del Supremo (Tribunal de Justicia, la Corte): André Mendonça, Kassio Nunes Marques y Días Toffoli. O sea, son los tres que son contrarios a Lula hoy. Toffoli, porque Lula intentó sacarlo. Entonces, no se sabe exactamente qué va a pasar”, agregó.

El problema, según el magistrado paulista, es que en un escenario en que los jueces van teniendo cada vez más campos de acción y operan en medio de la polarización política, cada vez que toman una decisión siguen un criterio de qué es popular y qué impopular. “A veces toman decisiones propagandísticas y cuando se toma una que es impopular, se cae en el descrédito. El debate de la justicia se volvió muy sucio”, dijo.

Alexandre de Moraes, un juez de la corte que fue visto como impulsor de lo que Semer llama la “democratización antigolpista”, ahora está en la mira porque su mujer recibió contratos millonarios y muy difíciles de justificar. “Creo que el desgaste del Supremo, como el desgaste del Banco Master, acaba cayendo en Lula, porque él es el presidente, aunque no tiene nada que ver con él”, reiteró Semer.

Lula también salió bien parado de las tensiones con Donald Trump, ya que este, después de imponer más aranceles a Brasil con el argumento de una caza de brujas contra Bolsonaro padre, retrocedió y negoció con Lula. En Brasil, el sentimiento nacionalista se vio en las calles más allá de las filas lulistas y luego del resultado -vuelta atrás en varias de las ‘tariff’- pareció confirmarles que estaban del lado correcto de la historia. “Lula está proponiendo una postura más soberana”, dijo Gerbase.

Flávio Bolsonaro: La estrategia del heredero para volver al poder

El bolsonarismo no solo está vivo, sino que está reconstruyendo su campaña con una estrategia de comunicación quirúrgica. De todos modos, a Bolsonaro padre, que está en su casa con prisión domiciliaria, parece caberle hoy el mote de “jarrón chino” que usó el español Felipe González en referencia a los expresidentes: una figura valiosa, pero difícil de ubicar. Esto porque si bien fue quien nominó a su hijo para ser candidato y se perfila como casi un modelo a seguir, también inquieta al entorno de Flavio porque temen que pueda meter la pata al punto tal que lo devuelvan a una cárcel común.

Marcelo Semer consideró que la prensa está ayudando a Flávio Bolsonaro al llamarlo solo por su nombre, despojándolo del peso negativo del apellido paterno. “Van dejando la estructura de rechazos con el padre en la casa”, afirmó. Costanzo considera que Flávio ha demostrado “ser muy fuerte” y las encuestas indican que la transferencia de votos de padre a hijo “fue casi automática; no tuvieron ningún problema con ello. Esto demuestra, en mi opinión, que el bolsonarismo es más que una idea o un movimiento; funciona como un partido organizado, coordinado y con transferencia de votos entre sus candidatos”, estimó la politóloga y agregó que Tarcisio de Freitas, el actual gobernador de São Paulo es la figura más fuerte de este sector “porque su imagen es más flexible; puede atraer a la derecha liberal, a la extrema derecha y a la gente de centro”. Este apunta a reelegir en el Estado más poblado y centro industrial de Brasil -donde se espera compita con el saliente ministro de Hacienda de Lula, Fernando Haddad- y desde donde puede traccionar votos.

Gerbase consideró que la campaña bolsonarista se centrará en dos ejes: la llamada pauta de costumbres y la seguridad, ya que en la economía no tienen demasiado márgen de crítica al Gobierno. De hecho, aún no ha presentado a su equipo económico. En cuanto al primer punto, fue un eje central del ascenso y configuración del llamado bolsonarimo. El ex presidente llegó al Planalto, después de pasar casi tres décadas como un diputado del bajo clero, haciendo intervenciones escandalosas en contra de lo que no se ajustaba a la familia tradicional y sus valores.

En cuanto a la seguridad, Lula no es visto con buenos ojos en esta área, mientras que la derecha sí sabe capitalizar la aprobación de operativos policiales violentos que, aunque cuestionables legalmente, tienen eco en la opinión pública. El caso emblemático de operativos en favelas de Río de Janeiro -complejo de Alemao y Penha-, ordenado por el entonces gobernador Claudio Castro y en el que la policía mató a más de un centenar de personas, fue recibido con beneplácito entre la población, según las encuestas del momento. El objetivo del operativo era una de las principales bandas criminales de Río, el Comando Vermelho. Sin embargo, no capturaron a cabecillas y las investigaciones posteriores, como la realizada y publicada por The Guardian en febrero, “de lista de 100 órdenes de arresto que justificaban la operación no incluía ninguno de los nombres” de los más de 100 fallecidos.

“Tengo un poco de recelo por estas mediciones que son hechas en el día siguiente. Si seis meses después se le pregunta de nuevo a la gente, no habrá cambiado nada”, dijo Semer y agregó: “Creo que estamos envueltos por el populismo penal. Esto nace en los años 90 y hoy tenemos casi 10 veces más presos que entonces, mucho más inseguridad y todo en respuesta a estas leyes muy violentas, draconianas, que no traen ningún tipo de solución pero desde el punto de vista electoral parece que hay un cierto respaldo. Hace mucho estamos envueltos por esta reacción emocional que sostiene que cuando sucede un crimen grave entonces necesitamos una pena muy fuerte”

La suerte aun no está echada

A seis meses de las elecciones de octubre, las cartas parecen ir repartiéndose, pero todavía la suerte no decantó. El Planalto estima que el margen de error se achica cuando Lula apuesta a que el crecimiento económico y a que este se vuelva más tangible para octubre, mientras que el bolsonarismo se reinventa bajo una figura más joven pero con el mismo ADN de confrontación. En esta carrera contra el reloj, sobre todo para el octogenario presidente, se impone la pregunta de cuál será el juego que les tocará en octubre y si el bolsonarismo, con su pasado golpista, aceptará las reglas de la partida.