Hora de ocuparnos de Unknown Soldier, otra serie breve pero definitiva, que corrió los límites de la historieta bélica de nuestro siglo.

20 años de Vertigo (parte 24)

24/06/2015

| Por Andrés Accorsi

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c196c-unknownsoldier15000coverEsta gran serie de Vertigo (lanzada en Octubre de 2008 y nominada al Esiner en 2009 como Mejor Serie Nueva) tuvo la mala suerte de no enganchar a un número razonable de lectores, y terminó cancelada tras apenas 25 episodios. Por suerte está toda reeditada en libros y cualquiera puede acceder a ella, por más tarde que se entere de su existencia.

¿Tiene algún vínculo con la miniserie homónima de Garth Ennis y Killian Plunkett, aquella que se editó en 1997? Sí, pero es tenue, y se va a explicitar recién en el último tramo de esta serie. Además, no es lo importante. Lo grosso es la visión que propone para este concepto (que se origina en los comics bélicos de DC de los ´70) el guionista Joshua Dysart, quien venía de fracasar en Swamp Thing (la serie que dibujaba Enrique Breccia y que algún verdulero dijo que vendía 15 millones de ejemplares, ¿se acuerdan?).

Dysart nos lleva a Uganda en 2002-2003, un país devastado por la lucha de etnias, donde la intolerancia religiosa agrava los problemas políticos, sanitarios y de extrema pobreza, mientras los gobiernos de los países centrales hacen de cuenta que ayudan, pero en realidad espían para ver si pueden rapiñar alguna ganancia en este río revuelto. Pero lo único que te podés llevar de Uganda es –si te cobran barato- un par de enfermedades y si no, directamente un corchazo en la cabeza.

Unknown-Soldier-NoseEn general, cuando los guionistas yankis se proponen explicarnos los problemas del Tercer Mundo, se meten en berenjenales de los que no logran salir jamás y en los que se mueven con la destreza de un pingüino empetrolado. Pero esta vez estamos frente a un tipo que hizo los deberes. A lo largo de 25 episodios, Dysart pela un relato bien documentado, de gran verosimilitud, crudo, salvaje, incómodo como tampón de virulana… uno de esos guiones que están tan bien que te dejan mal.
Unknown Soldier juega todo el tiempo sobre la línea. Y eso ya de por sí, lo hace un gran comic. Hay que tener estómago para disfrutarlo: no todo el mundo se banca ver cómo le vuelan la cabeza a un nene de 10 años, o cómo varios nenes de 13 violan a nenas de 10. O esos festivales de balazos, minas que explotan y revolean gente por el aire, campos de concentración, cabezas mutiladas y clavadas en palos, peleas a trompadas y cuchillazos, más alguna torturita menor. Este es un comic que trata acerca de la violencia salvaje, qué la genera y cómo detenerla. Pero primero hay que verla y eso es heavy de verdad. Esto es MUY difícil de digerir, como si en vez de un canelón te dieran un caño de escape envuelto en papel de lija. Hay que aguantarse secuencias muy al límite, donde bajás el libro asqueado, indignado, al grito de “pará, h¡jo de puta, no matés más pendejitos!”
Unknown+soldierLo más importante –como en el canelón- es el relleno, o sea, el contenido. Y lo grosso de todo esto es que Dysart recurre a estas escenas desgarradoras de violencia, miseria y oscurantismo para hablar de temas fuertes, urgentes, no para boludear o buscar el impacto por el impacto mismo. Unknown Soldier está pensada para que vos pienses, y eso es lo que la hace tan fundamental. Con el correr de los episodios, Dysart logra concentrarse cada vez más en el desarrollo de personajes: tanto Moses Lwanga (el eminente médico y pacifista que se convierte en una máquina de matar implacable y sanguinaria) como su esposa (¿o viuda?), como Paul, como Jack Lee Howl adquieren nuevas dimensiones, nuevas y fascinantes aristas que los hacen cada vez más reales, más atractivos, hasta más cercanos, a pesar de la distancia geográfica y de contexto socio-político que –felizmente- nos separan de esta Uganda de 2002-2003.

Bajo las espectaculares portadas de Dave Johnson, tenemos en casi todos los episodios al notable italiano Alberto Ponticelli, que lleva ya varios años de laburo constante en el mercado estadounidense. En general, se mueve mejor en blanco y negro (en su espectacular estilo entre Ted McKeever y Michael Gaydos), pero acá le pidieron otra cosa y quedó algo raro, una especie de deformación caricaturesca de los grandes dibujantes “noir”, tipo Sean Phillips, Leo Manco o Eduardo Risso. Eso en cuanto a la superficie. En la narrativa y en la puesta en página, sigue siendo el Ponticelli de siempre, el que la rompió en trabajos como Wall After Wall (2005). Y el colorista también es italiano, con lo cual uno supone que habrán trabajado en el mismo estudio, o algo así, porque se complementan a la perfección.

blogicousins01Lo mejor que hace Ponticelli es renunciar a su virtuosismo para adaptarse a la onda sórdida y hostil de la historia. Con esta impronta cruda, visceral, sin concesiones y con su solvencia narrativa intacta, el italiano nos regala muchas páginas a un nivel altísimo. En algún tramo lo reemplaza brevemente un dibujante de la República Democrática del Congo (!), Pat Masioni, con un estilo que no desentona para nada con el de Ponticelli y un bonus track de lujo: los colores del español José Villarrubia, poeta del photoshop. Y en el último tomo aparece ese increíble unitario en el que Dysart nos tira toneladas de data sobre el rifle Avtomat Kalashnikov, en una especie de “comic documental” dibujado como los dioses por el maestro Rick Veitch. O sea que, cuando se ausentó Ponticelli, la serie tuvo muy buenos suplentes.
Unknown Soldier será eternamente recordada (aunque sea por un puñadito de hardcore fans) por su valentía, su originalidad, su intransigencia y –sobre todo- por su infrecuente calidad artística. Es una historieta adulta, arriesgada, de alto impacto y de impecable factura, a años luz del viejo, querido y siempre mayoritario “más de lo mismo”. Esto es pulenta de verdad, acá y en Uganda.

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