Vamos con la primera. En “A Red Mass for Mars” (2011) tenemos una historia que nos muestra la llegada de Marte a nuestro mundo en la Edad Media, y cómo los seres de allí influyen en nuestra vida y viceversa. Pero ahí no queda todo: una vez que estos se han adaptado y se han convertido en super-seres de la Tierra, deben enfrentar una invasión extraterrestre que quiere quedarse con todo.

Así como en la anterior “Transhuman”, Jonathan Hickman se dedica a escribir el comic pero no a dibujarlo, y eso afecta la estructura de la obra: narrativa más tradicional, sin diagramas ni esquemas, con mínimas explicaciones y mayor centro en las emociones. No sé si es por probar algo distinto o por sugerencia del dibujante Ryan Bodenheim, pero lo cierto es que el abandono de sus elementos típicos resulta también en la pérdida de cierta complejidad de lo que se quiere contar, y tal vez eso es lo más criticable del comic: parte de una base compleja y difícil de entender para terminar en una de superhéroes que resuelven todo a las piñas.
En ese sentido, el primer número es un tanto confuso: Hickman plantea un mundo con muchos cambios, mucho trasfondo que nunca se termina de explicar, para después pasar a otra cosa: vamos de la invasión de Marte a la invasión de los aliens. La historia, por otra parte, es contada por un personaje que puede ver el futuro y que suponemos es el protagonista, para después ir a buscar al verdadero “salvador”, quien realmente puede detener la invasión. Este se llama Mars, y es una nueva iteración de Superman pero sin haber pasado por la granja de los Kent.

La falta de originalidad de Mars no debería ser un problema si la idea es plantear algo distinto, una narrativa que le aporte algo más que ser solo un Superman soberbio. Pero no: no tiene más nada para ofrecer que eso. Incluso lidera su propia Justice League pasada por el tamiz de “The Authority”, y ahí viene el otro problema: ya hemos leído reversiones de héroes convertidos en super-seres violentos y mala leche, no solo con el propio Warren Ellis (de quien Hickman tiene mucha influencia) sino también con imitadores de la talla de Mark Millar y sus Ultimates. Tampoco resulta muy original el recurso de los flashbacks para explicar algunos vínculos entre personajes, con alguna vuelta de tuerca un tanto remanida.
Respecto al dibujo, es acorde a lo que se cuenta, y me recuerda a Geoff Darrow en las escenas de acción y las caras. En definitiva, una historia que prometía más de lo que da, que funciona en su sencillez, y que se lee rapidísimo. Una pequeña decepción para lo que esperaría de un autor del calibre de Jonathan Hickman.

Vamos con la segunda. “The Red Wing” (2012) se parece más a lo que conocemos del autor, principalmente en lo relacionado a viajes en el tiempo y amenazas que funcionan en varios planos. Aquí tenemos nuevamente una trama vinculada a un ataque a la Tierra, con la diferencia de que la identidad de ellos será clave en la propia historia: mientras en “Red Mass…” son aliens aleatorios que en sí no significan nada, en este caso sí son importantes, y por eso considero una contra que se revele su identidad tan temprano.

Lo antes dicho revela lo que es para mí el principal problema del comic, y es que cuatro números parecen demasiado pocos para todo lo que se cuenta, especialmente cuando se juega mucho con los flashbacks de los personajes. Estos sirven para brindar información que se nos plantea en lo previo como un misterio que nos tiene enganchados. Hickman ha demostrado funcionar mejor en el largo plazo, con historias-río que van planteando de a poco los elementos a desarrollar, para explicar, para desenredar y para volver a enredar; el lector necesita procesar todos esos movimientos de a poco, encastrar las piezas y darse cuenta así del genio autoral detrás del conjunto. Pero cuando toda la información es arrojada con tan poco plazo de procesamiento, a la vez que Hickman busca cierto grado de emotividad al final, resulta imposible terminar de conectar cuando sigue en nuestra cabeza la duda de lo que leímos.
A pesar de todo lo anterior, de ninguna manera considero que sea un mal comic, para nada: es entretenido, lleno de sorpresas y muy imaginativo (especialmente en su concepción de cómo funciona el tiempo). Hickman plantea un conflicto familiar y el legado del que debemos estar a la altura, saber portar y honrar el apellido; allí es donde siento que el autor cojea más porque no tiene el espacio (cuack) suficiente para desarrollar ese conflicto y que nos importe, en medio de las otras situaciones y giros de trama; estos asuntos familiares pierden peso y se vuelven otro elemento que hace avanzar la historia sin especial destaque. Es curioso porque Hickman suele ser criticado por el poco desarrollo de sus personajes y por sostenerse exclusivamente en las grandes arquitecturas ambiciosas de sus tramas, y si bien siento que muchas veces puede ser cierto, también pienso que intenta darle ese costado, perdido a veces en la grandilocuencia de sus argumentos.

El dibujo de Nick Pitarra me gustó mucho, bastante sobrio para lo que será después en “The Manhattan Projects”, pero bastante expresivo igual. Le aporta sentido a la historia, en el diseño de personajes y en el armado de viñetas que reflejan muy bien los viajes temporales. Mucho mejor que “Red Mass…”, tal vez porque se acerca a una temática que le funciona mejor al autor, pero un tanto lejos de otras obras que lo fijaron como uno de los autores más importantes de la actualidad mainstream yanki. Seguimos leyéndolo.



