Continúa nuestra recorrida por la historia de esta magnífica serie creada por Ignacio Minaverry.

Dora (parte 2)

26/02/2024

| Por Gonzalo Ruiz

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LOS FANTASMAS DE MI VIDA: 20.874/RAT-LINE

Berlín, 1959. Con estas coordenadas espacio-temporales comienza esta saga. Catorce años atrás había concluído la Segunda Guerra Mundial que destruyó a buena parte de Europa, Alemania inclusive, que además estaba en el ojo de la tormenta por ser el catalizador del conflicto. A pesar de estar dividida por un muro, el país trataba de prosperar y, de algún modo, hacerse cargo del desastre, aunque no todos tiraban para el mismo lado con respecto a esto último. Esta ciudad, envuelta en un halo de oscuridad que parece tardar en exorcizarse es el escenario que tenemos para conocer a Dora Bardavid, una joven de 16 años que trabaja en el Berlin Document Center, archivo que estaba a cargo del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

Berlín, una ciudad tomada por soldados gringos y por fantasmas del nazismo. El bando victorioso, casi invasor, tiene una misión: preparar un archivo con toda la documentación nazi recopilada tras la caída y suicidio de Hitler. De primera mano, Dora toma un contacto violentamente real con la desgracia fascista que azotó Europa, difícil labor para una adolescente cuyo nombre proviene del campo de concentración donde su padre terminó sus días. Esta primera parte serializada entre los números 13 y 19 de Fierro presenta a la primera tanda de personajes importantes que engalanan esta macro-saga. Entre ellos se destaca Lotte, la primera mejor amiga que le conocemos a Dora y con quien comparte departamento, una chica alemana de vital importancia en un par de libros. En paralelo, somos testigos de un lento pero progresivo descubrimiento que le ocurre a nuestra heroína. A Dora la vamos a ver crecer en todo sentido, no solo acompañamos en el despertar de su (homo)sexualidad, sino con el florecer de lo que va a marcarle el camino durante las próximas historias: su carrera como cazadora de nazis. Una carrera que promete ser lenta y frustrante.

Entre los números 23 y 32 de la mítica antología nacional y popular, comienza Rat-Line, la segunda aventura, donde nos mudamos a un nuevo domicilio: Bobigny, municipio de Sena-San Denis, al sur de Francia. Es el año 1961 y Dora trata de vivir como puede, mientras continúa lentamente su proceso de autodescubrimiento que explotaría en el próximo libro. Un momento que Minaverry define como “una transición entre las dos historias, pero es muy importante porque define el escenario de las siguientes historias. Las historias de Dora son bastante internacionales, pero siempre su punto de partida es la banlieue de París.”

¿En dónde se ven esas definiciones? Por un lado, cambia por completo el “elenco” de personajes, y Dora obtiene cobijo emocional de la mano de un grupo de ácratas perseguidos dentro de una Francia que aún levanta bastiones del fascismo, entre ellos Odile, otra joven rebelde en las antípodas de Lotte: alguien totalmente comprometida con la causa que defiende. Si París es sinónimo de glamour y luces resplandecientes, Bobigny es el opuesto exacto, una zona de ciudades jardines obreras venidas a menos, un lugar para tratar de sobrevivir como se pueda, donde el compromiso social de Dora se aferra todavía más con ella, cuando se convirtierte en traductora para una editorial comunista. Si hay algo que une a estas dos partes (luego recopiladas en un solo libro), es que muestran los lados B de ciudades hoy cosmopolitas, pero que en el pasado solamente eran el corazón de la bestia.

Es momento de crecer para Dora. Si bien los momentos más cruciales le llegarían en los próximos dos libros, por algún lado hay que empezar. No hay otra autoridad salvo ella misma, debido a la ausencia de su madre que aún así le pesa dentro de su forma de ser; pero a medida que la ausencia se incrementa, gana terreno su propia libertad. Sí, podemos definir a toda esta historia como una saga de espionaje y nazismo, pero la realidad es que por el momento es más grande el sentimiento de un “coming of age” realizado en un momento histórico bastante complicado. ¿Cómo es crecer mientras guardas celosamente información sobre el lugar donde murió tu papá, probablemente gaseado después de ser vejado de forma interminable? ¿Cómo puede uno pensar en una vida sentimental mientras cruza el océano para buscar a un nazi? La sensibilidad de Minaverry es, probablemente, lo mejor de esta obra. Y todavía falta.

Esta historia llega a su cúspide cuando Dora visita la provincia de Buenos Aires con una misión especial: perseguir a Otto Graf, pieza clave para dar con el mismísimo Ángel de la Muerte, Josef Mengele. ¿Era inevitable tocar uno de los tropos más tenidos en cuenta al momento de hablar de nazis post Segunda Guerra Mundial? “Cuando empecé la primera versión de Rat-line en 2004 – dice Minaverry tenía esa idea básica y pelotuda de los nazis escondidos en Latinoamérica planeando el 4º Reich (hay que decir que los libros que se conseguían en esa época dejaban mucho que desear, básicamente era un cóctel explosivo de Uki Goñi y Jorge Camarasa, no conocía el trabajo esclarecedor de la gente de la CEANA en esa época). Para la segunda versión, de 2010 creo, ya tenía una idea más elaborada de la huída de los nazis: la mayoría se quedó en Alemania sin ser alcanzados por la justicia, y las rutas de escape llegaban a muchos otros destinos aparte de Latinoamérica. Las historias que siguen van a representar esa complejidad. El mejor ejemplo de la complejidad y extrañeza de la Segunda Guerra y su posguerra es el capítulo finlandés en Amsel, Vogel, Hahn.”

Comienzan, al fin, las actividades de espionaje. Un raid de tensión a lo largo del pueblo bonaerense de Vivar. Y Dora choca por primera vez con un concepto talismánico que más vamos a ver a partir de ahora: la frustración. De golpe, atrapar nazis no solo no es fácil, sino que encima es absurdamente burocrático.

(el lunes, la tercera parte)

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