En los ´80 explota el éxito de la antología más jugada de la historia del comic español.

El Víbora (parte 2)

19/08/2020

| Por Javier Hildebrandt

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292-959-22La dicha en movimiento

La mecha no tarda en prender. En muy poco tiempo los autores y personajes de El Víbora, el “comix para supervivientes”, encuentran ese público que había sobrevivido y busca ahora sacar su cuerpo a las calles para celebrar la vida. Una somera lista de grandes éxitos de esta primera etapa bastaría para entender el reflejo que la revista proyecta sobre una sociedad mutante y feliz: Gustavo, el militante ambientalista de Max; las historias urbanas de Makoki pergeñadas por Gallardo y Mediavilla; Anarcoma, la detective travesti de Nazario; las desaforadas Garriris de Mariscal. Pronto llegarían Peter Pank (también de Max), el Taxista Cuatroplazas de Martí Riera (hijo no reconocido del Travis de Taxi driver), los aportes fundamentales de Laura Pérez Vernetti, Alfredo Pons, Sento, Marta Guerrero, todos bajo la mirada atenta de Onliyú, jefe de redacción y guionista (cuando la ocasión lo ameritaba) de estos años iniciales. Si a eso le sumamos la difusión de varios exponentes del comic mundial (Robert Crumb, los Furry Freak Brothers de Shelton, el Ranxerox de Liberatore y Tamburini, Sudor Sudaca de Muñoz y Sampayo, Charles Burns, Yoshihiro Tatsumi y siguen las firmas) no es difícil ubicar a El Víbora en el podio de lo más destacado del comic alternativo a nivel mundial.

10a228c3ea655b7f7a5d0e33ff29fc9d--comicsDe esta manera, el colectivo de autores de la flamante editorial La Cúpula se embandera detrás de lo que pasaría a llamarse “línea chunga”, ese estilo de dibujo sucio y desprolijo, de espíritu punk y actitud anti-académica, opuesto a la continuidad de la línea clara franco-belga que pregona la revista Cairo. Rivalidad que solo existe en la cabeza de los lectores, y que poco importa a los responsables de ambas revistas, que llegan incluso a compartir algunos autores (Montesol, Mariscal y Daniel Torres, entre ellos).

Pero a pesar de la repercusión y de la alegría de los involucrados de que su trabajo se exhiba libremente en los kioscos (y de cobrar por ello), la intelligentzia de la cultura y los medios españoles no ve en ellos un fenómeno digno de atención. Se trata, apenas, de la revista de unos yonquis anarcos, preocupados solo por escuchar música y enfiestarse, alejados de cualquier interés sobre el mundo exterior. Esta visión sobre El Víbora daría un vuelco drástico en 1981, más precisamente a partir del intento de golpe de estado del 23 de Febrero de ese año, perpetrado por los mandos militares al mando del coronel Antonio Tejero. Con inusitada rapidez de reflejos, los autores se deciden a sacar un número especial dedicado íntegramente a ese hecho, que rápidamente agota su tirada. De qué manera influye esto sobre la historia de la revista, nos lo cuenta en exclusiva Emilio Bernárdez, actual editor de La Cúpula y figura clave para El Víbora durante todas sus etapas:

elgolpe“En general, en El Víbora no estábamos afiliados a ningún partido, éramos unos descreídos de la política. No confiábamos en un líder. Nosotros hacíamos lo que nos daba la gana. Pero teníamos amigos que eran socialistas, comunistas, de todos los partidos de España. Nosotros hacíamos lo que nos gustaba, y divirtiéndonos, nos estaban pagando… Mejor no te puede ir. Entonces la gente nos criticaba, nos llamaba pasotas, que quiere decir que nos pasábamos de todo: no creíamos en la política, y eso en general también estaba asociado a gente que consumía drogas –que es cierto, lo hacíamos. Consideraban que no teníamos creencias, que todo nos resbalaba, que no nos importaba. Y sí que nos importaba, lo único es que afiliarnos a un partido, pues no, no era lo nuestro. Entonces, cuando pasó el golpe de estado, a nosotros, aparte de acojonarnos, también nos entró muy mala leche. Nos enfadamos muchísimo con eso. Y entonces decidimos hacer un especial, y pusimos en papel cosas que la mayoría de la gente no se había atrevido, ni periodistas, ni otras revistas de humor. Eso cambió la percepción de la gente con nosotros. Que, en realidad, no tendría por qué haber sido así. Allí tampoco decíamos “el partido político tal es bueno”. No, lo que criticamos es lo que habían hecho, es decir, otra vez habían intentado los hijos de puta quitarnos nuestra libertad.

img_smauri_20190619-174807_imagenes_lv_otras_fuentes_el_vibora_11-kGHB--656x829@LaVanguardia-WebEso era contra lo que protestábamos, cayera lo que cayera. Sabíamos que teníamos los teléfonos pinchados por la policía. Esa era otra de las razones por la que no estábamos afiliados a ningún partido político en concreto. Entonces había muchos presos políticos en las cárceles, herencia del franquismo. Nosotros enviábamos la revista, gratuita, a veinte o treinta cárceles de toda España. Y, claro, eso llegaba y había presos políticos, etarras, gente del GRAPO, grupos llamados terroristas. Esa gente –y presos comunes también- nos leía, se emocionaba y nos escribía. Y por eso la policía nos tenía mosqueados, pensaba que algo debíamos de tener. Si el dirigente del GRAPO nos escribía, algo debía haber, pero simplemente no había nada, nos agradecía que enviáramos la revista a la biblioteca de la cárcel donde estaba”.

Sin embargo, con el éxito y la explosión de ventas (que llega a los 80.000 ejemplares en sus mejores momentos), inevitablemente aparecen las discusiones internas. El ambiente de comunidad y la dinámica cercana a la “creación colectiva” poco a poco se va diluyendo con el correr de los años ’80, a pesar de que la gran mayoría de los nombres históricos seguiría colaborando. Faltaría poco, sin embargo, para que cambios más radicales aun –incluso en la propia ciudad- condujeran a El Víbora a una nueva etapa.

vibora_el_la_cupula_1979_170¿Quién paga la fiesta?

Pasaron los ’80, pasó la provocación de la contracultura en las calles, pasaron algunas drogas (vendrían otras), y llegan los años ’90, con el fin del milenio a la vuelta de la esquina y el embrión de un futuro cuya apariencia imaginamos de mil maneras, muchas de ellas para nada amistosas. A mitad de la década, el boom del comic adulto ya se había contraído drásticamente. Y los Juegos Olímpicos del ’92 (con la estentórea voz de Freddy Mercury de fondo) habían transformado brutalmente a Barcelona, a punto tal de domesticar a uno de los Garriris de Mariscal (Cobi) y convertirlo en su “mascota oficial”. Todo despertaba una curiosidad inquietante, y por ese camino incierto sigue su andadura El Víbora, con el imperativo de cambiar para seguir superviviendo.

En ese mismo 1992 asume como jefe de redacción Hernán Migoya y cae bajo sus hombros la responsabilidad de conducir la revista hacia una nueva época. El desafío reside en lograr el beneplácito de los lectores clásicos, y a la vez abrir el juego a nuevas propuestas capaces de leer una realidad tan camaleónica como escurridiza. En el ensayo de distintas variantes, queda claro que el salvajismo, la violencia y –sobre todo- el sexo ya no están para representar el desahogo luego de la opresión, y El Víbora corre serio riesgo de caer bajo la mirada que le devuelve el abismo. Es así como la aparición de la serie Pequeñas Viciosas, dibujada por Mónica (seudónimo de José Antonio Calvo) y con guiones de Beatriz (el mismísimo Santiago Segura) llama la atención del sector del público más propenso a la autosatisfacción, a la vez que las portadas con chicas ligeras de ropa son las que mantienen el nivel de ventas de la revista. Para contentar a sus lectores devotos de Onán, La Cúpula inaugura en 1991 la revista Kiss Comix, pero mientras tanto El Víbora sigue sin encontrar una voz distintiva para esta nueva época.

(Muy pronto, la tercera y última parte)

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