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NOTAS

Fantastic Four: La primer familia del futuro (Parte I)

Se sabe, se rumorea por los pasillos editoriales: no sos un verdadero fan de los comics de superhéroes si no querés, en algún momento de tu vida, escribir los 4 Fantásticos...
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Miércoles 28 de diciembre, 2011

Se sabe, se rumorea por los pasillos editoriales: no sos un verdadero fan de los comics de superhéroes si no querés, en algún momento de tu vida, escribir los 4 Fantásticos.

O sea, vamos, si no sabés POR QUE tenés que querer escribir los 4 Fantásticos, la verdad que puedo entender que seas uno de los miles de jóvenes infelices que se han vuelto fanáticos bajo la oscura contemporaneidad superheroica. Que te guste «Stratosky», por ejemplo. Y que para vos los 4 Fantásticos sean una especie de pieza de museo herrumbrada, un comic seguro, familiar, Disney, maricón, del cual lo único que vale la pena son los chistes estúpidos sobre los miembros viriles de los protagonistas.

Entiendo que en tu triste mundo de mutantes con garras y Avengers malvados y noir chino sin colmillos, los Fantastic Four parezcan el abuelito venerable a quién nadie escucha. Pero estás equivocado. Seriamente equivocado.

El problema de escribir los Fantastic Four es: ¿cómo escribir el comic que hizo que Jack Kirby y Stan Lee inventarán el estilo BIG! MAD! ACTION!? Cómo superar, no, qué superar, cómo aspirar siquiera a limpiarle las botas a tipos que en rápida sucesión te daban Annihilus, Dr. Doom, Black Panther, The Inhumans, Galactus.

Y, por otro lado, la dificultad emparejada es que los Fantastic Four también giran alrededor de ese concepto gastado, de popularidad decadente, que es la familia. Hoy en día la familia no rinde. Y mucho menos una familia como la de los FF que se quieren, a pesar de que peleen, que son un paradigma de normalidad y felicidad, inclusive a pesar de sus deformaciones. Lo interesante del concepto de este costado de los FF es justamente esto: toman el paradigma marveliano del personaje (defecto + heroísmo a prueba de balas= identificación outsider + aspiración del lector) pero lo toman como un punto de partida para algo que los trae aún más juntos. Los Fantastic Four son (junto con Capitán América) probablemente los únicos héroes amados de Marvel, los únicos que se aproximan más al paradigma DC. Y si bien el Capitán es fácil de encasillar en aventuras de guerra y espionaje, estos no. Estos sólo funcionan dentro de un ambiente extremadamente fértil e imaginativo.


Son los únicos que no se sienten outsiders (bueno, Ben un poco sí) porque lo que los une es tan fuerte y tan puro. La única manera en que esta contraparte ñoña se puede vender a esa porción de la población que son los lectores de comics de supérheroes, tipos cínicos y desagradecidos que prefieren la muerte al crecimiento, es con el dulce aditivo de que los Fantastic Four son EXPLORADORES DE LO FANTÁSTICO. Está ahí en el nombre.

El primer comic que compré en mi vida estaba protagonizado por los Fantastic Four. Era un What If de cuatro historias. En cada una de ellas, todos poseían el poder que caracterizaba a uno de ellos. Y eran el reverso de su espíritu: cuatro historias en su mayoría depresivas que, sin embargo, exploraban hasta el límite lo que significaba ser un aventurero que al mismo tiempo es una especie de explorador victoriano, mapeando nuevos territorios. Monster Island, todos tristes, Sue convertida en un Man Thing cualquiera al que le rodaba una lágrima. Shield, una historia de superespías invisibles. Cuatro antorchas humanas que parecen más bien X-Men, feared and hated by the world. Era una zambullida completamente inesperada en el universo y en esos personajes y me marcó el cerebro para siempre.

Mark Waid lo captó muy bien en el primer número de esa etapa encantadora, con dibujos de Mike Weiringo, que comenzaba con un Mister Fantastic que paseaba a los lectores a lo largo de las infinitas posibilidades de ser una familia que explora lo desconocido. ¿Y qué importa si ponen en riesgo su vida cuando aquello que encuentran es tan maravilloso? Reed Richards era de celuloide, un dibujito animado, y nos decía que jamás iba a morir mientras saltaba adentro de un átomo (no recuerdo la imagen, pero esa era la sensación: Reed Richards de ojos grandes y lustroso uniforme azul y quijada perfecta). Toda la etapa de Waid es, de alguna manera, un flirteo con la muerte que nunca llega. Doom es la perdición pero, a la vez, comienza a ser una especie de extraño miembro de la familia, al ayudar a dar a luz a Valeria. Y cuando finalmente la muerte llega (producto de Doom, como no podría ser de otra manera, que es como un catalizador, como un elemento ajeno que dinamiza las relaciones en la familia y genera cosas nuevas) Waid y Wieringo optan por una solución Deus Ex Creator que es sin embargo muy satisfactoria: Jack Kirby como Dios, dándole la vida de nuevo a The Thing con una movida de plumín.

Es que Waid juega todo el tiempo con la dualidad familia-fantástico que está en la base de los Fantastic Four. Y si uno lo piensa bien es una de las dualidades que se pueden encontrar en la base de la mayoría de los héroes de Marvel. Pero mientras en muchos de ellos la familia es una cosa perdida, o una comunidad construída en base a la necesidad, en los Fantastic Four es una elección, un regalo. Y, además, su etapa lidiaba con la familia más importante de todas, con los padres separados Jack y Stan, que jamás pueden estar muy lejos. Cuando un escritor llega a Fantastic Four, da vueltas alrededor de una serie de tropos y de personajes: Doom, Namor, los Frightful Four, Annihilus, casi ninguno se resiste a tomar el toro por las astas y escribir una historia con Galactus. La mayoría de estas historias son basura, porque lo único que quieren es recapturar el shock and awe de su primera aparición, pero sin percartarse de que ya no es la primera aparición de Galactus, que hemos perdido el aura en el camino, que las expectativas son diferentes y que ya no basta con ese gigante en casco púrpura que juramenta comerse la tierra, sino que ahora hace falta tener algo que decir sobre él, sobre su universo y sobre lo que representa. Que -en otras palabras- hay que ser personal en una industria que generalmente te pide que sólo seas repetitivo, que vendas tu alma y recicles ideas y personajes.


O sea, es muy cruel: imagínate que sos un niño que crece leyendo comics entre cualquier momento de 1962 a 1983, ponele, que consumiste los Fantastic Four de Kirby y Lee, el producto genuino, que de alguna manera esas ideas y personajes entraron en tu cerebro y lo cambiaron para siempre, ocuparon un espacio de ideas que antes estaba vacante (y que podría estarlo para siempre). Yo, que estoy acostumbrado al comic de superhéroes posmoderno, no puedo ni siquiera imaginarme como debe haber sido leer una historieta que presentaba UN NUEVO CONCEPTO CADA NÚMERO, que estaba ahí, desplegando los ladrillos fundamentales de un nuevo universo frente a tus ojos. ¿Cómo no vas a querer llegar ahí y volver a hacer todo eso, recapturar la gloria?. Yo quisiera escribir de nuevo todos los comics de Grant Morrison, si pudiese y tuviese su genio. Lo cual es una forma de decir que escribiría cosas influenciado por su estilo y que reproduciría un estado de cosas, justamente lo opuesto a lo que Morrison representa. Y si no, imaginate que sos un creador ya distanciado de la época dorada, pero que tiene que enfrentarse con algo peor: con dos ídolos fundidos en bronce que proyectan su sombra sobre todo aquello que vino después. Incluso si sos un creador indie, tenés reverencia por Lee & Kirby, especialmente por los Fantastic Four. Entonces, ¿qué pasa con un título cuando tiene que vivir así: algo venerado pero raramente mejorado, una propiedad que duerme en la irrelevancia, como un templo cubierto de telarañas de granito?

Algo perdido en la jungla, un lugar al que se acercan los peregrinos a depositar su ofrenda simbólica y seguir viaje, que vende poco e impacta menos. De vez en cuando algún grupo urbanista se aventura en la selva y decide que es tiempo de renovarlo, que ahora colocarán ahí un shopping o un centro cultural o un parque aprovechable para toda la población, pero los colores están mal y el estilo es modernista y espantoso, no coincide con ese barroquismo energético de la puesta original, entonces arman un par de habitaciones mal pintadas, encima de lo anterior, lo deforman un poco y finalmente lo abandonan, de nuevo, en la jungla, y por algún misterioso poder ese espacio vuelve orgánicamente a su punto original, dejando lo de siempre: un hombre que se convierte en fuego, uno que se estira, uno de roca, una mujer que se vuelve invisible y algunos niños traviesos.

Exactamente eso le esperaba a Jonathan Hickman al momento de tomar la serie, hace un par de años, pero de eso hablaremos en la segunda parte de esta nota.