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NOTAS

My Life in 24 Frames Per Second

En 2024, uno de los más grandes directores japoneses de animación nos narró su vida en forma de manga.
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Miércoles 22 de julio, 2026

Si alguien dice "Rintaro", seguramente vienen a nuestras cabezas Captain Harlock o Galaxy Express 999. O quizás Metropolis, o por qué no Astro Boy. Un director de anime que debutó en los orígenes del género y pateó el tablero en los años ´70, marcando la cancha para todo lo que vendría una década más tarde. Trabajó con Osamu Tezuka, con Katsuhiro Otomo, estuvo en Toei Animation y vio nacer a Madhouse. Rintaro es un histórico que nunca se casó con nadie y siempre se mantuvo partícipe de un arte que no paraba de crecer. Su vida seguramente debe estar llena de anécdotas y recuerdos impresionantes.



Justamente, el estudio de animación francés TeamTO pensó esto y le propuso hacer una biopic. El proyecto no prosperó. Pero luego Shoko Takashi, una ex-colaboradora, le propone que lo publique como un manga. ¿Por qué no?, se dice a sí mismo Rintaro. Y, en un lapso de seis años, dibuja y escribe 250 páginas en las que cuenta su vida, desde su infancia hasta el estreno de Metrópolis en 2001. Así nace Mi vida en 24 cuadros por segundo (en el original francés Ma vie en 24 images par seconde, publicada en 2024 por un subsello de Dargaud). La edición en inglés llegó de la mano de Kana Manga. Tapa dura y en un tamaño un poco inferior al A4, con detalles mínimos de color en el interior. Un prólogo, siete capítulos y un epílogo.

La vida de Rintaro (o la vida que él decide compartirnos) comienza a fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando su familia abandona Tokio para refugiarse en las montañas a la espera de que su padre vuelva del frente. Es ahí donde toma conocimiento del dibujo y del teatro como expresión artística. Con el regreso de su padre, la dinámica familiar irá mutando y será él quien comience a alimentar el fuego en el corazón de su hijo. La familia se mudará a de regreso a Tokio y y es ahí donde ya como adolescente, la exposición al cine, primero japonés y luego europeo, sumado finalmente al cine de animación, despertará en él esa tímida pasión que terminará por convertirse en su profesión. "El cine es un juego de luces y sombras" será su frase de cabecera. Los años pasan y termina el secundario, pero la universidad no es una opción y comienza a trabajar como empleado.

De ahí pega el salto a Toei, como cadete, como filler, hasta que, paso a paso, se abre camino en la animación. La vida era agobiante, las condiciones de trabajo inhumanas. Noches durmiendo en su escritorio para llegar a tiempo y la romantización de la precariedad laboral japonesa. Luego de cierto tiempo da un paso al costado: su vida no iba hacia ningún lado. Y es ahí donde aparece el rayo de sol, el mismísimo manga no kamisama, Osamu Tezuka, quien, cansado de que las adaptaciones de sus mangas no fueran una representación fiel de lo que él quería transmitir, decide abrir su propio estudio de animación llamado Mushi Productions. Rintaro comenzará a trabajar en Mushi como animador, para pasar a ser editor ymfinalmente se abrirán las puertas para que dirija un capítulo de Astro
Boy. Tezuka estaba muy impresionado por su manejo de las luces y las sombras y por la capacidad de reflejar el mal y el bien de una manera tan sencilla y elegante, y delegaba en él muchas tareas de
coordinación. Poco a poco, Rintaro se convirtió en una pieza fundamental del estudio y las series fueron desfilando por sus manos: Kimba, Sabu e Ichi y, por último, Moomin. Poco tiempo después, en el
otoño de 1972, Rintaro le comunica a Tezuka su decisión de abandonar el estudio. Si bien no tenía pesado irse a trabajar a otro lugar, sentía que su impronta en el trabajo era cada vez menor y que el estudio funcionaba más como una máquina industrial. Esto podría no haber sido un problema si no fuese porque Rintaro comenzaba a inmiscuirse cada vez más en la esfera bohemia japonesa. Frecuentaba círculos de poesía, bares de jazz, siempre en busca de dónde dejar su marca.



Dos años después, comenzará a trabajar como freelancer para el recién iniciado estudio Madhouse, y en 1978 llega el punto de quiebre: Captain Harlock. Productores de Toei se acercan a Rintaro para
ofrecerle un nuevo proyecto, la adaptación de un manga de Leiji Matsumoto. La serie duró 42 capítulos, fue un éxito rotundo y tuvo distribución en Estados Unidos a través de Harmony Gold (la misma
productora que trajo Robotech para estos lares). Su trabajo fue tan notable que los mismos productores deciden abrirle las puertas a un proyecto mayor: una película para el cine. En 1979 sale a la luz Galaxy Express 999, otra adaptación de Leiji Matsumoto, y Rintaro salta de ser un gran director de anime a un gran director de cine. Luego de este suceso, el manga pega algunos saltos temporales. Por un lado nos habla de Genma Wars, donde colabora con un jovencísimo Katsuhiro Otomo; luego, de la reconciliación del vínculo con su padre; y finalmente cierra con el proyecto de llevar al cine Metropolis, un manga de Osamu Tezuka.


La vida de Rintaro está llena de momentos fundacionales y claves en la historia de la animación, y si bien el libro puede sentirse un poco lento, es una lectura más que interesante para todos aquellos a
quienes nos apasiona el género. La realidad, al final del día, es que Mi vida en 24 cuadros por segundo es un manga informativo, con algunas pinceladas de emotiviidad, pero sin llegar a ser un Drifting Life de Yoshihiro Tatsumi. Si te interesa saber mas de la historia de la animación en Japón en general, estas en el lugar indicado, pero si no es el caso, podés dejar pasar este libraco.