Recuperamos un gran artículo de Javi Hildebrandt originalmente publicado en 2019, en el nº13 de la revista Rivada.

Robin Wood: El Último Mito (parte 1)

15/11/2021

| Por Javier Hildebrandt

0 comentarios

ALLEscena 1 – Septiembre de 2014

Robin Wood, invitado del festival Comicópolis, hace su ingreso al auditorio principal para un panel de preguntas y respuestas. La sala está colmada como no se verá, prácticamente, en ningún otra ocasión de los tres días del evento, con numerosa gente de pie. Robin posa junto a un cosplayer (Javi Paredes) caracterizado como Nippur. El público saca fotos extasiado, sonríe, estira el cuello desde el fondo de la sala, pregunta con avidez. El clima general es de completa admiración y entrega para con este hombre. Robin, en su exposición, desarrolla los temas y transita todos los lugares comunes de su vida y su obra, y aún así el público no declina su atención ni por un segundo, aunque seguramente habrán escuchado esas historias cientos de veces. El guionista estrella de la editorial más longeva y popular de la historieta argentina, el padre de Nippur, Dago, Dennis Martin, Pepe Sánchez, Savarese, parece iluminar a sus seguidores con su palabra, como toda figura mítica que se precie de tal. Y lo hace desde el comienzo mismo de la conferencia, con una frase que augura la ovación y la anticipada reverencia: “Señores, ¡he vuelto!”.

Un ejercicio poco menos que inevitable para quienes desde muy chicos practicamos la lectura compulsiva e indiscriminada de relatos de aventuras, es imaginarnos el rostro y la vida de los escritores que elaboran esas fantasías. Cualquier lector incipiente de Salgari podría tranquilamente imaginarse al autor italiano tecleando una destartalada máquina de escribir en una choza perdida en la isla de Borneo, o fatigando la cubierta de un barco en el mar Caribe, buscando los papeles que se le han perdido luego de una feroz tormenta. Del mismo modo, nadie que haya leído la saga de Sherlock Holmes puede imaginarse a Sir Arthur Conan Doyle en otro lugar que no sea en el pequeño cuarto de una casa alta de Londres, con vista a un neblinoso callejón por el que se pasean oscuros personajes; o a Ian Fleming en una atildada habitación de Montecarlo, ultimando los detalles de una peripecia de James Bond antes de bajar al casino del hotel. Hasta los nombres mismos de algunos autores parecen fabricados para potenciar el misterio alrededor de su figura: qué es, si no, un artificio como “Corín Tellado”, con toda su carga de ambigüedad, de creación ficticia, de identidad probablemente múltiple e inaccesible.

0001Robin Wood (el guionista, la figura pública, el mito) parece creado en el molde de esta clase de escritores populares. Ya de por sí, el alcance de su obra y la popularidad de los personajes lo vuelven acreedor de este título por mérito propio, pero además la propia historia de vida que él mismo (se) cuenta, no hace más que alimentar la fantasía, respaldar con una construcción dramática ese devenir imaginado por sus lectores. La infancia en una colonia de sajones en Paraguay, la juventud en los obrajes del Norte argentino, la dura realidad como obrero en Buenos Aires, el encuentro fortuito con la historieta, el éxito, los viajes por el mundo, las aventuras en lugares exóticos, el misterio de su paradero, las apariciones intempestivas y esporádicas. Una obra que parece afirmar su alejamiento del conocimiento académico y la universidad, pero construida a través de la experiencia empírica, del contacto con el “mundo real”, del “haber estado ahí”. Todo eso nos cuenta ese personaje increíble que –para sumar a lo que decíamos sobre los nombres- de verdad se llama Robin Wood.

En definitiva, aquello por lo que Wood se hace famoso no es más que el desarrollo de un ejercicio que había conocido en su infancia, en Colonia Cosme, una comunidad de socialistas australianos emigrados al Paraguay. “Habían venido de Australia, pero había grupos de irlandeses, escoceses y algunos ingleses, y yo crecí ahí con mi bisabuela, que me hablaba en gaélico” (Encuentro: 2010) le cuenta Robin a Juan Sasturain en el capítulo del programa Continuará… dedicado a su obra:

Dennis -0001Cuando los viejos vinieron de la Primera Guerra Mundial, mi gran pasión era sentarme con ellos y escuchar. Ellos contaban cómo había sido la guerra… Lo habían visto al Lawrence de Arabia en Jerusalén, una vez. Mi abuelo me dijo: ‘Vi a un petisito con unas ropas blancas sucias y una canasta llena de doblones de oro. Y al lado una pila de cabezas cortadas. Y fuimos a preguntar qué era eso, tenía una cola delante, de árabes, con cabezas en las manos. Esos árabes eran irregulares que luchaban contra los turcos, y él les daba una moneda de oro por cabeza’. Yo estaba ahí con la boca abierta; escuchaba, escuchaba y escuchaba. (Op. Cit.)

Lo que sigue es historia más o menos conocida para quienes seguimos la cronología woodiana: desde chico tiene que ganarse la vida en trabajos durísimos, primero en la ruta Transchaco y luego en un obraje, junto a su tío, en el Alto Paraná. Pero en el medio, se transforma en un devorador serial de libros: Hemingway, Shakespeare, Simone de Beauvoir son sus referentes en esa época, quienes lo impulsan a escribir, a participar en concursos literarios, y hasta a ganar algunos. Pero la historieta aún no había llegado a su vida. Sería en su juventud, cuando se muda a Buenos Aires y vive (o más bien, sobrevive) trabajando en fábricas, pasando las noches en pensiones de mala muerte, que empieza a asomar la idea de dedicarse al dibujo. Se anota en la Escuela Panamericana de Arte y, mientras fatiga las noches batallando (casi siempre sin éxito) entre lecciones de anatomía y composición, se hace amigo de un dibujante que ya transitaba las editoriales con sus trabajos: Luis “Lucho” Olivera. En sus charlas, ambos coinciden en su fascinación por la cultura sumeria y la Mesopotamia antigua, y es entonces cuando Olivera, cansado de luchar contra los farragosos guiones que le enviaban en la editorial Columba, le pide a Robin que le escriba algo. Estamos en 1966. La flecha había partido y terminaría por dar justo en el blanco: a los pocos días, el joven Wood le lleva tres guiones, uno de los cuales sería “Historia para Lagash”, el primer episodio de Nippur. En Columba quedan encantados con sus historias y le ofrecen comprarle todo lo que escriba, por un pago por guion equivalente a todo un año de trabajo en la fábrica. Y, por supuesto, Wood no demora un segundo en dejar de lado todo lo que se había propuesto y empezar a escribir un nuevo capítulo de su historia.

merlinrobinwoodLa forma y la rapidez en la que Wood se transforma en el “guionista estrella” de una editorial que ya cargaba casi cuarenta años a cuestas, es algo digno de analizar. Uno de los aspectos más curiosos de su obra, desde sus comienzos, es su capacidad para reinterpretar los tópicos de la aventura clásica casi sin desviarse del esquema estricto que imponía Columba por aquél entonces. Es sencillo detectar, en sus preocupaciones temáticas, en el desarrollo de los personajes, en la profundidad de su prosa, las filiaciones que lo emparientan con otros nombres clásicos del guion, que el propio Robin resume en dos figuras: Héctor Oesterheld y Ray Collins (Eugenio Zappietro). “Creo que en esa época hubo tres tipos que afectaron la historieta” cuenta Wood en la estupenda entrevista que le realiza Diego Accorsi (Robin Wood Comics: 2000)

Uno por supuesto es el grande, Oesterheld. Ni me voy a molestar en hablar, porque él era EL mejor. Absolutamente el mejor. El otro fue Ray Collins, el desaforado, porque realmente él era en todo exagerado. Y quedaba bien. El tercero fui yo, creo que una mezcla entre los dos. Por supuesto yo lo imité a Oesterheld en todo, porque lo admiraba, lo leía, copiaba sus guiones, los guardaba. (Op. Cit.: párrafo 18)

(el lunes, la segunda parte)

 

 

 

Compartir:

Etiquetas: ,

Dejanos tus comentarios: