Te invitamos a redescubrir la última gran obra escrita y dibujada por el inolvidable maestro Juan Giménez.

Yo, Dragón

28/06/2021

| Por Andrés Accorsi

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D_NQ_NP_696030-MLA26471714728_122017-OYo, Dragón fue la última gran obra escrita y dibujada por el inolvidable maestro mendocino Juan Giménez, nacido en 1943 y fallecido en 2020. Después de muchas décadas encasillado como “un maestro de la ciencia-ficción”, en 2010 Giménez se tiró sin paracaídas a la epopeya medieval, con castillos, caballeros y dragones, y demostró que en esa temática también era imbatible. Y además levantó la vara respecto de sus otras obras como autor integral (Leo Roa, El Cuarto Poder, Elige tu Juego), todas historietas hermosas para mirar pero flojitas para leer.

El primer tomo de Yo, Dragón se publicó en 2010, primero en la editorial francesa Le Lombard y al toque en la española Norma. Se anunció como una trilogía, pero en Francia esto no se pudo respetar, porque hubo un conflicto entre Giménez y la editorial. Esto hizo que el autor se llevara la obra a otro sello, Glénat. Allí apareció en 2015 “Moi, Dragón: La Saga”, un tomo que trae la obra completa, es decir, el Vol.1 que había publicado Le Lombard y los otros dos, que estaban inéditos en Francia. En España, la publicación fue un poco más normal. En 2013 se editó el Vol.2 y en 2016 el Vol.3.

PlancheA_111103Lo que más me gustó de Yo, Dragón es cómo maneja Giménez la ambientación medieval. Si bien está la presencia de un elemento fantástico (los dragones), el resto es todo muy real: señores feudales poderosos, caballeros valientes, cortesanos intrigantes, curas medio pasados de rosca, conspiraciones, destierros, enfermedades espantosas de esas que hoy reemplazamos con atrocidades similares tipo el canal LN +, duelos, banquetes, sitios… No falta nada.

El primer tomo se toma el trabajo (bastante exhaustivo, por cierto) de presentar todo este entorno, y a un elenco protagónico compuesto por unos 9 ó 10 personajes, de los cuales tres no llegan enteros (lo cual no quiere decir que mueran) al final del tomo. Acá están casi todos los hallazgos de Giménez: en la construcción de los personajes (fuertes, bien definidos) y en la creación de situaciones que permitan la interacción entre ellos de modo razonable y creíble. Más adelante descubriremos cuáles de los protagonistas se ponen la pilcha de “buenos” o de “malos”.

Además de presentar tooodos estos elementos, el ídolo mendocino hace avanzar un par de tramas: una tiene que ver con una pariente descastada del rey Fernando de Belmonth que quiere tomar el control del imponente castillo de Rosentall, y la otra va para el lado de un romance entre Silvia, la princesa del castillo, y el caballero Rob Bonn Magister.

Moi-Dragon-La-saga-039-330x445El segundo tomo arranca un poco más complicado, porque Giménez se enreda entre una seguidilla de flashbacks, como si se le hubiese ocurrido que –de pronto- saber todo sobre el pasado de los personajes era fundamental para poder entender la trama. Y ya dijimos que eran muchos personajes, así que todo este cúmulo de información le resta un poco claridad y dinamismo a la historia. Pero pasada la página 24, todo cobra un cauce más claro, los conflictos centrales concentran toda nuestra atención, se termina de explicitar quiénes son los malos, quiénes son los buenos, de qué juegan los dragones, y en el último tercio se viene la eliminación (inteligente, con sorpresas, sin obviedades) de varios personajes. O sea que, superado ese bajón inicial, nos esperan 32 páginas en las que la epopeya, la intriga palaciega y la acción bélica se despliegan con la fuerza que uno espera de este tipo de relatos. Para el final, uno ya se olvidó de lo mucho que le costó arrancar a este tomo y ya está de nuevo enganchadísimo.

La primera mitad del Vol.3 también se hace un poco ardua, un poco confusa, con unos flashbacks (ninguno demasiado importante) que aparecen en momentos que no sé si eran los ideales, justo cuando el tramo final de la historia empieza a entrelazarar los destinos de tantos personajes. Y de nuevo (como en el Vol.2), la segunda mitad del álbum se hace mucho más llevadera, y uno conecta mejor con el relato. De todos modos, siento que con un elenco más acotado, Giménez podría haberles dado más profundidad, más sustancia a cada protagonista. El tema de que haya un par de mujeres con el poder de transformarse en dragones no está del todo aprovechado, al igual que el personaje de Monseñor Fabián, que pintaba para villano grosso y termina por cumplir un rol bastante prescindible.

PlancheA_232022Entre toda esta madeja de venganzas, premoniciones, filiaciones sorprendentes, intrigas palaciegas y viejas facturas vencidas que se cobran con cuantiosos intereses, brilla con fulgor incandescente el dibujo de Juan Giménez. Bello, potente, elaborado, funcional al relato, con un color glorioso y un trabajo brutal en fondos y vestimenta, todo lo que surge del lápiz y los pinceles del maestro mendocino está pensado para cautivar al lector y premiarlo con unas maravillas gráficas que muy pocos historietistas le pueden ofrecer. De verdad, si Yo, Dragón en vez de un guión atractivo tuviera un mamarracho irredimible, escrito por un subnormal invertebrado que dejó su última neurona en una partida de Dungeons & Dragons allá por 1993, también habría que comprarlo. Acá “el Pelado” no baja ni medio cambio respecto de su trabajo más alucinante, la infinitamente grossa Casta de los Metabarones. La ambientación es otra, pero siguen ahí el laburo inhumano en espadas, armaduras, ejércitos, fondos, cuerpos, dragones que protagonizan secuencias espectaculares, de enorme impacto visual, y hasta vemos unas figuras humanas en acción con un dinamismo poco frecuente en las páginas de Giménez. Como siempre, el golpe letal, la fatality, nos la hace con su alucinante manejo del color, con esos engamados en los que predominan los colores fríos u opacos (marrón, gris, celeste, blanco) y cada tanto irrumpe un rojo furibundo o un amarillo descontrolado y explota la viñeta al carajo y más allá.

91micNm5gHLHablando de viñetas, si bien este es el típico álbum francés, no abundan las páginas de 183.000 viñetas microscópicas. Hay alguna de 10 viñetas y, fuera de eso, muy rara vez Giménez mete más de 7 u 8 cuadros por página. La narrativa es muy sólida y resiste sin inconvenientes los embates de las doble splash-pages por un lado y de las páginas con muchísimo texto por el otro. Giménez sabe que hay mucho para explicar y que la rosca y el chamuyo tienen mucho peso en la trama, por eso opta siempre por grillas que le permiten meter en cada viñeta un montón de diálogos y bloques de texto, sin comprometer las composiciones y sin eclipsar al dibujo, que es (en esencia) lo que uno viene a buscar cuando se compra un libro del ídolo.

Por esos altibajos en el guion de los dos tomos finales, Yo, Dragón no califica para obra maestra. Pero es una muy buena aventura de fantasía medieval, y a nivel visual es un testimonio más que elocuente de la vigencia sempiterna de este genio del dibujo y la ilustración que fue Juan Giménez.

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