Durante la infancia de Héctor Argiró hubo dos momentos fundamentales que determinaron su destino. Uno fue a sus 8 años, cuando en una visita a su La Rioja natal, su tío Carlos llevaba a su madre, a su hermana y a él hacia el aeropuerto para que regresaran a Buenos Aires. El auto en el que viajaban era un Torino y su tía entendió que se les hacía tarde. El estampido contra el asiento trasero que sintió Héctor por la potencia propia del vehículo argentino fue inolvidable. El segundo momento clave ocurrió unos años después, cuando le preguntó a su padre hasta dónde llegaba la Panamericana. Desde que escuchó ese "Alaska" se fijó en su mente que con un "Toro" recorrería todo el continente americano y terminaria en la llamada “Última frontera”, proeza que ya logró: aunque ahora quiere hacer lo propio en Europa.
MÁS INFO
“Mi tía le dice apurate que van a perder el avión. Bueno, entonces, ¿qué hizo mi tío? No sé si tiró un rebaje, aceleró de golpe, no sé. Yo quedé estampado contra el asiento de atrás. En esa época nadie usaba cinturón de seguridad y sentí toda la potencia del auto en mi espalda y yo me quedé calladito, pero pensé: ‘Cuando sea grande quiero un Torino”, recordó ante El Destape este cartógrafo de 49 años.
Lo que empezó como un anhelo de niño tomó otra forma. "Yo fui creciendo, fui estudiando: la primaria, la secundaria, empecé la universidad, trabajé, dejé la universidad y volví a trabajar, pero siempre en mi cabeza estaba la idea que algún día me debía ir hasta Alaska en un Torino, y ese sueño de mi infancia, de cuando tenía 10 años, lo cumplí”, contó sobre aquel momento en que escuchó por primera vez hasta dónde llega la Panamericana.
El 24 de noviembre de 2016, Héctor Argiró encendió su amado "Balboa" (como llamó a su Torino) puso primera y comenzó a concretar el tan anhelado sueño de sus 10 años. La fecha elegida para la salida no fue casualidad: entre octubre de 1966 y finales de noviembre de ese año. La travesía también contempló su inicio con el cumpleaños número 40 del vehículo nacional por excelencia. El cartógrafo no arrancó solo, de la partida participaron con una caravana de 50 modelos del ejemplar de Industrias Kaiser Argentina S.A (IKA).
“Fui al evento, estuve dos o tres días ahí con la gente, a muy pocos les conté que me iba de viaje y bueno, así empezó. De Córdoba me fui para Ushuaia, de Ushuaia tomé la Ruta 40, en Neuquén me fui para Chile, después en Santiago me crucé a Mendoza, Mendoza a La Quiaca. La Quiaca hice las provincias que me estaban faltando recorrer, que eran Santiago del Estero, Chaco, Formosa. Desde allí, aproveché e hice Paraguay, después Misiones, Corrientes y Entre Ríos, y así completé todas las provincias argentinas”, recuerda en un racconto realizado grosso modo.
En rigor, como buen cartógrafo, Héctor dejó todo detallado en un mapa que publicó en su página web: https://www.elmundoentorino.com/. En la imagen se puede observar la partida desde Argentina y el derrotero que lo llevó hasta el extremo Norte del continente.
La nómina de países recorridos aparece en el margen izquierdo de la imagen que se abre al pulsar en su web “itinerario”: Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Niaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala, Belice, México, Estados Unidos y Alaska. Mientras que la hoja de ruta aparece trazada sobre el mapa principal que está ubicado en la misma sección de su página. Allí se precisan las ciudades por las que el Torino pasó, la fecha de salida y los 150 mil kilómetros en ese momento.
A partir de los 18 años. Héctor comenzó a pergeñar la idea de comprar un Toro. Aunque, en rigor, nunca llegaba con el dinero. Mientras tanto se hizo cartógrafo, trabajó en sistemas, hizo lo propio en YPF, entre otras ocupaciones. Pese a que sabía que no llegaba con sus ahorros, para lidiar contra la ansiedad, miraba distintos modelos de su objeto de deseo en la revista especializada Autofoco. Hasta que en 2006, llegó el primero de los hitos que luego irían in crescendo: encontró a su preciado auto. Lo señó sin verlo.
Como en todo hito, ese día inolvidable tiene su fecha: 6 de octubre de 2006. Héctor ya tenía 30 y aún faltaban otros tantos años más para poner en condiciones el Torino 380, coupé, año 1969. “El hecho que el Torino lleve el nombre de mi amigo que ya no está, en el contexto de haber cumplido mi sueño de la infancia, para mí significa que Luis está presente”, concluyó respecto del nombre de su auto con el que logró concretar su fantasía de pequeño.
La primera salida se demoró. Salió a la ruta recién en 2009, aunque todavía faltaban unos cuantos años para poder concretar la travesía soñada. En líneas generales, durante los casi 10 años de rodaje por el continente americano, el Torino se comportó bastante bien. No obstante, Héctor ante El Destape reconoció: “En el viaje aparecieron todos los errores y horrores de la restauración, aunque nunca tuve que llamar a la grúa. Cuando me pasó algo en la ruta, lo solucionaba en un minuto o en cuatro horas. Pero yo al auxilio no lo llamaba”.
Con esta dinámica se tornaron fundamentales las casas de familia en donde se hospedó. Se transfomaron en paradas clave para solventar los costos que le generó semejante travesía. Por caso: Ecuador, Canadá, México, fueron algunos de esos puntos destacados.
“En Quito, paré en la casa de Galo, quién tiene un taller: un galpón enorme porque había sido mecánico y allí arreglaba mi Balboa. Era un señor grande que trabajaba en Mercedes Benz cuando era joven. Y cuando se jubiló, se puso su negocio y atendía a los autos que el concesionario oficial no arreglaba. Después, la familia que me hospedó allá en Toronto me ofreció guardar el auto en el garage de ellos. Y en estos días, me dediqué hacerle todo el motor nuevo en el taller que me ofrece Jorge en Querétaro, México. Él y su familia me están ayudando un montón: me dan el espacio para el coche, hospedaje y comida, todo gratis. Durante el día me ocupo todo el tiempo del Toro para dejarlo como si fuera nuevo, a veces lo acompaño a Jorge a hacer alguna actividad y a la noche voy a la casa que ellos me dieron”, sintetiza Argiró con algunos pocos ejemplos.
La gran pregunta es cómo Héctor logró encontrarse con tantas personas con semejante bondad para un desconocido. “Algunos me tienen visto de Facebook, yo también iba avisando de mi proyecto y ellos mismos me ofrecían su casa. De todas maneras, la solidaridad de la gente superó todas mis expectativas. En Canadá una pareja me ofreció su cama y ellos durmieron en los sillones, increíble. Yo creo que por lo general es gente que le gustaría hacer lo que estás haciendo vos. Entonces lo hacen también como una forma de ser parte del viaje. Por ejemplo, Galo, tenía un Mercedes Benz y se quería ir con su esposa desde Ecuador hasta Ushuaia”, explica el conductor de Balboa.
Con todo, más allá de la bonhomía de las personas con las que se cruzó Héctor en el camino, semejante recorrido conlleva un gasto de dinero importante e ineludible.
“Salí con unos ahorros y varias tarjetas de créditos, me iba manejando, aunque sabía que el dinero se iba a acabar en algún momento. Por lo tanto, empecé a costear mi sueño con el merchandising de mi auto que los vendo en juntadas de Torinos, eventos, más adelante también pude monetizar el canal sobre mi viaje en Youtube”, explicó el cartógrafo. Y puntualizó algunos de los productos que utiliza para solventarse: “Llaveros, tazas, remeras, libros, etcétera. Son realizados en base a mis diseños no sé, debo tener como 20 de mi viaje”.
Rutas peligrosas, nieve, tres trompos y animales salvajes
En un recorrido de más de 180 mil kilómetros, Héctor Argiró atravesó terrenos y situaciones de tipo muy disímiles entre sí: durmió desde en un estacionamiento de un supermercado hasta en un hotel 5 estrellas; la policía le pidió coimas; lo denunciaron por el robo de un gato, se cruzó con monos, serpientes y osos grizzly y dio varios trompos en medio de la nieve. Todos momentos en los que en algún punto se puso en riesgo.
“Si hablamos de peligros que pasé no puedo dejar de mencionar El tobogán del diablo, en Colombia. Vos vas desde la ciudad que se llama Pasto y tenés que subir una cordillera y llegás a la selva: son como 80 kilómetros de ripio por camino de cornisa, En ciertos tramos solamente entraba el Torino y si venía un camión de adelante, tenías que hacer marcha atrás y dejarlo pasar, porque la prioridad la tienen ellos. Yo encima sufro de vértigo, así que fue duro llegar a Moscova yendo del lado del precipicio”, rememoró Héctor.
Y siguió: “Otro camino duro para mi y para el auto fue el de 900 kilómetros que viajé desde Fairbanks hasta Prudhoe Bay, en el Océano Ártico, en Alaska. Del total del trayecto, 800 kilómetros eran de ripio: tardé dos días”. Pero hubo algo peor en la llamada “Última Frontera”: manejar sobre hielo. “Lo hice con llantas con clavos, pero usadas. A los 20 kilómetros di tres trompos, me fui de la ruta, después vino gente que me ayudó a salir. Tuvo mucho que ver la falta de experiencia, porque yo andaba muy rápido para esa superficie: debía hacerlo a 40, pero transitaba a 70. De hecho, ya me habían dicho que tenía que manejar despacio, pero veía que los camiones me pasaban como a 100, 120 Km/h. Por lo que desde Alaska hasta Edmonton, en Canadá, anduve casi mil kilómetros muy tensionado porque debía hacerlo muy despacio mientras los camiones me pasaban todo el tiempo a altas velocidades”, agregó.
La presencia de los animales en la travesía de Héctor merecen un párrafo aparte. Ya sea desde momentos absurdos y risibles que experimentó, pero no por eso menos tenso, hasta aquellos en los que de no tener cuidado podría haberlo pasado muy mal. En el primer ejemplo, aparece una situación que se suscitó mientras dormía en el estacionamiento de un hipermercado Wal-Mart, en Estados Unidos.
Y en cuánto a animales silvestres en el largo trayecto se cruzó con alces, lobos, zorros, ñandúes, guanacos, serpientes grandes, cocodrilos en Costa Rica, guacamayos en Honduras, osos negros y osos grizzlly, a quienes pudo sacarles fotos con una buena cámara.
Un Torino y un amor
Entre peligros, aventuras, anécdotas, adrenalina, y sobre todo mucha pasión, en este viaje soñado en la infancia también hubo lugar para el amor. “Estuve de novio en Colombia, ella viajó conmigo, estuvimos como un mes juntos arriba del auto. Digamos que como de la nada empezamos a convivir junto a sus dos hijos. Es más, su intención era sumarse al viaje conmigo. De hecho, habíamos quedado que se iba a venir cuando yo estaría en México, pero lo tiempos se modificaron porque cuando estaba por Costa Rica, hubo problemas para cruzar la frontera con Nicaragua, por un clima interno complicado con tensión con el gobierno, muertos, manifestaciones, entonces todo se retrasó”, le explicó Héctor a El Destape.
La demora, que se estiró 5 meses más de lo pautado, empezó a generar ciertas diferencias en la pareja. “En ese interín ella me pedía que pautara fechas para comprar el pasaje, sobre todo porque de eso dependían los valores de los pasajes. Pero yo no podía dar precisiones con semejantes distancias. Esa dilación, más que también en ese momento sus hijos eran muchos más chicos, generaron que se corte. Igualmente tengo una buena relación con ella, hablamos cada tanto. Ahora se quiere sumar cuando yo esté en Europa, ya sus hijos están más grandes. Veremos… Yo cuando quiero viajar, si alguien viaja conmigo, la persona que está arriba conmigo en el auto, tiene que estar físicamente y mentalmente, no preocupada por la vida cotidiana que sucede a miles de kilómetros”, añadió.
El plan perfecto: por la cuarta Copa del Mundo y el Viejo Continente
Durante casi la década que lleva de travesía, el Torino nunca regresó a Buenos Aires. Sin embargo, Héctor Argiró volvió varias veces a la Argentina: llegó de sorpresa para un cumpleaños de su madre; también vino a vender merchadising sobre su viaje y Balboa; y para atender diversas eventualidades que sirgieron en el periplo.
De hecho, en estos días se encuentra en Buenos Aires con el claro objetivo de volver en breve a colocar en la ruta a su Toro que lo espera en Querétaro, México, con el motor hecho a nuevo. Allí se despedirá de su amigo Héctor, quien lo hospedó y le guardó el auto durante el último tiempo. Y lo que sigue, oscila entre lo ideal y lo posible.
“Mi plan perfecto sería asistir al Mundial que se juega en México, Canadá y Estados Unidos. Si ganamos la cuarta mucho mejor (se ríe) y una vez que finalice, quisiera enviar a Balboa a Europa. Después, dejo el auto allá, me vuelvo a Argentina, trabajo un tiempo en los eventos con mi stand para vender mi merchandising, junto plata y con los ahorros ya me voy a Europa”, concluyó.
