Atenea, el satélite argentino ideado por alumnos que orbitará la Luna: así se creó el pedacito de país que la NASA eligió entre 61 naciones

Atenea compitió con propuestas de todo el mundo y ganó su lugar porque su diseño combinaba ciencia útil, tecnología innovadora y, sobre todo, una capacidad de integración que pocos países en desarrollo pueden acreditar. La palabra de sus creadores.

01 de abril, 2026 | 16.44

La misión Artemis II despega este miércoles desde Cabo Cañaveral con cuatro astronautas a bordo, pero no viajan solos. Pegado al cohete más potente jamás construido va también un pequeño cubo de 12 litros, 30 centímetros de lado, que Argentina construyó para demostrar que el espacio profundo no es territorio exclusivo de las superpotencias. Detrás del proyecto hay estudiantes de grado y se llama Atenea, el primer microsatélite nacional que se aleja tanto de la Tierra: va a orbitar a 72.000 kilómetros de distancia, muy por encima de los satélites geoestacionarios, en una región donde nunca antes había llegado un desarrollo argentino. Su misión es medir lo invisible para que, cuando los humanos vuelvan a pisar la Luna después de más de 50 años, sepan qué esperar.

La selección de Argentina no fue por sorteo. La NASA convocó a los países firmantes de los Acuerdos Artemis a presentar proyectos de carga secundaria que pudieran volar en esta misión tripulada. De más de 60 naciones, solo cuatro fueron elegidas para llevar un microsatélite: Alemania, Corea del Sur, Arabia Saudita y Argentina. Atenea compitió con propuestas de todo el mundo y ganó su lugar porque su diseño combinaba ciencia útil, tecnología innovadora y, sobre todo, una capacidad de integración que pocos países en desarrollo pueden acreditar.

Pero Atenea no es solo un logro de la agencia espacial argentina. Detrás del cubo de 12 litros hay una constelación de instituciones que trabajaron en simultáneo, con plazos ajustados y exigencias técnicas extremas. La CONAE coordinó el proyecto; la Universidad de La Plata aportó desarrollos propios que ya venía madurando; la Universidad de San Martín diseñó un sensor de partículas para medir radiación; el Instituto Argentino de Radioastronomía y la Comisión Nacional de Energía Atómica sumaron sus capacidades en comunicaciones y materiales. Y la Facultad de Ingeniería de la UBA, a través de su equipo ASTAR, se encargó de un circuito impreso de 10 por 10 centímetros clave para garantizar la carga de baterías si la misión se postergaba.

El satélite no va a la Luna sino a orbitar la Tierra a una altura extrema, 72.000 kilómetros. Esa altitud no es casual: está muy por encima de los satélites de la constelación GPS, que operan a 20.000 kilómetros, y también por arriba de los satélites geoestacionarios, que están a 36.000. Desde ahí, Atenea hará tres cosas que nunca antes se habían probado con un microsatélite argentino: medirá la radiación ambiental en espacio profundo, evaluará si los receptores GPS pueden funcionar a esa distancia, y establecerá comunicaciones de largo alcance con las estaciones de la CONAE en Tierra del Fuego y Córdoba. Lo que aprenda servirá para diseñar electrónica más resistente, proteger a futuros astronautas y validar tecnología que después puede terminar en autos, en celulares o en cualquier sistema que dependa de señales satelitales.

Lo más llamativo, quizás, es que la mayoría de quienes hicieron Atenea no tienen título universitario. Son estudiantes de grado que metieron horas de laboratorio en medio de la carrera, que aprendieron a gestionar plazos y a documentar cada paso porque la NASA exige estándares de seguridad extremos. Para ellos, el satélite no es solo un logro técnico: es un certificado de que el mercado laboral no empieza después del diploma.

Alejandro Martínez, decano de la Facultad de Ingeniería de la UBA, sigue desde Cabo Cañaveral cada movimiento del lanzamiento. Él resume el peso de la selección argentina: “A partir de la firma de Argentina de los acuerdos Artemis con la NASA, se invitó a todos los países firmantes a presentar proyectos espaciales que acompañen la misión. Entre los requisitos, hubo que cumplir los estándares de seguridad extremadamente estrictos que exige la NASA para no poner en riesgo una misión tripulada como esta”. Y agrega: “La novedad de Atenea será que navegará el espacio en una órbita terrestre a 72.000 kilómetros de altura, una posición en la que no existen satélites, ya que los más lejanos están ubicados en una órbita geoestacionaria a 36.000 kilómetros. Esta posibilidad nos permitirá medir la radiación existente, cuyos datos son vitales para estudiar su impacto tanto en el organismo humano como también en partes sensibles del satélite, como la electrónica”.

Martínez destaca también el significado educativo: “Estoy muy involucrado en este proyecto y en el conocimiento de la ingeniería espacial con la que se trabajó para su desarrollo, ya que toda mi vida trabajé en comunicaciones satelitales. Y desde hace tiempo, en la UBA, empujamos distintos proyectos espaciales, como ASTAR, nuestro primer microsatélite, además de colaborar con otras misiones de CONAE”. Para él, la participación argentina en Artemis II “implica un gran orgullo y reconocimiento de la NASA para el ámbito espacial y educativo de nuestro país”.

Fernando Filippetti, director del Proyecto ASTAR y responsable de FIUBA para Atenea, recuerda que la última vez que se intentó incorporar uno de los satélites argentinos a una misión de este calibre fue en el año 2000. "En ese momento no fue posible, por lo que estamos muy entusiasmados con esta nueva oportunidad".  Su testimonio muestra que Atenea no nació de la nada: es la continuidad de un esfuerzo que lleva décadas, y que ahora encuentra en la ventana de Artemis II el escenario ideal para demostrar lo que el país es capaz de hacer.

Para su confección, hubo un largo camino recorrido que incluye el diseño y la prueba de su funcionamiento en una operación real: “Uno de los principales objetivos del diseño y la puesta en órbita de estos satélites es la validación tecnológica; es decir, probarlos en condiciones reales, tanto en lo referido a componentes como a recursos y procedimientos”, explica. Filippetti enumera los puntos clave que Atenea pondrá a prueba: “La medición de niveles de radiación en órbitas bajas y profundas, el análisis del comportamiento de componentes electrónicos bajo condiciones extremas, la evaluación de señales de navegación GNSS (GPS, GLONASS y Galileo) a altitudes superiores a la constelación y la validación de enlaces de comunicación de largo alcance”. Detrás de cada uno de esos ítems hay años de investigación de distintas universidades y la confianza de que Argentina puede aportar soluciones de clase mundial.

Franco Pagacini, estudiante de Ingeniería Electrónica y subdirector del proyecto ASTAR, representa la cara más joven del desarrollo. Él cuenta cómo se gestó la participación de la UBA: “Atenea es un proyecto liderado por CONAE que nos invitó a la UBA a formar parte por medio de ASTAR, siendo una de las instituciones que está constituyendo este microsatélite Todos ellos, bajo la coordinación de la Agencia Espacial Argentina, fueron aportando la mayor cantidad de tecnologías posibles y en mejor calidad”.

Pagacini se detiene en el trabajo que les tocó hacer: “Nos enfocamos pura y exclusivamente en las tareas que nos delegó CONAE, que fue hacer un circuito impreso de 10 x 10 cm, enfocado a cuestiones de seguridad y garantizar la carga plena de las baterías previo lanzamiento. Los que tuvieron el desafío tecnológico más pesado en términos de órbitas fue CONAE, pero nosotros nos encargamos de que en caso de que se postergue la misión, poder proveer al satélite con la energía suficiente para llegar en un punto máximo energético al espacio”. La experiencia, dice, les dejó una enseñanza que trasciende lo técnico: “Nos muestra que el mercado laboral no necesariamente tiene que llegar una vez recibidos. Todos los que estamos acá en ASTAR estamos muy felices de poder trabajar en estas cosas, principalmente porque te da un panorama, ya te da una experiencia, te da la espalda para en futuros casos poder salir al mercado y decir, yo ya hice esto, sé cómo funciona, vamos al siguiente desafío y hagámoslo juntos”.

Pero más allá de la experiencia individual, Pagacini resalta lo que el proyecto representa para el país marcando un logro histórico para la ciencia: “En términos argentinos, sin duda es un motivo de orgullo para todos. La argentinidad nos une, y es una vez más en la cual el argentino está metido en un hito súper importante. Argentina tiene la capacidad tanto técnica como de personal. Es una muestra más de que tenemos que confiar que tenemos un gran país que está lleno de profesionales y que tenemos muchísimo potencial de cara al futuro”.

El valor de los recursos humanos y la mirada federal

La dimensión federal del proyecto es otro de los puntos que los entrevistados subrayan. Martínez lo menciona al hablar de la convocatoria original, pero también Pagacini lo enfatiza: “Son varias las instituciones que formaron parte. La realidad es que CONAE fue el director de orquesta. Nosotros nos enfocamos en lo que ellos nos asignaron, confiando en que nuestros pares iban a cumplir”. El hecho de que estudiantes de distintas universidades del país hayan trabajado en paralelo, con estándares unificados y un objetivo común, es un dato que habla de madurez del sistema científico-tecnológico argentino.

Filippetti, por su parte, destaca que la mayoría de los desarrolladores de Atenea son estudiantes. “Justamente institucionalizamos proyectos como este involucrando docentes y recursos de la Facultad para motivar a los y las estudiantes para que terminen sus carreras viviendo experiencias únicas y de alto valor tecnológico como esta y garantizar que continúen al pasar estudiantes por el mismo”, explica. Y se emociona: “Para mí es muy emocionante ver a los y las estudiantes involucrados en estos proyectos de la manera que lo hacen y los desafíos en los que se involucran”.

Qué lecciones deja Atenea

Para Martínez, la enseñanza principal es que la suma de capacidades multiplica resultados: “Seguramente deja muchas lecciones técnicas, pero creo que lo más importante es que si nos juntamos varias instituciones el resultado es mucho más que cada parte e inclusive que la simple suma de cada una de ellas”. Filippetti coincide: “Atenea deja muchas lecciones, principalmente es reflejo de lo que ocurre cuando las distintas instituciones trabajamos en conjunto. Sin dudas que esto fue un gran logro para todos, principalmente para CONAE porque una vez más demuestra que nuestra agencia espacial está a la altura de las circunstancias y se puede sentar en las mesas chicas de discusión internacionales posicionándose como productor de tecnología satelital de primer nivel”.

Pagacini cierra con una reflexión que apunta al futuro: “Creo que muchas abre muchas puertas porque nos debe hacer reflexionar sobre el valor de nuestros recursos humanos y el tremendo potencial que tiene cuando las condiciones de contexto se dan”.

Lo que viene

Atenea llegará al espacio, desplegado poco después del lanzamiento, cuando el módulo Orion Stage Adapter se separe de la nave principal. En los próximos días, sus sistemas se activarán y empezarán a mandar datos a las antenas de la CONAE.

Por primera vez, un desarrollo argentino va a operar en una región del espacio donde ninguna misión nacional había llegado. Y lo hace no como acompañante de lujo, sino como parte de un esfuerzo global que se prepara para volver a la Luna y, algún día, ir a Marte. Los datos que recoja Atenea serán analizados por los equipos de las universidades y empresas que lo construyeron, y alimentarán las próximas misiones de la agencia espacial argentina.

La comunidad internacional observa con atención el vuelo de este pequeño satélite, que demuestra que cuando el conocimiento se federaliza, cuando los estudiantes se meten en la cocina de la alta tecnología y cuando el Estado coordina sin ahogar, Argentina puede sentarse a la mesa de los grandes