El placer de la mujer es el deseo del hombre
Al abrir Djinn supe dos cosas al instante: Que estaba ante un dibujo que era una obra de arte abrumadora, y no menos importante, que la obra no me estaba subestimando en absoluto, sino que por el contrario, me trataba como a un adulto que piensa, juzga, se erotiza, investiga y cuestiona. Y lo que noté mientras avanzaba, es que era una invitación a que abriera mi cabeza para estar a la altura del viaje. Esa invitación venía firmada por alguien que entendía algo que muy pocos captan: el erotismo tiene mucho más que ver con lo que imaginás, lo que respiras y lo que perciben tus poros… que con lo que ven tus ojos. Quien dibujaba esas páginas había estudiado en las mismas aulas que los grandes maestros y había decidido transformar el género erótico desde adentro, con una mirada que la palabra masculina nunca va a lograr captar del todo. Su nombre era, ni más ni menos, que Ana Miralles.

Dufaux al gobierno, Miralles al poder
Ana Miralles ya venía de participar en revistas como Cairo con guionistas como el crack de Antonio Segura, en una época donde si bien había un boom del comic adulto español, las mujeres eran casi un cisne negro dentro de la industria historietística. Cuando en 2001 se junta con Jean Dufaux para armar Djinn, ella se iba a convertir en una mujer que dibuja a otras mujeres, desde la mirada femenina de lo que realmente te moja o te pone duro en un género históricamente dominado por hombres. El resultado sería una serie muy larga que la pondría al nivel de los maestros del comic erótico europeo.

Mientras Serpieri, Manara o Crépax creaban historias para leer con una sola mano y que te pararan el pito, Miralles y Dufaux gestaban una intriga palaciega con espionaje y aventura, ejecuciones de poder y personajes tan carismáticos como despiadados. La historia se ganaba por sus propios méritos ser sentida y transpirada como algunos de los mejores polvos que hayas tenido en tu vida. Y que se entienda que no se trata de comparar dibujos o historias para ver cuál te da más ganas de coger, sino que se trata de que, en especial los hombres, entendamos que la diferencia está en el ángulo donde se pone el foco, y que ese otro lugar lo cambia todo: lo que se muestra, lo que se oculta, lo que se insinúa… termina encendiendo tu libido de una forma distinta donde lo evidente pasa a un segundo plano. Esta mirada femenina en el género es una apuesta que garpa mucho y en el corto plazo, donde el ambiente tiene el mismo protagonismo que los cuerpos. El campo de batalla es mucho más macro que la genitalidad, y las relaciones de dominante y dominado son el elemento que da sazón a este gran banquete.

Mi reino por un (buen) garche
Djinn te sumerge en la forma misteriosa pero directa (vale el oxímoron) en un nivel de sensualidad que me resulta difícil explicar de la misma manera que es difícil describir los micro-gestos de lo femenino al seducir. Hay un "algo más" que la palabra masculina puede tardar siglos en lograr captar. Y eso es magia y hechizo, o al menos, lo más parecido a ello en este mundo tangible.
Pero no sólo de climas vive una historia, y es ahí donde las locaciones y las dinámicas de poder vienen a poner su parte. Los cuerpos desnudos son meros artilugios para una escena envuelta en una situación, una habitación, una sauna o en el medio del desierto, pero donde lo que realmente importa es el quilombo que puede desatar en un imperio una pija mal puesta o una concha bien chupada. En nuestra historia el plato principal son el ambiente y las consecuencias, mientras que la genitalidad es apenas el acompañamiento.

Djinn nos cuenta dos historias entrelazadas: una protagonista es Jade, favorita del Sultán en el Estambul de 1912, donde sobran las tensiones geopolíticas previas a la Primera Guerra Mundial. Décadas después, su nieta Kim Nelson busca las huellas de su tierna abuelita en una ciudad que conserva los mismos códigos de poder bajo nuevas máscaras. Jade es la mujer que aprendió por las malas que con las armas más simples (pero usadas de la forma más sofisticada) puede tener a sus pies a un mundo para el cual ella quedó grande. Es mucho más que una femme fatale: es inteligente, sensual, leal, pero también despiadada, ambiciosa y determinada. No necesita la parafernalia machista para saber que un reino depende de un movimiento de sus caderas. Las dinámicas con el sultán son una delicia para observar y aprender, porque guionista y dibujante muestran el poder como lo que es: sexo vestido de política y penetraciones disfrazadas de manipulacion. Acá el garche + manipulación son como las milanesas + puré: nunca fallan, siempre están bien, y si le das a eso todos los días te morís de un bobazo… ¡pero qué muerte hermosa!
Kim, por su lado, es la energía puesta en movimiento, la juventud que todo se lo lleva puesto. Tiene cosas de Lois Lane (sin ser tan irritable) y uno empatiza fácilmente con ella y se preocupa por su bienestar, porque más allá de alguna aparición del "facherito y fortachón", tanto ella como los lectores sabemos que solo puede depender de sí misma al estar rodeada de hombres que, con contadas excepciones, son el espanto. Y todo eso sin el pecado de caer en un folleto de propaganda. Las cosas están ahí: si querés las agarrás y si no seguís de largo sin que se tropiece tu lectura.

Mirá… y aprendé
El dibujo y el color en Djinn no se suman, se multiplican. Con Rocío Miralles (su hermana) en el color logran que cada página respire con una paleta que va del luminoso al cálido, del opresivo al expansivo, según lo que la historia necesite. La atención al detalle es obsesiva con trajes otomanos documentados hasta el último bordado, una arquitectura espectacular de Estambul o paisajes africanos que te sofocan solo con mirarlos. Es cierto que esta vez sentamos a Dufaux en el asiento de copiloto, porque la que nos aporta el diferencial es claramente la española. El francés es un guionista harto documentado que siempre suma contexto sociopolítico tridimensional en sus historias, algo que acá te puede hacer ir a wikipediar más de una vez. Es un guion sólido, con harenes, sultanes y djinns con el código masculino tradicional, mientras que Miralles le da el salto de calidad al humanizar a las mujeres más allá del rol que les asignaba el guion. Aquí no son solo cuerpos, sino que son fuentes de deseo, centros de comando, cúspides del poder y casi que un think tank en sí mismas.

Mucho más que Tintín con tetas
¿Las escenas eróticas son necesarias para la trama? Mirá, si la trama es sobre poder y seducción en un harén otomano, el sexo ES la trama, el poder, la política y la oscuridad. Tratar de separar esas cosas es no querer entender de qué va la obra. Salgamos de esquemas de justificaciones moralistas en obras que nunca prometieron otra cosa que entretener, excitar y hacer pensar al mismo tiempo. Djinn hace las tres cosas sin pedir permiso y sin disculparse, y lo hace excelente. Te vas a dejar embriagar por una Jade que te atraviesa, te intoxica, te hace adicto, y al terminar cada página vas a pedir por favor la próxima dosis, aunque el único destino sea la gloria o el horror.

Djinn es, sobre todas las cosas, un regalo de lo femenino a lo masculino para entender con todos los sentidos una forma distinta de relacionarnos con un mundo que va más allá de clasificar porno con miles de tags. Y aunque los noticieros muestren bombardeos a civiles pero se asusten con una teta, el sexo es lo que nos da vida, es lo que nos da un propósito y también es uno de los motores del mundo, por más que lo escondan cada vez más. Esta historia es la prueba de que el sexo puede ser un condimento más de una buena historia, que divierte muchísimo al tiempo que conecta con sensaciones únicas.


