¿Porno con LSD? ¡No se diga más!
Pocas veces voy a volver a sentir lo que me pasó de pibe, en un kiosco de diarios y revistas de la República de Mataderos, cuando tuve frente a mí a la mujer más perfecta que mis ojos habían visto. Para un casi-adolescente casi-hetero era la fantasía perfecta: mujer latina, poca ropa, princesa guerrera y damisela en apuros. Fue la primera vez que me topaba con la apabullante calidad de dibujo de Paolo Eleuteri Serpieri (Venecia, Italia - 1944). Toda la hiper hormono-sexualización de espada y brujería ochentosa se fusionaba con la estética de voluptuosos cuerpos que llenaban los posters de los videoclubs de la época… Todo esto muy previo a las top models cocainómanas hiper delgadas de los ´90/´00.

El dibujo tenía ese "eye candy" de las tapas de Oscar Chichoni para la Fierro, pero sin el toque hermoso de cyberpunk (y casi body horror erótico) que de pendejo me generaba cierta incomodidad. Serpieri tenía el pulido de Frank Frazetta o la magia de Alex Ross pero con un objetivo muy claro: enamorarte, calentarte y fascinarte. Tener a Druuna delante mío era un "sueño húmedo" vívido, algo que se miraba con todo el cuerpo… La hipnosis fue instantánea, la adicción fue automática.
Los años pasaron, los comics pasaron, pero había un espacio en mí muy difícil de llenar. Después de mucho tiempo volví a disfrutar las ediciones grandotas y hermosas que sacó en tapa dura la editorial Lo Scarabeo. El deleite visual, el viaje nostálgico y la excitación, todo en simultáneo, fue maravilloso. Luego de ojearla en digital para… un trabajo práctico (?), la edición en papel le hacía por fin justicia a uno de los íconos eróticos más importantes de la cultura comiquera, coronando el recuerdo con una frase de Germán de Sector 2814: "Leer en digital es como tener una Playboy frente a vos, mientras que leer en físico es como poder tocar el cuerpo con tus manos" (se le atribuye la frase a Stan Lee, pero Germán me parece mucho más confiable que el viejo marvelita). ESO es lo que se siente cuando abrís Druuna por primera vez: una mezcla embriagante de "esto es un parque de diversiones” y de “no sé si voy a poder con tanto, todo junto".

Serpieri logra algo que pocas veces se ve en el género erotico y pornográfico (y no hablo de los comics únicamente): Uno no siente que "solo" esté leyendo un comic, sino más bien que está participando de una experiencia inmersiva, completa y compleja. En cada página la puesta en escena, los dibujos, los ángulos y cada detalle te exigen pasar minutos observando desde el trazo más fino del lápiz hasta la composición completa de la página.
¿Moralina yanki? ¡Liberación Euro-Latina!
Druuna nace en 1985, en pleno Reaganismo y Thatcherismo (dos hijes de puta, que reivindican los hijes de puta actuales), cuando la berretísima moral yanki-británica estaba a full y cualquier cosa que se desviara de la moral judeo-cristiana conservadora era combatida más fuerte que el COVID. En medio de ese páramo represivo, Paolo dibuja Morbus Gravis en 1985 para la revista francesa Charlie Mensuel, y de ahí salta a Métal Hurlant y Heavy Metal. El resultado: millones de ejemplares, decenas de idiomas, y un montón de adolescentes que escondían los tomos abajo del colchón. Y eso que ya teníamos a un Manara que mezclaba aventura tintinesca con perversiones, o a un Crépax que creaba dibujos que podrían estar en alguna galería de arte bien cheta. Pero el creador de Druuna era otra cosa: carnal, fotográfico, vívido. Presentó una forma de entender el cuerpo y el erotismo que no es anglosajona ni mojigata, sino directamente italiana y latina: pasión sin censura, sexualidad sin vergüenza.

Si todo se va la mierda… ¡aprovechemos!
Las historias tienen el espíritu de "el mundo conocido no existe más, el futuro es super trash, vamos a andar en pelotas, luchando por nuestra vida mientras buscamos qué comer y garchamos”, muy en la línea de las historias de finales de la Guerra Fría como “Hombre” de Antonio Segura y José Ortiz y “Bárbara” de Ricardo Barreiro y Juan Zanotto. Todos estos creadores vivieron el peligro de sufrir un invierno nuclear (en el mejor de los casos), así que no es casualidad que muchas historias compartan lo de “una tecnología militarista desbordó sus límites y voló todo por los aires”. Y de esas cosas que volaron fueron la moralina, la mojigatería y la doble moral estadounidense, reemplazadas por situaciones muy pasionales (en lo sexual y en lo violento) venidas desde Europa.
Toda la construcción de mundo es palpable, los elementos tranquilamente podrían haber salido de la cabeza Juan Giménez y si bien, como toda colección, tiene sus altibajos, Serpieri sabe cómo narrar una buena historia (péguense una vuelta por sus westerns como “Lakota” o “La india blanca”), pero sabe todavía más cómo explotarle la libido a los amantes del cuerpo femenino. Si conocés el nivel de calentura que manejaban las pelis de Tinto Brass, te digo que Druuna no le afloja en nada: La heroína no es una pobre mina garchada: es una mujer con todas las letras, que va al frente y que tiene la libido al nivel de cualquier Channing Tatum en un poster de Magic Mike (o Sergio Goycochea en una publicidad de Eyelit, para los que estamos más cerca de ser un viejo verde).

Las historias siguen siendo sólidas en un comic donde claramente el objetivo es calentarte, pero también te permiten divertirte y entretenerte sin tener que llevarte la mano a la entrepierna como único valor posible al leerlas.
¡Orgullo comiquero!
Contrario a leer algo choto de Garth Ennis (como Crossed), algo muy ido a la mierda como algunas historias que salían en la Verotika, o cosas puramente porno del maestro Francisco Solano López, está bueno el ejercicio de compartir con alguien no-comiquero la comparación con sus historias western para mostrar la capacidad del artista para moverse entre géneros, pero siempre en el mismo soporte. Es algo que te da orgullo mostrar, incluso a pesar de las tetas, los culos y las pijas.

Claro que Druuna es una hija de su época, a la cual se le puede rescatar mucho y criticar algunas pocas cosas. Fue escrita y dibujada por un hombre, para un público masculino, que buscaba una forma de ver sexualidad frente a una cultura mainstream que reprimía cualquier cosa que diera un poquito de pudor… El ejercicio de cancelación con obras no contemporáneas es como gastar saliva en criticar la violencia de los hombres de las cavernas. ¿La prota es una mujer sexualizada? Sí. ¿Está puesta en cada pose, con sus curvas perfectas, su piel soñada y su cuerpo despampanante para calentarte? Sí. ¿Apuntaba a un público femenino? (indistintamente si también las mujeres se calientan con la historieta) No. Entonces, ¿qué exigirle a un comic erótico, hecho hace casi de 40 años y pensado para calentar a los hombres de esa generación? ¿Un test de Bechdel? No jodamos.
Pasen, pasen… ¡pasen y vean!
Druuna es la puerta de entrada perfecta para embarcarse en las aguas de la historieta porno y erótica, ya sea para quien no conoce el género, no se anima, le parece una boludez o incluso para no-comiqueros que piensan que toda historieta es "Batman con el escudo del Capi, mientras Iron Man le da en la cabeza con el Martillo de Wonder Woman... y Superman baja gatitos de un árbol". Hay mucho más para ofrecer a todo el mundo. Es realmente una obra maestra de la historieta, hecha en un contexto específico, que sigue funcionando décadas después porque la calidad artística trasciende cualquier época. El comic es arte, el erotismo es arte, y Druuna demuestra que ambas cosas pueden convivir sin pedirle perdón a nadie.
La desnudez y la sexualidad, siempre entre adultos con consentimiento claro entre ellos, es algo para festejar, no para esconder.



