No tuve ese proceso de aprendizaje más reposado como algunos autores. Aprendí sobre la marcha. Empecé muy joven y avanzaba mediante la prueba de error-acierto. En el secundario hice dibujo técnico y en ese tiempo, asistí un par de años a un curso de pintura en unos centros públicos que en Hospitalet se conocen como Aulas de Cultura. Era la típica escuela para el barrio donde por un módico precio podías aprender a hacer cerámica, pintura, música… ese tipo de cosas. Cuando acabé ingresé en la Facultad de Bellas Artes pero no pasé del primer curso porque ya trabajaba para editoriales de comic. Así que se puede decir que soy completamente autodidacta.

Siempre viví en Hospitalet, aunque nací en Barcelona por pura logística, porque en 1966 las mujeres daban a luz en su casa o en el hospital más próximo. Los amigos que hice cuando tenía 14 años son los mismos que los de ahora y todos seguimos viviendo en el barrio, menos tres que están fuera. Supongo que esto es algo importante y me ha condicionado como autor. Me doy cuenta de que gran parte de las historias que he ido publicando a lo largo de estos años están estrechamente relacionadas con mi ciudad, con mi barrio, con mis amigos, familia... con el entorno más cercano. Supongo que esto me da una cierta seguridad a la hora de contar historias, por lo que todo es mucho más fácil y fluido. Podría decir que me siento arropado a la hora de escribir y dibujar sobre personas y hechos de mi ciudad.
También me gusta el género de misterio, el terror, el histórico… relatos que se salen un poco de lo autobiográfico. Por eso de vez en cuando hago una escapada, como Lo que el viento trae o Todo el Polvo del camino, con el guion de Wander Antunes. En ese grupo también está Un Oscuro Manto, ambientado en el Pirineo catalán, en 1884, y cuya protagonista es una Trementinaire, unas mujeres que recolectaban hierbas medicinales en las montañas de Lérida.

La época en El Víbora, la recuerdo con una sonrisa en la cara. Para mí fue una época estupenda, unos años muy enriquecedores, muy alegres, que viví como un sueño. Entré muy joven en la que para mí era la mejor revista del mundo y empecé a cobrar dinero por una actividad que me apasionaba. El tiempo de ocio y el trabajo era todo uno. Cuando estaba de fiesta, en excursiones o conciertos, siempre llevaba una libreta en la que iba apuntando lo que nos pasaba, cualquier anécdota que luego utilizaba para los guiones de El Víbora. En fin, estaba todo entremezclado de forma natural. Viví esos años como una auténtica fantasía. Y cuando cerró, si bien yo ya no publicaba de forma asidua porque había muchos autores y existía una especie de rotación, me dio pena, porque allí tenía un montón de recuerdos y también creo que hubiera podido adaptarse a los nuevos tiempos y tener mayor recorrido. Ya sé que a toro pasado es fácil decir lo que podría haber sido y lo que no, pero ahora que vivimos el auge de la extrema derecha en todo el mundo, la crisis económicas y tantas cosas, hubiera sido una revista muy vigente para plantear denuncias como se hacía en aquellos años.

Yo entré a El Víbora en 1987 y entonces estaba un poco alejado de aquella generación anterior, la del underground barcelonés de Nazario, Martí, Pons, Max y compañía... y también de la que vino después con otra serie de autores. Me encontraba en medio, con un pie aquí y otro allá pero no creo que fuera algo bueno o malo. Pero sí que me sentía parte de una revista que publicaba una serie de historias que me resultaban muy próximas, que habían tratado generaciones anteriores y luego lo harían las posteriores. Tenía la seguridad de que pertenecía a un proyecto totalmente distinto al resto, que éramos especiales.
A raíz del cierre de El Víbora empecé a buscar trabajo en el mercado franco-belga. Tenía un proyecto para hacer una historia de miedo, género que siempre me ha gustado mucho pero cuando lo intenté mover en España no hubo forma de sacarlo adelante porque entonces aquí el panorama estaba especialmente complicado y por eso acabé por presentarlo a los editores franceses. Y así fue como en 2007 empecé a colaborar con la editorial Dupuis hasta la actualidad, básicamente porque me siento bien pagado y bien tratado en el sentido de que me dejan hacer mi trabajo como quiero sin presión alguna, ni en cuanto a entregas ni en la temática. Jamás me han molestado con cambios en el guion, en el dibujo, en las portadas… En fin, todas esas pesadillas que hemos escuchado a tantos autores cuando cuentan que les están metiendo mano a su trabajo para que se adapte al mercado, como ellos quieren. Tuve la suerte de no haber pasado por eso, aunque en ocasiones tuve mis dudas porque algunos proyectos eran muy personales y estaban estrechamente vinculados a mi ciudad y a mi familia. Así que en ese sentido estoy encantado y mientras me sigan dejando trabajar a mi aire, ahí seguiré.
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No sabría muy bien cómo calificar mi estilo. Intento huir del realismo, que no me gusta demasiado, aunque si lo pide la historia puedo derivar un poco por ahí. Normalmente trabajo a medio camino entre el dibujo realista y caricaturesco. Me interesa que los personajes sean expresivos, aunque eso suponga hacer ciertas simplificaciones e incluso deformaciones en la construcción de sus rostros o expresiones, así que trato de ir siempre en esa línea y conseguir, sobre todo, que el color tenga una función narrativa importante. A mí lo que más me interesa es una narrativa que consiga hacer fluir la historia de una forma natural y retenga al lector de principio a fin. Pienso que mi estilo de dibujo está marcado por el guion. Para mí lo más importante es que haya una buena historia, que sea sólida, fácil e integradora. A partir de ahí, el dibujo es algo secundario que se debe adaptar a esa narrativa y a los personajes.



