La historieta frente al abismo de la locura
Uno de los debates más álgidos dentro de la comunidad comiquera, debido al auge de las películas de superhéroes, es el de las adaptaciones: si son fieles, si transmiten el mensaje original o si realmente valen la pena. A eso hoy se le suma un fuerte movimiento editorial que busca adaptar clásicos literarios a novela gráfica, lo que reaviva para mí el verdadero dilema: ¿cómo se traduce un lenguaje artístico a otro? ¿Es realmente lo más importante “calcar” momentos? Y, más aún, ¿es siquiera posible?

Cuando llegó a mis manos la versión de Las narraciones de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe realizada por Matías Muzzillo y El Chino de Pelo Crespo, y me encontré con una obra que no solo transmite las sensaciones tan particulares que buscaba Poe, sino que además dialoga con el original de una manera enriquecedora, pensé: “esto es una buena adaptación”. La historia sigue a Arthur Gordon Pym, un joven que se embarca clandestinamente en un viaje marítimo que pronto deriva en una espiral de horror, violencia y desesperación. Motines, naufragios, hambre extrema y territorios desconocidos convierten el relato en una aventura donde la exploración pierde todo romanticismo para transformarse en una experiencia profundamente inquietante. El trabajo visual de Muzzillo resulta clave para construir esa atmósfera: hay algo áspero y casi febril en sus páginas, una sensación constante de incomodidad que acompaña el descenso psicológico del protagonista. Las manchas negras, los contrastes y las composiciones caóticas no buscan ilustrar escenas concretas, sino capturar el clima opresivo y alucinatorio de Poe. Tanto en la novela como en esta adaptación, nunca terminamos de saber si lo que vemos es real o parte de la locura de Gordon Pym.

Y ahí es donde esta versión de la única novela que escribió Poe encuentra su mayor fortaleza. Porque más que una transcripción respetuosa del texto original, propone una reinterpretación consciente de las herramientas propias de la historieta. Los autores incluso aprovechan el carácter inconcluso del relato para construir una vuelta de tuerca metatextual muy inteligente, de esas que siguen resonando varios días después de terminar la obra y que no quiero adelantar demasiado, pero es justamente ahí donde está el punto perfecto de una buena adaptación.
¿Y si dejamos de idealizar la adolescencia?
En 2023 descubrí un anime que me llamó la atención por sus diseños hermosos y colores pasteles. Lo vi porque me encanta el shojo y pensé que iba a encontrarme con otra de esas historias que te dejan una sensación agradable y no mucho más. Pero Skip and Loafer terminó por ser bastante más que eso, así que rápidamente pasé al manga y desde entonces no dejé de seguirlo capítulo a capítulo.

La historia sigue a Mitsumi Iwakura, una chica brillante y extremadamente estructurada que deja su pequeño pueblo para asistir a una secundaria en Tokio. Convencida de que tiene un plan perfecto para triunfar académica y profesionalmente, pronto descubre que relacionarse con otros es bastante más complejo que aprobar exámenes. A su alrededor aparece un elenco que escapa constantemente de los estereotipos habituales del slice of life escolar: compañeros inseguros, contradictorios, algo perdidos y profundamente queribles. Entre ellos destaca Sousuke Shima, un chico popular cuya aparente despreocupación esconde una sensibilidad muy distinta de la imagen que proyecta. El manga construye así un relato coral donde el romance existe, sí, pero nunca eclipsa la exploración emocional de sus personajes.
Skip y Loafer tiene algo muy distinto y es la manera en la que entiende la adolescencia no como una etapa de grandes gestas emocionales, sino como una suma de pequeñas incomodidades cotidianas. Los personajes no son chatos ni estereotípicos, sino que constantemente están mostrando sus oscuridades sin caer nunca en la simplificación de sus personalidades. En un panorama saturado de romances escolares que exageran el drama o idealizan la juventud hasta volverla irreconocible, la obra de Misaki Takamatsu encuentra belleza en los silencios, en los malos entendidos mínimos y en la torpeza social de quienes todavía están aprendiendo quiénes son. Su gran virtud no pasa por reinventar el género, sino por observarlo con una sensibilidad distinta: más cálida, más humana y muchísimo más atenta a los detalles invisibles de los vínculos.

Por todo eso Skip y Loafer -que por algo es seinen y no shojo- deja una sensación tan especial. Porque entiende que crecer no siempre implica atravesar grandes tragedias, sino aprender a convivir con las propias rarezas y aceptar las de los demás. Es un manga profundamente amable, aunque nunca ingenuo. Y en tiempos donde muchas historias juveniles parecen obsesionadas con la intensidad, la obra pone el foco justamente en lo contrario: en la ternura de lo cotidiano.
Convivir con una misma
Hay una tendencia cada vez más marcada dentro de la historieta contemporánea a convertir la autobiografía en una especie de confesión brutalmente honesta. Pero para mí pocas obras recientes logran hacerlo con la sensibilidad, la incomodidad y la lucidez de It's Lonely at the Centre of the Earth. Lo que podría haber sido simplemente otro relato sobre ansiedad, depresión o bloqueo creativo termina por transformarse en algo mucho más complejo: una exploración descarnada sobre la percepción que construimos de nosotros mismos y sobre la imposibilidad de escapar de nuestra propia cabeza. Zoe Thorogood entiende perfectamente que narrarse a una misma nunca es un acto transparente; siempre implica deformar, exagerar, editar y hasta discutir con la propia imagen.

La obra sigue a una versión ficcionalizada de Thorogood durante seis meses particularmente difíciles de su vida, atravesados por problemas de salud mental, vínculos afectivos inestables y una profunda sensación de desconexión con el mundo. Más que construir una narrativa lineal, el libro avanza como un flujo de conciencia donde recuerdos, pensamientos intrusivos, inseguridades y momentos cotidianos se mezclan constantemente. La historieta se vuelve entonces menos una autobiografía clásica y más un intento desesperado de entender qué significa convivir con una misma. Ahí está uno de sus mayores aciertos, que no romantiza nunca el dolor ni intenta empatizar con golpes bajos, sino que muestra lo agotador, contradictorio y profundamente humano que es atravesar esos momentos.
En lo visual, creo que incluso esa gente que se queja de esta obra sabe que Thorogood despliega un virtuosismo impresionante. Cada recurso formal parece pensado para acompañar el estado emocional del relato: páginas saturadas de texto y dibujos que transmiten ansiedad, cambios abruptos de estilo, rupturas de la cuarta pared y versiones caricaturizadas de la propia autora que discuten entre sí. La historieta explota constantemente las posibilidades del medio para representar algo muy difícil de traducir en imágenes: el caos mental. Pero incluso en medio de esa fragmentación formal, el libro nunca pierde claridad emocional. Al contrario, cuanto más roto parece el relato, más íntimo se vuelve.

Lo que tiene de maravilloso este manifiesto desgarrador de Thorogood, así como las otras obras de las que hablé hoy, es que todas entienden que explorar la psicología de sus personajes no es un mero ejercicio introspectivo, sino una herramienta para acercarnos al otro. En esa narración de la soledad y de lo incómodo que todos llevamos dentro encontramos algo de solaz al poder compartirlo. Y es que muchas veces la ficción funciona justamente así: como la posibilidad de descubrir que incluso nuestros pensamientos más solitarios también existen en alguien más.


