Fui a la verdulería algo apurado: unos amigos estaban por llegar a comer y me había olvidado los huevos. Les había prometido unas milanesas a caballo como nunca en su vida y había olvidado el ingrediente más importante. Así que salí veloz y caminé las pocas cuadras que tenía de distancia. Esperé mi turno y pedí una docena de huevos. Cuando me los dieron, tuve una extraña sensación, como si algo me llamase la atención de modo particular.
Noté que estaban envueltos en un papel demasiado colorido para ser el típico diario a ser usado en estos menesteres, así que lo miré mejor. Vi claramente el dibujo de Batman, y al mirarlo mejor hasta me di cuenta que estaba dibujado por Neal Adams.
Para no parecer un freak importante, me hice el sota, pagué y me fui. Cuando llegué a casa, saqué los dos paquetes de la bolsa y, quitando los huevos, desplegué lo mejor que pude su envoltorio y lo miré estupefacto. Cada uno era una página de un comic de Batman, viejo, amarillento, como de los 70. Y era el trazo indiscutible de Neal Adams. En inglés, originales. Como si esto fuera poco, los dos envoltorios eran dos páginas consecutivas, la 16 y 17. No sé qué comic sería, pero me fascinó la idea de que en esta verdulería de bolivianos cercana a mi casa envolvieran los huevos con comics de Neal Adams de la década del ´70.
Así que no me importó la hora, ni los amigos que estaban viniendo, y volví a salir. Llevaba dobladas en el bolsillo las dos páginas, y pronto estuve de nuevo en la verdulería.
Había gente, pero no quise esperar. Así que me encaminé a quien me había atendido y le dije:
– Disculpame, ¿te puedo hacer una pregunta?
Me miró con ese desgano de ciertos verduleros a los que sólo les falta el cartelito en la frente de “Kill me now!”. Tomé su silencio por un sí y continué.
– Mirá, hace un rato compré una docena de huevos y me los dieron envueltos en esto…
Saqué las páginas del bolsillo y se las mostré. Si hubiera tenido en mis manos un ejemplar de la revista Caras con Rolo Puente haciendo bungee jumping, hubiera generado un poco más de interés en mi interlocutor. No se inmutó en lo más mínimo, y me miró con esa expresión que significa “¿Y?”.
– Es que esto es una historieta… rara, vieja, qué sé yo. No es común que se envuelvan huevos con estas cosas. ¿Le puedo preguntar de dónde la sacaron?
Ahí la cosa como que no terminó de encajar. Me miró como pensando “¿Qué carajo te importa?” e iba a pedirme que me fuese si no lo hubiera interrumpido alguien que salió del interior más oscuro del local.
– Señor… por acá, por favor -dijo una voz joven, áspera, apagada.
Miré por encima del hombro del vendedor y vi a un joven pequeño, de tez oscura, con grandes anteojos, que me hacía señas como de entrar un poco más. Miré a mi alrededor esperando encontrar expresiones de una fascinación increíble, pero sólo vi caras molestas porque no los atendían debido a mi extraña curiosidad.
Así que saludé, pedí permiso, y entré. Pasé a un cuarto chiquito, sucio, de tres por tres a lo sumo, donde había una silla y una mesa, entre cajones de verduras vacíos y rotos. En el ángulo en que la mesa se tocaba con la pared, había entre diez y quince maples de huevos. A su lado, una pila de la misma cantidad de cómics, pero en hojas sueltas. Tenían ese look retro de DC de los 70, como el que me había tocado a mi. En el piso, una pila de diarios también se amuchaba contra la pared.
El joven se sentó sin decir nada, tomó algunos huevos y una hoja de la pila de cómics y comenzó a envolverlos como si yo no estuviese allí. Sentía una extrañeza difícil de explicar, ¿qué era esto? ¿Dónde estaba? ¿Era una dimensión paralela donde los verduleros envolvían huevos con cómics de Neal Adams?
Iba a decir algo, cuando el joven comenzó a hablar.
– Seguramente se estará preguntando quién soy, qué hago, y lo más importante: por qué. No voy a aburrirlo con detalles insignificantes, ni historias dolorosas de mi vida presente. Solo le diré que eso que usted siente por estas historias, por este mundo de color y aventura, también yo lo siento. También yo me emociono con cada villano atrapado, con cada salto al vacío desde un rascacielos, con cada enfrentamiento con el Joker. ¿Pero sabe qué? Mi destino no está entre lápices, tintas ni colores. Mi destino no está entre los coleccionistas de grandes títulos. Mi destino no está en el mundo de la luz. Mi destino está dentro de estas cuatro paredes. Voy a vender papas… y voy a vender papas por el resto de mis días. ¿Se da cuenta lo frustrante de eso? ¿Se da cuenta lo nimio de mi porvenir?
Me quedé tan pasmado con este monólogo, que casi no respondí. Pero tuve una iluminación momentánea, una inspiración pasajera, y dije:
– ¿Pero por qué no? ¿Qué te impide leer y coleccionar más allá de lo que hagas para vivir?
Dejó a un lado su trabajo, giró su cuerpo y rostro y me dijo, con una extraña luz en los ojos:
– No entiende. Si yo sigo leyendo estas cosas, lo más probable es que no termine siendo un héroe precisamente…
– ¿Pero por qué tenés que ser un héroe o no? Leer no es algo que defina tu vida… podés coleccionar comics sin convertirte en Batman vos mismo…
– Sigue sin entender… yo no quiero convertirme en Batman. Yo no quiero ser un superhéroe. Yo quiero simplemente tener una vida en la que no tenga que trabajar 16 horas por día, con este olor, con esta poca luz, teniendo que levantarme a las 4 de la mañana, yendomé a dormir a las 11 de la noche. Usted no entiende… esto es de por vida.
– Pero nadie te obliga a hacer esto toda la vida…
– ¿Está seguro? -contestó con una lágrima incipiente. Me distraje un rato con estas historias, pero ya no. Me hace mal leerlas. Solían ser un bálsamo de maravilla, pero ya no puedo vivir en sueños. El contraste es demasiado fuerte…
¿Qué contestarle? ¿Qué agregar a esa sentencia tan apabullante? Me sentía emocionado y extrañado de todo aquello que estaba viviendo.
– Perdoná que pregunte, pero… ¿de dónde las sacaste?
– Un vecino me las regaló, eran de su hijo o algo así, que falleció. Sé hablar inglés, si es que se lo pregunta. Fui a la escuela unos años, pero desde hace un tiempo ya no me dejan. Tengo que trabajar…
En ese momento, volvió a dejarse ver el hombre que me había atendido antes. Dijo en un dialecto algo que no comprendí, pero que seguramente apuntaba a su descontento de que yo estuviese ahí, y de que mi interlocutor no estuviese trabajando.
– Lo mejor es que se vaya, amigo. Tengo que seguir envolviendo huevos…
No pude contestar. Tenía miles de argumentos para darle, para intentar sacarlo de aquella noción que creía errónea. Pero por alguna razón no pude decir nada.
Salí de allí y volví a casa. Durante toda la cena estuve pensativo, intentando comprender a aquel joven misterioso y casi irreal.
Años después, por esas casualidades de la vida, volví a pasar por allí. Me había mudado y no recordaba el barrio tanto como antes, pero mis pasos me llevaron allí casi sin saberlo y recordé aquella verdulería siniestra. Pero ya no estaba ahí: en su lugar había una zapatería.
Pensé qué habría sido de aquel joven triste, desilusionado de la vida, equivocado en su noción de qué significaba ser lector de cómics, o de cualquier cosa, y deseé que su destino hubiese mejorado de alguna manera.
No sé si mi deseo se habrá cumplido o no.


