Mundo Morrison

Críptica, simbólica y metafísica, The Mystery Play es, sin dudas, una pieza atípica en la trayectoria de Grant Morrison.

The Mystery Play

25/05/2021

| Por Javier Hildebrandt

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220px-The_Mystery_Play_coverAlrededor del Siglo V, en plena Edad Media, una de las formas que encuentra la Iglesia Católica para difundir las historias de la Biblia entre la población sin acceso a la lectura (prácticamente todo el mundo) es a través de representaciones muy elementales en las que se leen pasajes de los textos sagrados. Con el correr de los años, estas puestas crecen en producción, desarrollo dramático y cantidad de intérpretes, salen del interior de las iglesias para montarse en plazas y espacios públicos, y obtienen el nombre de “misterios” (que proviene del latín mysterium y podría traducirse como “ceremonia secreta”). Las piezas, con historias elegidas alrededor de momentos clave (la Creación, la expulsión del Paraíso, la Pasión de Cristo, el Juicio Final, entre otros) se vuelven muy populares y se expanden rápidamente por toda Europa, pero poco a poco empieza a reemplazarse el latín por otras lenguas (para una mejor comprensión), se amplían los temas a representar, y la propia Iglesia comienza a verlos con cierta sospecha, hasta llegar a prohibirlos en algunos lugares. Luego de la Reforma, en el siglo XV, los misterios tal como se los conoce ya se han extinguido, o bien derivan en otros tipos de representaciones religiosas.

267019_origJugando con esta doble interpretación del término “misterio” Grant Morrison y Jon J. Muth crean The Mystery Play, un comic de 76 páginas que se publica en Abril de 1994 bajo el sello Vertigo. Con un tono mucho más sobrio y “parco” que el de otros trabajos, el escocés se la juega aquí con un policial profundamente simbólico, críptico por momentos, en donde las representaciones y las apariencias que engañan juegan un papel fundamental.

Infierno grande

En el pequeño pueblo norteamericano de Townely, el alcalde Purves decide retomar la antigua tradición de los misterios religiosos con un nuevo ciclo de representaciones. Pero por otro lado, la joven cronista del Townely Guardian Annie Woolf –deseosa de alcanzar la “noticia bomba” que la eyecte del pasquín local a las grandes ligas del periodismo- sospecha que la celebración es sólo una fachada para ocultar los escándalos de corrupción que envuelven al funcionario, y quizás algunas cosas peores. Sin embargo, no habrá mucho tiempo para investigar: mientras sobre el escenario se representa el momento en el que Adán y Eva son expulsados del Paraíso, todos esperan que Dios haga su entrada, pero no aparece. Y poco después se descubre algo peor: que Dios está muerto. O, más bien, asesinado de un tiro en la espalda. El pecado se consuma tanto dentro como fuera del escenario.

ba9972de46ad34913b2b7f21b861e03cEn ese preciso instante hace su entrada en escena un extraño hombre de barba y sobretodo. Dice llamarse Frank Carpenter, ser detective de Manchester y haber llegado para investigar el caso de la “muerte de Dios” (que en realidad se llama Doc Bell). En una pesquisa poco convencional, el investigador se entrevista con las figuras relevantes de la comunidad de Townely: el alcalde, la periodista, el singular reverendo Tilley (cuya fe desaparecida le hace proferir frases como “somos animales estúpidos y asustados que rogamos a un cielo vacío”) y el principal sospechoso del crimen: Severs, el actor que interpreta a Satanás en la obra. Carpenter tiene una forma muy fragmentada de encarar la investigación, y a la vez está obsesionado con el orden, con encontrar mensajes ocultos en los detalles más minúsculos, y con un esquema deformado de la realidad que es necesario corregir para regresar todo a su sitio. Annie Woolf ve allí algo extraño, un posible pasado oscuro que el detective intenta dejar atrás. Y las cosas se complican aun más cuando el propio cadáver de Dios desaparece súbitamente de la morgue.

Palabra de Morrison

Bajo la estructura de un whodunnit, Morrison desarrolla una historia en donde las representaciones dentro de la historia (el “teatro dentro del teatro”) y el rol de cada uno de los intérpretes (el detective, la periodista, el alcalde, la víctima) juegan un doble papel, tanto en la trama como en un nivel simbólico, por momentos muy evidente. Todo, además, está teñido por la interpretación religiosa que puede hacerse de los hechos y personajes. Y quien espere una resolución al estilo del clásico policial de enigma se va a quedar con las ganas: el desenlace encierra tanto simbolismo e interpretaciones múltiples como el resto de la obra.

m-playQuizás las claves haya que buscarlas en lo que se conoce como “sistema de imágenes”, un recurso en el que se utilizan objetos y composiciones recurrentes para profundizar el sentido de la obra, y que Morrison ubica en un primer plano durante todo The Mystery Play. Una ruedita usada en los fuegos artificiales, un crucigrama resuelto de cualquier manera, una pequeña iglesia vacía como juego de minigolf, las propias figuras de Dios y el Diablo y, por sobre todas las cosas, la gabardina del detective, de la que nunca se desprende y que parece contener en sus pliegues los fantasmas de un pasado enfermo. El guionista enfatiza este aspecto con una cita a William Butler Yeats, el poeta y místico irlandés, en el final de “The apparitions”: “Quince apariciones he visto/ la peor, un abrigo en su colgador”. Imágenes que, en simultáneo, revelan y ocultan, ofrecen pistas y, a la vez, nuevas preguntas. Morrison elige el misterio también para la construcción de la historia y deja apenas entrever un sentido oculto detrás de cada escena.

Hay además durante todo el comic una atmósfera neblinosa que envuelve al pueblo de Townely, un clima enrarecido, un leve desenfoque de la realidad cotidiana que remite por momentos a la obra de David Lynch, más precisamente a los pasajes más oscuros de Twin Peaks. No es difícil imaginarse una banda sonora de Angelo Badalamenti que acompañe a la perfección la lectura de The Mystery Play.

c6e2f15c1ff442f84c9a2eb55291a0f6Y nada de todo esto sería posible sin la magia que imprime Jon J. Muth en el aspecto gráfico. De estilo realista, con toques impresionistas, el dibujante se decide por una puesta clásica, con una cierta teatralidad en los enfoques (otro guiño a la inspiración original), e integra a la perfección las referencias fotográficas a sus acuarelas. Pero también calcula el momento exacto en el que romper estos límites, brindarle a su dibujo vuelo, expresionismo y explosiones de color cuando la historia lo requiere. Si el comic no tuviese guion alguno, aún así sería un trabajo para admirar, y no por nada se lleva el premio Eisner al Mejor Dibujo en 1995.

The Mystery Play es, sin dudas, una pieza atípica en la trayectoria de Morrison, pero comparte con el resto de su obra la invitación a la relectura, el descubrimiento de facetas inesperadas, nuevas capas de sentido que resignifican la historia. Y ese clima de extrañeza que no puede faltar en ningún relato del escocés. Por todo esto y más es que Morrison y Muth tienen su lugar en el panteón de los grandes del comic y recibirán la devoción de miles de lectores, por los siglos de los siglos. Amén.

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