Descubrir el lenguaje del mundo
A esta altura quizás ya es hasta esperable que yo hable de historietas de fantasía heroica y, si tenemos en cuenta la salida de su anime, cómo podría no hablar entonces del manga de Atelier of Witch Hat. Y es que esta fue una de esas lecturas que me hicieron recordar por qué disfruto tanto de este género. En una época en la que abundan los mundos complejos y los sistemas de magia que necesitan demasiada explicación, Kamome Shirahama consigue construir algo que se siente familiar y novedoso al mismo tiempo. No porque reinvente el género, sino porque lo aborda con una sensibilidad que pone el foco en la curiosidad, el aprendizaje y la capacidad de maravillarse ante lo desconocido, así como de cuestionarse el mundo y las reglas que entre todos sostenemos.

La historia sigue a Coco, una nena fascinada por la magia que sueña con convertirse en bruja. En su mundo, sin embargo, la magia es un conocimiento reservado a unos pocos elegidos. Cuando descubre accidentalmente un secreto sobre cómo funciona realmente, provoca una tragedia que cambia su vida para siempre. A partir de ese momento comienza su aprendizaje bajo la tutela del mago Qifrey y, junto a otras tres pupilas, inicia un viaje que combina descubrimiento, amistad y peligros cada vez mayores, mientras en el fondo se va tejiendo una trama política cada vez más interesante.
Pero si hay algo que vuelve inolvidable a Atelier of Witch Hat es su faz gráfica. Shirahama demuestra un dominio extraordinario de la página, con ilustraciones llenas de detalles que invitan a detenerse y contemplarlas por horas. La arquitectura, los paisajes y los diseños de vestuario transmiten una sensación constante de cuento de hadas, mientras que los círculos mágicos y los hechizos poseen una belleza visual que convierte cada acto de magia en un espectáculo. Es uno de esos mangas en los que el dibujo no solo narra, sino que amplifica el asombro que quiere transmitir.

Atelier of Witch Hat es una obra que entiende que la magia no está únicamente en los hechizos, sino también en la mirada de quien descubre el mundo por primera vez. Con personajes tridimensionales (y a veces de moral dudosa), una trama política misteriosa que se cuestiona el poder y cómo lo repartimos, y un dibujo increíble, se ganó con justicia su lugar entre los mangas de fantasía más recomendados de este último tiempo.
Encontrar un lenguaje compartido
Otro de mis géneros favoritos es sin duda el romance y, a mi parecer, no está tan explorado en la historieta como debería. Sí, ya sé que existe toda una demografía del manga al respecto, pero me refiero a que faltan más relatos donde este tipo de trama sea incorporada de manera orgánica y no segregada como si no fuera algo que nos atraviesa a todos. Carta Blanca de Jordi Lafebre es un gran ejemplo entonces, ya que logra ofrecernos una historia de amor novedosa y conmovedora. Desde sus primeras páginas deja claro que no está interesada en contar cómo dos personas se enamoran, sino en explorar todo aquello que permanece cuando el tiempo, las decisiones y la vida se interponen entre ellas. El resultado es una obra profundamente romántica, pero también melancólica y consciente de los contratiempos de la vida.

La historia sigue la relación entre Ana y Zeno, dos personas que se amaron durante décadas sin llegar a compartir realmente una vida juntos. Lo más llamativo es que el relato está contado en orden inverso: comienza con ambos ya mayores y retrocede progresivamente hasta su juventud. A medida que avanzamos, en realidad vamos descubriendo el origen de una relación marcada por encuentros fugaces, cartas, promesas y oportunidades perdidas, que reconstruyen poco a poco todo lo que los unió.
Si el guion es ingenioso, el dibujo es una locura. Lafebre demuestra una enorme capacidad para narrar visualmente, aprovechando al máximo las posibilidades de la página. La composición de viñetas, los movimientos de los personajes y el uso del espacio transmiten emociones con una naturalidad admirable. Su estilo caricaturesco y expresivo aporta ligereza incluso a los momentos más emotivos, mientras que los colores cálidos refuerzan constantemente la sensación de estar recorriendo un álbum de recuerdos. Es una historieta que invita a detenerse en cada página para apreciar cómo forma y contenido trabajan juntos.

Carta Blanca es así una demostración de que todavía se pueden encontrar nuevas maneras de contar historias de amor y tocar temas universales. Su estructura podría haber sido un simple experimento formal, pero Lafebre la convierte en una herramienta para reflexionar sobre el amor, el paso del tiempo y las decisiones que moldean una vida. Si ustedes, como yo, están buscando más de este tipo de relatos, esta es una historieta que no se pueden perder.
Crear un lenguaje propio
Entre la infinidad de cosas bellas que una puede encontrar en la Feria del Libro, este año me topé con una que le ganaba a todas por goleada: la edición aniversario de Sereno de Luciano Vecchio, publicada por editorial Muchas Nueces a diez años de la salida de su edición original. Y la verdad es que si vamos a hablar de obras que abordan temas conocidos de maneras novedosas, tenemos que hablar de Sereno. A simple vista podría parecer una historia de superhéroes más, pero rápidamente queda claro que su interés está puesto en los personajes, en sus vínculos y en las dificultades de construir una identidad propia en un mundo que constantemente intenta imponernos sus expectativas.

Sereno surgió inicialmente como una historieta dentro del blog Tótem Comics, llevado adelante por Quique Alcatena y Fer Calvi; blog que se proponía -y esto es importante- publicar “historietas de superhéroes de autor”. En este marco, y dentro de una oleada de nueva historieta argentina, apareció esta obra que combinaba no solo un amor patente por la historieta superheroica norteamericana, sino también por otras formas de heroísmo, con influencias que incluían a figuras como Sailor Moon o Ben 10. El resultado es un héroe “de autor”, de esos que solo su creador podría idear, un joven portador de luz, que cuida a los habitantes de Nueva Teia de todo tipo de villanos y los enfrenta con su empatía y su luminosidad.
En el apartado gráfico encontramos todo el virtuosismo que Luciano desplegará en sus trabajos a lo largo de los años. Las escenas de acción poseen dinamismo y claridad narrativa, pero la misma habilidad aparece en los momentos más íntimos. Los personajes resultan expresivos y carismáticos, mientras que la puesta en página mantiene un ritmo ágil que hace que la lectura fluya con naturalidad. Además, el diseño visual del protagonista y el manejo del color contribuyen a darle personalidad propia a una obra que dialoga con las convenciones del género sin quedar atrapada en ellas. Como decía antes, hay una combinación de influencias que resultan muy propias de Vecchio y hacen explotar las posibilidades del relato que busca construir.

Sereno, a diez años de la primera vez que la leí, me sigue pareciendo una historia que funciona, que es necesaria e imperdible, porque se desarrolla tanto como una aventura superheroica entretenida como una historia de crecimiento personal. Luciano Vecchio toma elementos reconocibles y los utiliza para hablar sobre identidad, pertenencia y aceptación, y construir un relato accesible pero con suficiente profundidad emocional para dejar huella. Es una historieta que demuestra que el género de superhéroes todavía puede ofrecer miradas personales y sinceras cuando está en manos de autores con algo para decir.


