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Igort

La historieta italiana, que tiene detrás una historia gloriosa, hoy atraviesa una situación de pobreza intelectual. La historieta que se genera para nuestro mercado es mayoritariamente un producto regurgitado de la cultura de género norteamericana.
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Viernes 24 de julio, 2026

Verte influenciado por lo que te gusta me parece lo más normal del mundo. Alguien me dijo una vez "las cosas que te interesan hablan profundamente de vos". Y yo estoy de acuerdo. La influencia, tal como la entendemos en Occidente, no existe. Se trata solo de saber escuchar. Si algo nos gusta es porque nos toca una fibra íntima que ni siquiera conocíamos.

Yo creo ser un animal social. Cuando empecé a trabajar en historietas, a los 19 años, me fascinaban los grupos de las vanguardias históricas: los dadaistas, los surrealistas, los futuristas. Ahí me mudé de Cagliari a Bologna, donde había una escena del comic muy activa, donde convivíamos los aspirantes, los que queríamos empezar a publicar, con autores ya famosos. Enseguida me integré a un grupo de amigos. Todos teníamos en mente la experiencia de la Métal Hurlant en Francia, lo que había logrado hacer un grupito de autores que no eran tan conocidos pero sí muy amigos entre ellos, y por supuesto lo que había sucedido en Estados Unidos con la movida del underground. Yo nunca creí en el mito del artista único, puro, aislado. Me parece que esa es una mentira mediática. En Bologna me encontré con otros autores que me abrieron las puertas a su mundo, y que eran increíbles. Incluso habiendo publicado relativamente poco. Stefano Federici, mi vecino y amigo Giorgio Carpintieri, Luigi Bernardi (que ya entonces hacía las veces de coordinador, o "editor", como se dice ahora), Daniele Brolli, Massimo Iosa Ghini, Roberto Baldazzini, Vittorio Giardino... Más los que habían venido junto conmigo de Cagliari: Antonio Fara y Andrea Maimone. En un momento empezamos a frecuentar a Lorenzo Mattotti y nació una comunión artística, una solidaridad y una confluencia de miradas que terminó por cristalizarse en el Grupo Valvoline.

Muchas veces en mi carrera me tocó asumir la labor de editor, de mi propio trabajo y de mis compañeros. Francamente me hubiese gustado trabajar menos como editor, pero para eso hace falta que los editores hagan bien su trabajo, que es algo que en Italia no es tan frecuente. En general, se pone en marcha un mecanismo muy básico, que consiste en decir "¿esto no vende? La culpa es del autor, que no sabe comunicar". Esta historia la escuchamos mil veces. En Japón conocí a editores muy capaces. Tipos que se hacían cargo de la responsabilidad que significa intermediar entre los autores y el público. Tal vez por eso el comic funciona tan bien en Japón y conecta con un público tan amplio. Hoy, la tecnología nos permite un contacto mucho más directo con el público. Me sorprendo todos los días con el afecto y la intensidad que me transmiten mis lectores, a los que no puedo agradecerles lo suficiente. Por respeto a ellos, todos los días dedico un rato a leer y responder sus mensajes en mi sitio web y en las redes sociales.

La historieta italiana, que tiene detrás una historia gloriosa, hoy atraviesa una situación de pobreza intelectual. La historieta que se genera para nuestro mercado es mayoritariamente un producto regurgitado de la cultura de género norteamericana. Cada vez lo nuestro se distingue menos, cada vez es más una imitación. Esto es apenas una parte de una ola económica, que nos ha colonizado. Hoy no habría lugar en el mercado italiano para un grande como Guido Crepax, que le trajo una inyección de conciencia a la historieta, reformuló la forma de pensar la narrativa, e incluso el propio rol del tipo que trabaja de hacer historietas. El trabajo de los editores tendría que consistir en guiar la trayectoria de los relatos, crear líneas editoriales que capten la atención de distintos segmentos del público, y por ende, del mercado. Pero no le ponen la menor creatividad: muchos se limitan a aceptar o no aceptar un trabajo y llevarlo a la imprenta.

Al mudarme de Italia a Francia encontré la posibilidad de vivir realmente del trabajo de historietista. Con la dignidad que comporta un trabajo razonablemente bien pago. En Italia, o sos un dibujante serial, o sos un militante. No existe la posibilidad de vivir decorosamente dedicándote solo a contar historias. En Francia, por suerte, la historieta de autor es una realidad cultural e industrial sumamente respetable. En Estados Unidos publiqué bastante, por una cuestión de amistad. Me hice amigo de algunos autores a los que me encanta leer, con los que nos vemos un par de veces por año, se armó un vínculo muy intenso, muy lindo... y en las charlas se fue construyendo un mapa de editoriales que publican las historietas que nos gusta hacer y leer... y así tuve acceso a esas editoriales, donde por suerte le abrieron las puertas a mis trabajos. Tengo la suerte de ser amigo de la mayoría de los autores a los que admiro. Y es un afecto recíproco. El mundo de la historieta, tal vez porque el dinero que se maneja es escaso, es una especie de isla feliz. Por supuesto hay gente de mierda, como en todas partes, pero uno la esquiva como se esquiva un sorete cuando camina por la calle.

Yo me considero un autor que piensa. Una persona que tiene una idea más o menos clara de qué es la historieta. Y la distancia entre lo que yo creo que es la historieta y lo que vemos normalmente en las librerías y comiquerías es enorme. Por suerte, desde la editorial Coconino, publicamos unos cuantos títulos por año que sirven como puente entre una cosa y otra. Es, aunque más no sea, una voz que se alza para recordarnos que la historieta no es solo marketing masivo.