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NOTAS

Residencia Arcadia + Lo Social I: La Impunidad

Con la brillantez de las grandes metáforas, Daniel Cuello nos presenta una comunidad de jubilados en una sociedad que huele a dictadura militar.
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Martes 21 de julio, 2026

Invitados: Daniel Cuello, Roger Scruton, Corey Robin, Roberto Gargarella y otros amigos/as.

¿La paz es funcional al statu quo? ¿Quiénes son los responsables de los horrores impunes?

¿Qué pasa cuando lo legal ya no es legítimo? ¿El orden social nos protege o nos usa?

"La clase media tiene esa vocación de no saber, o de saber a medias, que es la forma más sofisticada de la complicidad. Se refugian en el orden para no tener que mirar el rastro de sangre que ese mismo orden deja en la vereda"
— Mario Benedetti

Cascos, uniformes, palos y violencia. La impunidad no es lo que ocurre cuando se aplaude el crimen, sino lo que pasa cuando la sociedad lo normaliza y lo reproduce. Puede formar parte de la constitución, de un sistema de justicia, o de un reglamento de copropiedad traído por alguien con cara de bueno y con el alma más sucia que una papa. La impunidad es el preservativo que encapsula el llanto de quienes han sido violados socialmente por un sistema que tiene siempre las espaldas cubiertas. No necesita monstruos, le alcanza un grupo de vecinos.

Residencia Arcadia, además de ser una novela gráfica increíble, es un gran termómetro para saber si algo en vos está vivo. Es una historia que nos va a quedar en la cabeza, de esas que te machacan con una impotencia que te quita el sueño, te genera bronca y ganas de romper, o incluso algo peor: la certeza de que los viejos hijos de puta de la ficción hoy son los jóvenes individualistas y soretes de las redes sociales. Eso es lo que hace Daniel Cuello en más de 170 páginas, donde a la tercera hoja ya te pone una sonrisa mientras te aprieta los genitales. No es Arrugas (aunque el tono te puede engañar), tampoco es El síndrome Guastavino (tiene menos mala leche y menos humor negro, aunque algo tiene), sin embargo es espectacularmente pesada en los días que le siguen a la lectura. Arranca como un tuco de domingo, cocinada a fuego lento, pero que dentro de la olla tiene una granada de espoleta retardada, y Cuello (argentino nacionalizado italiano, ¡mi país! ¡mi país!) sabe exactamente cuándo detonarte la cabeza.

La Residencia Arcadia no es solo un edificio. Es un país, o mejor dicho: Es cualquier país que haya conocido el sabor de la bota militar en el cuello y haya aprendido a llamarlo orden. Con la brillantez de las grandes metáforas nos presenta una comunidad de jubilados (no viejos decrépitos, sino gente que puede hacer mucho daño mientras scrollea en instagram), en una sociedad que huele a dictadura militar. Entre la cotidianeidad de las pequeñas miserias y las oscuridades del pasado de los personajes, se va gestando un clima muy espeso, donde todo nuestro elenco coral, tan distintos, tienen una sola cosa en común: que nada cambie. Pero los nuevos inquilinos, los outsiders, las otredades, van a poner a prueba quién vive y quién muere en este tumor maligno de concreto y vigas de acero.

“Eso no es un crimen, al menos ya no. Es por los decretos del mes pasado. Ahora pueden recorrer el país sin trabas.”
         Fragmento de “Residencia Arcadia”

El británico Roger Scruton se dedicó a decirnos que el conservadurismo no es una ideología, sino que es sabiduría acumulada, que hay que respetar lo que funciona antes de destruirlo por utopías de laboratorio. El problema de Scruton (además de pertenecer, como era de esperar, a la clase que nunca sufrió personalmente los efectos de ese orden) es que la memoria es un espejo que deforma, un pésimo consejero que encima sufre de alzheimer, y que olvida selectivamente los dolores y las invisibilidades de quienes no tuvieron voz en la construcción de esos viejos valores. Los personajes (especialmente el hijo de puta de Dimitri, y uno más que no quiero spoilear), así como los “viejos valores”, por algo están siendo dejados atrás. Esos valores que los gerontes quieren mantener vivos a fuego y sangre, por algo se volvieron obsoletos. Y ese "algo" tiene siempre el mismo nombre en cada generación: la rotación de la perspectiva sobre la moral y la ética vigente. Eso es Ettore, el único personaje joven, punk y rockanrolero, a quién toda la lucha de los vejetes le chupa los dos huevos, ida y vuelta.

Pero el verdadero horror que muestra Cuello no está en las viejas asustadas del mundo (como el hermoso personaje de Mirta), sino en los veteranos que nunca aceptarán cambios en situaciones que a ellos les altere el orden. Dimitri es un personaje riquísimo narrativamente, tremendamente complejo y absolutamente odiable. Tiene la melancolía de quien no puede generar otra cosa que no sea el horror. Incluso, cuanto más conocemos de él, más nos duele su habilidad de perjudicar al otro. Sus flashbacks intercalados en los momentos exactos en que bajamos la guardia, tienen la maestría necesaria para hacer que nosotros solitos metamos la cabeza en la guillotina de los sentimientos. Cada pieza en esta historia es como en un partido de ajedrez, donde lo que vemos en la primera página se resignifica 174 páginas después. Y duele.

El tema de esos viejos, incluso aquellos que nos podrían caer bien, es que el sistema les dio un traje de normalidad a esa violencia que debería ser anormal, y ellos lo usaron, con la tranquilidad de quien sabe que nadie va a pedirte pagar la cuenta de una barra libre de individualismo y amoralidad, donde el bartender es la impunidad.

“¡El país degenera a toda velocidad! Es una vergüenza. ¡No quiero tipos así viviendo en mi casa! Ojo, no quisiera parecer racista…”
         Fragmento de “Residencia Arcadia”

Estos “viejos meados” operan con el mecanismo del cobarde no-empático: “tengo un lugar de privilegio en una sociedad violenta, me da pánico convertirme en oprimido, entonces me transformo en opresor para no caer en la volteada”. Corey Robin desnuda algo que al conservadurismo lo avergüenza: este no nace del amor al orden, sino del terror a perder el privilegio de decidir quién sufre. Los vecinos de Arcadia no odian a los nuevos inquilinos (quien sea que sean, otra maestría del guion), les tienen muchísimo miedo, ya que amenazan su ilusión de control sobre el edificio, sobre sus propias vidas o sobre la narrativa de lo que fueron y lo que hicieron.

En este edificio los fantasmas del pasado no solo no terminan de morir, sino que siguen gobernando el presente como si tuvieran derecho y como si sus valores no hubieran sido ya juzgados y encontrados culpables por la Historia. La Residencia es un espacio donde el pasado dictatorial no fue procesado sino que fue retapizado, donde los que sobrevivieron a la purga son exactamente los que legitimaron en su momento el uso de la fuerza para obtener el orden (como si la violencia de Estado no fuera caos del más puro), y donde las generaciones que siguieron heredaron esa legitimación sin que nadie se la cuestionara.

El guionista sabe exactamente en qué momento estás más comprometido para golpearte con todo, incluso con los pajaritos que no cantan (eso que parece un chiste de mal gusto, tiene más jugo simbólico que 100 páginas de ensayo político), y no te va a dar la respuesta que querés porque la felicidad nunca se encontró confinada entre cuatro paredes. Porque el cambio real, si llega, no va a venir de quien espera que el sistema se lo habilite.

“El nuestro es un inmueble respetable. ¿No sería mejor que fueran… tal vez con gente que se les parezca?”
         Fragmento de “Residencia Arcadia”

Esta desoladora historia nos muestra el rechazo al diferente sin dibujar un solo diferente, explica una dictadura sin un solo manifiesto, y detalla el conservadurismo, la impunidad y el miedo sin nombrar una sola ideología. La impunidad no necesita del crimen, necesita de cómplices del silencio (gran película del mismo nombre por cierto).

Residencia Arcadia seguramente no sea ninguna verdad revelada, pero sí es una joya absoluta que te sigue martillando días después, cuando la ves en la realidad y te das cuenta de que Cuello no dibujó una ficción. Dibujó el edificio de al lado.