Para Cortázar, el color local es una nostalgia irónica. En uno de sus “poemas de Nairobi”, escribe lo siguiente al rememorar la patria perdida o abandonada: “Rechiflao en mi tristeza/ te evoco y veo que has sido/ en mi pobre vida paria/ una buena biblioteca”. En el final de esta parodia tanguera, el escritor menciona un tintero con el busto del emperador Cómodo que le viene a la memoria, lo cual le genera una reflexión a modo de comentario de los versos: “Me gusta cómo rehusé hundirme en la nostalgia de la tierra lejana; el recuerdo de mi tintero ayudó irónicamente. Cuando tenía veinte años, la evocación de un emperador romano me hubiera exigido un soneto-medallón o una elegía-estela: poesía de lujo como se practicaba en la Argentina de ese tiempo. Hoy, el ronroneo de un tango en la memoria me trae más imágenes que toda la historia de Gibbons”. La tensión entre la alta cultura y la cultura popular, entre lo extranjero y lo nacional, se hace presente en estas frases y se resuelve, según se ve, por el segundo componente de cada par. No hay que olvidar que ese poema es del año 1976 y no hay que olvidar tampoco lo politizado que estaba Cortázar entonces (o lo politizada que estaba su literatura, su escritura) y no hay que olvidar que vivía fuera del país. Jamás renunció a su identidad argentina (aunque era, en realidad, belga), ni siquiera cuando trató de abrazar esa segunda identidad casi inasible, la latinoamericana. En un artículo del desaparecido suplemento “Cultura y nación”, alguien decía que, por extraño que pareciera, los ingleses apreciaban más a Cortázar que a Borges, dado que este último les recordaba a sus propios escritores (De Quincey, Chesterton), mientras que aquel les resultaba exótico. El color local es, pues, en Cortázar, una forma de volver presente lo que está ausente, una forma de acercar el lado de acá al lado de allá y viceversa. Como Saer, y a diferencia de Bianciotti, nunca adoptó el francés como lengua literaria, a pesar de haberse radicado en Francia, sino que conservó ese rioplatense (afrancesado) que pulula en su obra, tan particular como un Parisienne y tan doux como un mate amargo, con esa forma tan argentina de contar a cada momento algo inexplicable como si fuera lo más normal del mundo, con esa manera tan nuestra que consiste en transformar algo muy sencillo como subir una escalera en una cosa terriblemente complicada pero maravillosa. Como Saer, reinterpretó la Odisea en un texto breve, “Circe”, y la reubicó en Almagro para mostrar (o demostrar) que un simple barrio puede contener todo el mundo (antiguo). Como Saer, se fue a París para poder construir una obra universal, es decir, localista y barrial. A diferencia de Saer, consideró que no estaba mal incluir la política directamente en las obras o directamente escribir sobre política. Y nos dejó, sobre el tema, no pocas cosas buenas, como en su colección Nicaragua tan violentamente dulce: “Por más crueles que puedan parecer mis palabras, digo una vez más que el exilio enriquece a quien mantiene los ojos abiertos y la guardia en alto. Volveremos a nuestras tierras siendo menos insulares, menos nacionalistas, menos egoístas; pero esa vuelta tenemos que ganarla desde ahora y la mejor manera es proyectarnos en obra, en contacto, y transmitir infatigablemente ese enriquecimiento interior que nos está dando la diáspora”. No está de más, entonces, rebuscar en sus libros algunos otros rasgos de este fantástico color local: “Casa tomada”, “Reunión”, “El otro cielo”, “Los venenos”, “Torito”, Rayuela, Historias de cronopios y de famas, Salvo el crepúsculo no decepcionarán, sans doute, al curioso, al incisivo lector.
«A mí no me asustan sombras
Ni bultos que se menean.»
Martín Fierro
Mitos argentinos
El mito está de moda: Buenos Aires es leyenda (de Barrantes y Coviello), Los mitos de la Historia Argentina (de Felipe Pigna), manuales, diccionarios, estudios y revistas sobre el tema que pululan en librerías lo confirman. El mito vuelve, siempre, porque esa es su naturaleza: no perecer, permanecer, transformarse. Y la historieta (que, como afirma Pablo De Santis, “es, más que cualquier otro género, un trabajo sobre el mito”) no se muestra indiferente a ese revival: en marzo de 2005 Perfíl –en su colección “45 Toneladas: Selección de Jóvenes Creadores”- nos sorprendió con la reedición de una de las mejores historietas de los años ’90, Mikilo, de Rafael Curci, Marcelo Basile y Tomás Coggiola.
Lo primero que cabe hacer es ampliar la afirmación de que Mikilo constituye un personaje “nacido en la mejor tradición del maestro Oesterheld”, que se lee en la presentación editorial de Perfil. Allí se mencionan el ambiente local, los personajes cotidianos aliados a seres fantásticos poderosos y un planteo nada maniqueísta del bien y del mal. Los otros ingredientes fundamentales de HGO están en la calidad de los dibujos que acompañan la calidad de los guiones, un punto de partida temático para los episodios (en este caso no objetos, sino los seres sobrenaturales que alimentan las leyendas) y una pareja protagónica que se complementa a la perfección: el héroe y su fiel compañero, necesarios tanto el uno como el otro para el surgimiento y el desarrollo de la aventura. Hija de la metáfora y del mito, la historieta Mikilo nos da a conocer y a querer a esos dos protagonistas singulares: el héroe homónimo, hijo del diablo, y su hermano, el antropólogo Adolfo Sosa, que van desfaciendo entuertos por las rutas y pueblos de una Argentina fantástica, de leyenda. Ambos protagonistas hacen carne la antítesis entre lo fantástico y lo realista, ya desde sus nombres (Mikilo, Adolfo Sosa), ya desde su naturaleza (un prodigio natural el primero, un antropólogo el segundo).
Por estas páginas desfila un bestiario más o menos conocido para el público: el Basilisco, la Salamanca, el Pujllay, Trauko, Purohueso, la Calchona, el Lobizón y otros seres de la mitología folklórica nacional (pero nada racional), sobre la que Curci se explaya en una sección de la historieta original. Que un uruguayo como Curci pueda escribir una de las mejores obras sobre cultura popular argentina no tiene que sorprendernos. También otros artistas de la Banda Oriental supieron interpretar como nadie nuestra idiosincrasia: Alberto Breccia y Horacio Quiroga. Borges decía que la condición de extranjero permite al artista un manejo más libre de la tradición de un lugar; y así como creía que la labor del escritor argentino consistía en apropiarse de la cultura occidental (básicamente europea), Curci se encarga de esa parte que Borges dejaba explícitamente de lado: la de las culturas autóctonas con sus leyendas de arcilla y barro, con sus monstruos de camposanto, con sus terrores de noche y fogón.
Esta fiesta teratológica peca solamente de un defecto, el de ser siempre real, dentro del verosímil planteado por la historia. Todos estos engendros existen y sobre eso no cabe la menor duda, no hay discusión. Ahí, en la falta de versiones diversas sobre los mitos, podemos encontrar la mayor debilidad de la serie, pues justamente las leyendas y mitos siempre presentan al menos una alternativa, al menos dos visiones diferentes sobre el mismo fenómeno. No hay que olvidar tampoco que todo mito y toda leyenda tienen una base real, son un intento por justificar algún hecho natural de difícil comprensión: tratan de explicar lo inexplicable. La defensa de esta postura por parte del guionista no está mal y se halla explicitada en la introducción y en una de las historias. En ese prefacio, Curci sostiene: “Sosa y su hermano andan por ahí a la espera de que sus historias se fijen algún día en el papel, en el derecho y la fuerza que debemos poner para que nuestros sueños no naufraguen y se hagan realidad”. Esa misma idea de que la fantasía (o el sueño) es mejor que la realidad se hace presente también en el final de la historia sobre el fantasma de Santos Vega (siempre más cerca del arpa que de la guitarra): cuando Sosa da una justificación razonable sobre la aparición de la luz mala como fuegos fatuos originados de emanaciones de fósforo y otros gases, Mikilo le responde: “Tu explicación científica suena latosa y no tiene el encanto que propone la leyenda, por eso no convence. La ciencia nunca a estar a la altura del mito porque carece de magia y espanta el misterio”. Curci, como Dolina, se encuentra del lado de los hombres sensibles y contra los refutadores de leyendas. Es una opción, y hay que respetarla. Pero no estaría mal que Sosa tuviera un poco más de ese espíritu negativo “a la Scully”, porque casi nunca vemos cuestionadas las apariciones fantasmales o extraordinarias y eso implica que las aventuras tengan una sola dimensión. Lo opuesto, pero igualmente unidimensional, ocurre con las peripecias de Nippur de Lagash, ya que nos topamos siempre con un evemerismo a ultranza en el que los mitos aparecen desarticulados por medio de explicaciones realistas: las sirenas son mujeres que cantan; el Minotauro; un brujo disfrazado; los Centauros, hombres de a caballo. La historieta de Robin Wood se resiente menos, de todas maneras, por no depender exclusivamente del mito como fundamento de sus argumentos, dado que el foco está puesto en otros aspectos del relato.
Más allá de eso, estos míticos sucesos argentinos fluyen por cauces envidiables: una puesta en página soberbia, un lenguaje sin retoricismos innecesarios, un sentido narrativo único para la aventura, vueltas de tuerca sencillas y, en algunos casos, dignas del Gran Morrison. Si, por lo dicho antes, el final de cada historia puede llegar a ser previsible, no lo es en cambio su desarrollo; y aunque sospechemos que sus protagonistas van a salir indemnes (aun muriendo), disfrutamos viendo los caminos que deben tomar para conseguirlo. El guionista de Mikilo sabe narrar las anécdotas por medio de historias: sabe hacer de lo estático algo dinámico, con el apoyo incondicional y lleno de condiciones de sus dibujantes. Dibujante él mismo, Curci sabe, en definitiva, narrar: volcar en una sucesión de acciones un tema, un símbolo, el núcleo duro de lo irreal. Esperemos que haya “curcilerías” para rato.


