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NOTAS

Babel

Allá por 2005, Deux publicaba, para alegría de todos, Babel. Los infinitos lenguajes de Alcatena, una suerte de sketchbook razonado y espiritualizado por pequeños textos sobre el arte de dibujar, a cargo de Quique Alcatena, el genial dibujante argentino.
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Jueves 27 de diciembre, 2007


Para Fontanarrosa, el color local es una convención, como el humor y el lenguaje. En una entrevista, el Negro admitía nunca haber ido al campo, a la Pampa, aunque ahí se ubica su obra cumbre historietística, Inodoro Pereyra, su poema telúrico, su representación del gaucho arquetípico, superado y superador del gaucho como ente nacional. Ese lugar, que es “el” lugar de la literatura argentina, le viene bien, dice, porque puede dibujar simplemente una raya, el horizonte, y resolver así sencillamente los fondos de la historieta. Increíblemente, vuelve al gaucho -figura representativa hasta cierto momento de la argentinidad, para ser luego negada- un argentino más, en un ida y vuelta que demuestra su grandeza artística. Poco a poco, Inodoro va dejando la parodia literaria del Martín Fierro y sus temas campestres para volverse un analista de lo que pasa en la actualidad, aunque sin explicitarlo: como a todo argentino, le gusta decir las cosas a medias, retaceando información. Sus otras parodias -Boogie, el aceitoso, Sperman- muestran a las claras que, como decía Borges, desde la periferia se puede manejar la tradición con soltura, y entonces Fontanarrosa puede parodiar perfectamente géneros norteamericanos como el policial negro y los superhéroes (o la literatura universal, como en Los clásicos según Fontanarrosa). Sus tres novelas y sus muchos libros de cuentos nos hablan también en nuestro idioma, el idioma de los argentinos, con muchas puteadas (como corresponde), con nuestros giros, con sutil verborragia, para demostrar que el diálogo no es solo norteamericano. En el genial “Maestras argentinas. Clara Dezcurra”, se divierte criticando el cosmopolitismo que reinaba en la época sarmientina, ese atroz encanto que ejercía lo francés (lo extranjero) en nosotros, y escribe como si fuera una maestra de la época de Rosas: “Ayer decidí cambiar el método que siempre utilizamos. Quise darle a mis chicos una alternativa diferente que los arrancara de la enseñanza rutinaria. Esta vez, en clase de Habla Hispana, dejé de lado nuestra clásica composición ‘Voyage autour de mon bureau’ (‘Viaje en derredor de mi pupitre’) y quise sorprenderlos con algo propio, conocido, cercano. Fue entonces cuando les propuse escribir sobre ‘La vaca’”. El humor, siempre, como marca de identidad (decimos “humor inglés” o contamos “chistes de gallegos” porque el humor sirve para identificar, para generar pertenencia; nada más argentino que contar chistes de gallegos, por ejemplo). Los diálogos en el bar rosarino El Cairo (ese antro que es ya su segundo hogar) son inolvidablemente nuestros, aunque seamos porteños o formoseños. Sus chistes de actualidad reflejan mejor que el mejor cuadro o artículo de costumbres nuestra forma de ser (argentinos). Sus cuentos futbolísticos o sus crónicas futboleras son argentos y mundiales a la vez. La mesa de los galanes, Los trenes matan a los autos, El mundo ha vivido equivocado, El área 18 y todos los demás libros de su autoría merecen un lugar de privilegio, forjado a fuerza de una producción y una calidad constantes, en nuestra Biblioteca Nacional, pero también en la de Egipto.

Dibujar el mundo, pensar el dibujo


Allá por 2005, Deux publicaba, para alegría de todos, Babel. Los infinitos lenguajes de Alcatena, una suerte de sketchbook razonado y espiritualizado por pequeños textos sobre el arte de dibujar, a cargo de Quique Alcatena, el genial dibujante argentino. Ya en el prólogo, Eduardo Mazzitelli nos advertía que “las posibilidades creativas en la Historieta son inagotables; si alguien duda de esta afirmación debería recorrer el trabajo de Quique Alcatena”. Al pasar las páginas de la cuidadísima edición de Deux, en efecto, no nos queda más remedio que darle la razón.


Tanto se ha dicho ya sobre el trazo de Alcatena que sobran las palabras, como parecen sobrar a veces al leer sus historietas, no por que les falte calidad, sino porque sus dibujos son a la vez ilustraciones con mayúsculas (valga la paradoja) y narraciones en sí mismas. La fuerza de las imágenes alcatenianas o alcatenescas es siempre visual y narrativa, y un escritor verborrágico como Robin Wood supo captarlo a la perfección cuando le escribió, con las palabras justas, esa maravilla que es Merlín. No casualmente la selección de páginas y viñetas está presentada con los globos y cuadros de texto en un purísimo blanco, que contrasta con los cargadísimos negros de la tinta de Alcatena.

El propio artista, en el momento de escribir, rehúye las explicaciones sobre su arte y, en sus “Apuntes” (como llama a estos siete textos que configuran una suerte de arte poética o arte gráfica), se dedica a explayarse acerca de sus influencias en el campo del dibujo. Una explicación, al fin y al cabo, pero hecha con sutileza. Así, nos encontramos en este viaje con los señeros (señores) nombres de Hokusai, Gustave Doré, Kay Nielsen. Dedica, además, un apartado a hablar sobre realismo y naturalismo (sobre ese concepto clave que es el de “representación”) y sobre la importancia del Renacimiento y la revolución de las vanguardias.


Cuando nos habla de monstruos, por ejemplo, Alcatena nos habla al mismo tiempo, sin decirlo, de la belleza. En su horror, grotesco en esencia y casi por definición, hay un trazo sutil que parece contradecirlo pero que, en realidad, lo enriquece. Es difícil trazar la línea entre lo que es juego y dónde empieza el peligro. Como la mayoría de los grandes artistas, ningún estilo le resulta extraño, todo le resulta familiar. “Nada de la mano me es ajeno”, parece decirnos.


Su recorrido no deja de lado tampoco las referencias literarias (quien lo haya oído en alguna conferencia no habrá podido dejar de notar su cultura libresca) ni, por supuesto, las historietísticas. A ellas dedica significativamente el último apartado, en el que rescata la llamada “Edad de Plata” del cómic americano, con un texto maravillosamente escrito (como todos los otros, dicho sea de paso): un texto emotivo y reflexivo que cierra con justeza una obra hecha para leer y releer y mirar y remirar.