El cielo de Baradero amagó desde temprano, pero nadie parecía dispuesto a correrse. Doce años después de su primera edición, el Rock en Baradero volvió a demostrar por qué sigue siendo uno de los bastiones más firmes del rock nacional. Entradas agotadas, un predio colmado y una primera jornada que se vivió con intensidad de principio a fin.
Desde la tarde, el ritual fue el de siempre pero renovado. Remeras negras, banderas improvisadas y una marea que crecía escenario tras escenario. El line up funcionó como una radiografía del presente del género: convivieron nombres consagrados con nuevas camadas que ya pisan fuerte. Sobre el escenario pasaron bandas como Autos Robados, Camionero, Las Pelotas y Guasones, entre otras, sosteniendo una energía que nunca bajó.
Hubo momentos para el pogo descontrolado y otros para cantar con los ojos cerrados. La diversidad sonora fue parte del encanto, del rock más crudo a las mezclas con pop, funk y hasta guiños urbanos, el festival volvió a apostar por una escena amplia, sin purismos, donde lo importante sigue siendo la conexión con el público.
A medida que caía la noche, la convocatoria se volvía cada vez más imponente. El predio explotado, sin un centímetro libre, era la prueba más clara de que el rock argentino no sólo resiste, sino que se reinventa. Y cuando parecía que la jornada no podía escalar más, llegó el cierre.
Un cierre épico bajo la lluvia
La lluvia irrumpió como un elemento inesperado pero perfecto. Lejos de dispersar, terminó de sellar la épica, cuerpos empapados, zapatillas hundidas en el barro y miles de personas cantando igual, como si nada. El show final con Kapanga, una banda que supo capitalizar ese clima, transformó el aguacero en parte del espectáculo.
Así, entre truenos lejanos y guitarras al frente, el primer día de Rock en Baradero cerró como empezó, con la sensación de que, más allá de modas o crisis, hay algo en el rock nacional que sigue latiendo fuerte. Y que, al menos por una noche más, encontró en Baradero su casa.
