Samuel & Rebeca reloaded
De Efraim Kishom a Norman Erlich pasando por Jerry Seinfeld y Woody Allen, el humor judío es uno de los mejores de todos y, fundamentalmente, para todos. Reirse (con otro y no de otro, según la famosa frase) es comprender, es compartir códigos, es incluir al otro. Es casi una ley que el humor judío esté hecho por judíos y que esté dirigido a todo el mundo. Ya Seinfeld se quejaba, en un célebre episodio, de un dentista que se había convertido al judaísmo para poder contar chistes de judíos porque se le había agotado su repertorio y no quería ser tildado de antisemita (y el pobre Jerry, por su odio al dentista, terminará siendo acusado de “antidentita” por Kramer); Capusotto, con su “Kosher Waters”, quizás sea la excepción a esa regla tácita de humor de pertenencia. Pablo Tajer y Daniel Sacroisky, autores de las tiras de Reírse es kosher, tematizarán también esta cuestión y muchas otras que apuntan a pintar la colectividad en la Argentina, desde las raíces de su cultura, con mucho color local bien entendido y con mucha ironía y ganas de molestar, nuevamente bien entendidas, algo que vienen haciendo desde 2006 en www.reirseeskosher.com.ar. Y pasa ahora, por fin, de la web al papel (al igual que otras tiras como Bajo presupuesto o El hombre invisible) en una edición de altísima calidad (Sudamericana, 2009) que incluye además un “Glosario Moishe-Castellano” con los conceptos o giros que salpican aquí y allá esta tira que no abusa, de todos modos, de las referencias internas. Humor local que llega a lo universal y que se vuelve, por eso, tranquilamente disfrutable (y traducible).
Sombreros y trenzas
La tira suele tener el formato clásico rectangular de cuatro o cinco viñetas, pero a veces esa misma forma puede carecer de divisiones o extenderse a dos, convertirse en un panel de humor (con aspecto de tarjeta navideña, por ejemplo) u ocupar el remate una página entera después de ser desarrollado el chiste en tres cuadritos. Esta variedad tiene que ver, en parte, con el hecho de que Reírse es kosher no tiene personajes fijos, aunque sí un elenco que va y viene por las tiras y que va (y viene) generando reconocimiento en el lector por la fuerza icónica del dibujo. El dibujo, hay que decirlo, puede parecer esquemático con sus personajes siempre mostrados de frente, pero eso tiene su razón de ser en que la tira se burla, precisamente, de los estereotipos. ¿Y qué mejor que reflejarlos de manera esquemática para denunciar su esquematismo? Además, las caricaturas que aparecen (Madonna, Sebastián Wainraich, Luis Chitarroni, Tomás Abraham, Quico) son realmente muy logradas. Dibujar bien, ya lo dijimos, no es (solamente) dibujar como Manara: es poder contar con la imagen aquello que uno quiere mostrar, con personajes reconocibles y distinguibles entre sí y con sentido del timing: y el mejor ejemplo de esto quizás esté en Reírse es kosher o, por qué no, en las tiras de Gustavo Sala, que dibuja cualquier locura con autoridad descomunal con su “deforme” estilo.
La cole
Uno de los grandes hallazgos de los autores consiste en la diversidad de personajes que han sabido tomar e incluir (o integrar) en la tira. Integración es una palabra un poco abusada por los estudios multiculturales tan en boga en la actualidad, pero sin duda de suma importancia en un país como el nuestro que, aunque se cree muy progre, tarda demasiado en incorporar una visión pluralista del mundo y sigue repitiendo clichés del pasado, además de deberse un poco de justicia (remember casos AMIA y Embajada de Israel).
Hay un fuerte componente de crítica en la perspectiva de Tajer y Sacroisky para retratar el mundo que les tocó en suerte, que tiene en cuenta las diferentes generaciones que lo componen, y desfilan entonces por la tira las diversas franjas etarias, desde la Bobe hasta los nietos de la Bobe, aunque la juventud es el grupo en el que prefieren asentarse, quizás porque es lo que más conocen (y entonces debemos pensar que Reírse es kosher tiene un fuerte componente autobiográfico, tan caro a la historieta argentina de los últimos años y que ha dado muy buenos productos artísticos). Nos vamos encontrando, así, con Diego, el pibe que de judío sólo tiene el apellido, con el rasta que por usar gorrito y rulos jamaiquinos se parece mucho a un ortodoxo, los ortodoxos que deciden qué es kosher o no, el dúo de humor “David y el otro” en el Chiste de Salón (una suerte de reescritura de la pareja de humor ironí Pedro & Rael del gran Daniel Paz) y la genial Bobe que, con su amiga, representa a la tercera edad, más aferrada a las costumbres, además de clásicos bíblicos como Moisés o Noé y de personajes conocidos que pertenecen a la cole (Suar, Sofovich).
¿Volveré a mi tierra?
Tajer y Sacroisky encuentran en el mundo que los rodea una fuente de inspiración que, por antigua, ofrece un repertorio de temas y de tratamientos de ese tema, pero su trabajo fundamental consiste en salirse de esa herencia para verla con ojos de siglo nuevo. Las temáticas abarcan casi todo: la cuestión del ahorro (un clásico en el humor judío), las relaciones entre chicos y chicas de la cole y con otros chicos y chicas que no pertenecen a ella, la religión, los viajes gratis a Israel para conocer más la cultura, la endogamia, los grupos y los clubes, las festividades, los casamientos, la comida, la vestimenta ortodoxa, la circuncisión. La discriminación, en este caso conocida como antisemitismo, también es tratada en la tira, y basten dos ejemplos para ver un poco hasta dónde llega el ingenio y la concepción del humor de los dos autores. En una, Miguel acusa a la empleada doméstica de robarse un candelabro, le grita ‘punga’ a un chico de tez morena que cruza la calle y se asquea al ver una pareja gay, y al final leemos: “Miguel, el amigo judío de todos los que dicen ‘yo tengo un amigo judío’”. En otra, los chicos del equipo de fútbol de Hacoaj se cansan de gritarles cosas ofensivas a los de un equipo chino (“volvé al súper, chino sucio” o “limpiame la ropa, tintorero”), hasta que uno contesta: “¿Qué te pasa, ruso?”, y entonces la horda se enfurece y prende antorchas al grito de “¡Mátenlo! ¡Antisemita!” (que es el remate también de otra tira, como para mostrar que la intolerancia puede estar a flor de piel en cualquier persona). Puntos de vista diversos y rica ambigüedad (como quería Borges, amante de la cultura judía) para tocar un tema espinoso, pero que son apenas un botón de muestra de la frescura y del enfoque plural y (auto)crítico de Reírse es kosher.
El humor, si está hecho con inteligencia y amplitud, puede ayudar a hacer del mundo un lugar mejor. Reírse es kosher nos deja una sonrisa y ganas de pensar en muchas cosas, como es de esperar del humor, proceda de donde proceda.
Hernán Martignone es coautor, junto con Mariano Prunes, del libro Historietas a diario. Las tiras cómicas argentinas de Mafalda a nuestros días (Libraria, 2008).


