2012 no fue un año cualquiera en la vida profesional de Jonathan Hickman: terminaba su aclamada etapa en Fantastic Four y Secret Warriors, y comenzaban sus Avengers. Consagrado tanto en el ámbito independiente como en el más mainstream, podía hacer lo que quisiera, y decide comenzar una serie nueva en Image con dos elementos novedosos: una serie extensa (o al menos más de lo que solía escribir fuera de Marvel) y con altas dosis de humor; no parece casual que la trama elegida calce perfectamente con estos dos elementos, respecto a qué nueva vuelta de tuerca loca nos ofrece el autor en cada número.

The Manhattan Projects parte de la siguiente idea: el proyecto que unificó los trabajos con la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial en realidad se usó para cubrir experimentos vinculados a viajes interdimensionales o contactos con razas alienígenas. Liderados por el general Leslie Groves, el grupo integrado por científicos muy distintos que incluye a Albert Einstein, Joseph Oppenheimer o Enrico Fermi exteriorizará su inventiva y ambiciones sin importar los aspectos morales y humanos. Este elemento será clave durante la historia: ellos van a funcionar como un grupo cerrado a situaciones externas, sea sociales o políticas, y en ese aislamiento es que generan su propia lógica moral; en ese sentido, cualquier intrusión es tomada como un ataque y una privación de sus derechos, incluido el propio gobierno norteamericano.
Hickman no es original en esto, porque ya sabemos que Estados Unidos cometió atrocidades durante la guerra y la posguerra, como tener campos de concentración para japoneses o la inclusión de científicos nazis; en todo caso lo interesante es darle a eso una lógica propia, trasladar ese mundo a uno irreal pero reconocible y posible a la vez que nos haga pensar y a la vez divertirnos. En ese sentido, no es correcto suponer que la gracia de la historia esté en “a ver qué nueva ridiculez se le pasa por la cabeza al autor”, sino en la no limitación e incluso abandono de ciertas lógicas históricas para hacer algo interesante, con valor propio, que no sea una especie de comic biográfico insulso que parezca más una checklist de Wikipedia a algo con personalidad propia. Esto es lo que muchas veces me molesta de películas que abordan la vida de figuras: que no se animan a apartarse de los hechos documentados para darnos algo distinto que no sea una serie de obviedades ya conocidas del protagonista, y es por eso que valoro tanto Inglourious Basterds (Quentin Tarantino, 2009) y su reinterpretación del destino de Hitler.

Volvamos al comic en cuestión. Hickman utiliza de nuevo el recurso del flashback para sorprender con revelaciones de los personajes o para ampliar alguna idea presentada; y con su maestría habitual el lector nunca se pierde en la maraña de situaciones y saltos temporales, sino que va integrando la información de forma natural para ampliar la visión narrativa y de construcción de mundos. En este caso, además resulta ideal ante la cantidad de situaciones extrañas en las que se sitúa a personajes que existen en el mundo real; ninguno de ellos, en esta alteración que hace Hickman, es tal cual lo conocemos: todos tienen una vuelta particular. Hacer eso obliga a una explicación que recorre su pasado más lejano o inmediato (depende del caso) con algún acontecimiento que justifique su presente (la cantidad de personalidades de Oppenheimer o cierta obsesión en Einstein, por dar un par de ejemplos).
De a poco, los personajes se van a separar en pequeños grupos para reunirse todos solo en situaciones especiales (como si fueran los Avengers o la Justice League), y ahí, con tramas que se bifurcan y amplían en cada número, de nuevo se aprecia la maestría de Hickman para que eso se mantenga super-entendible para el lector; los viejos conflictos del comienzo van a quedar de lado para generar nuevos y algunos personajes van a asumir nuevos roles. Es difícil decir si la trama avanza en un sentido tradicional, e incluso si tiene un final propiamente dicho, o simplemente Hickman abandona la historia. En todo caso, podemos pensar bien si hay una historia o si siempre fue una trama derivada en varias con el hilo común de los proyectos Manhattan.

El último arco es una miniserie llamada The Sun Beyond the Stars, protagonizada por Yuri Gagarin, quien recorre las galaxias en búsqueda de la perra Laika. Es una historia que parece descolgada de lo que era hasta ese punto la serie, y sin embargo no, de acuerdo a lo que escribía antes. Gagarin formaba parte del elenco estable de la serie y, al igual que los otros personajes, termina con un arco propio aunque la confusión puede estar en que tiene su propio título. Funciona muy bien como historia: es divertida y emotiva a la vez, además de permitir conocer personajes nuevos y medio bizarros. No así como cierre de toda la serie porque se ve descolgada de todo lo previo. En ningún momento he leído declaraciones de Hickman de continuar algo de esto, así que podríamos considerar esto como un final. Y en el caso de que no, y ver el último número que lleva como título del comic solo “The Manhattan Projects”, tampoco. Como escribí antes, más que terminarlo, parece que el autor lo abandonó.

Quiero dedicar unas palabras a la excelente labor de Nick Pitarra en el dibujo, no solo por ese estilo exagerado aunque de trazo fino, casi caricaturesco, diría, que tanto recuerda a Geof Darrow o Frank Quitely, sino por la claridad narrativa, que ayuda mucho a entender las locuras de Hickman. Todo esto con el trabajo de la mítica Jordie Bellaire con esos colores que tan importantes resultan para conocer a algunos personajes o ubicarnos bien en algún lugar físico determinado.
En definitiva, un comic sumamente divertido con la complejidad justa para no sentir que estamos leyendo una estupidez, pero a la vez para no perderse en todo lo que pasa, con un guionista que ya dominaba a la perfección su trabajo y un dibujante a la altura y que, a diferencia de muchos otros, no falta nunca a la cita.



