La primera vez en mi vida que dejé mi Japón natal fue en 1991, para asistir al Festival de Angoulême. De aquel viaje tengo excelentes recuerdos, porque por fin entré en contacto directo con esa historieta a la que yo tanto admiraba y a la que sólo había tenido acceso a través de los álbumes que encontraba en la spocas librerías de Tokyo que traían libros importados. Había que tener suerte para encontrarlos, y para pagarlos, porque para alguien que todavía trabajaba como asistente, resultaban carísmos. Llegar a Angoulême y encontrarme cara a cara con autores excepcionales como Moebius y Jodorowsky, para mí fue un sueño.
Al principio, no tenía idea de por qué me invitaban al festival. El organizador francés que nos había contactado a mí y a otros dos autores japoneses, Buichi Terasawa y Masahi Tanaka, me explicó que me invitaban porque para ellos, mi trabajo tenía ciertas similitudes con la historieta europea. En aquel entonces yo no tenía ningún libro publicado en Europa, con lo cual durante los días del festival no tuve ninguna obligación real, no tuve que ajustarme a ningún compromiso con ninguna editorial y pude disfrutar del evento con total libertad. La pasé tan bien y conocí a tantos artistas a los que admiraba, que me dije a mí mismo “cosas como esta hacen que toda la vida valga la pena, que tenga sentido el hecho de haberme convertido en mangaka”. Además, pude descubrir a una enormidad de autores a los que no conocía y, evidentemente, volverme con una montaña de libros. No tantos como me hubiese gustado, pero bueno, no estuvo mal.
Y por supuesto, esa experiencia reforzó mucho mi interés por la historieta francesa y su influencia sobre mi trabajo como autor de manga. A partir de ese momento mis libros comenzaron a traducirse regularmente al francés, y se multiplicaron mis contactos con editores extranjeros. Aún así, mi forma de trabajo cotidiano no cambió, seguí adelante con mi producción para las revistas japonesas.
Pasaron más de 20 años y hasta el día de hoy, muchos lectores europeos siguen mis trabajos con una fidelidad y un interés que a mí me asombra. Es una situación que nunca me pude haber imaginado y que no tengo elementos para explicar. Lo único que puedo decir al respecto es que en mis mangas sin dudas se nota mi amor por la historieta occidental y que quizás sea eso lo que le resulta interesante al público europeo que se acerca a mi trabajo.
Gracias a los grandes artistas del comic europeo, aprendí que es posible ajustar el trabajo a cada caso. Dibujar de modo diferente, elegir las técnicas que mejor se adaptan al tema que uno se propone abordar. Los colegas a los que más admiro son Moebius, François Schuiten, Enki Bilal, Lorenzo Mattotti, De Crecy y Jacques de Loustal. Pero podría nombrar a muchos más.
En cuanto al manga, de chico leía muchísimo, y creo que lo que más me influyó fue la revista GARO, a la que leía con pasión en mi época como asistente. Era una revista que presentaba mangas de una gran originalidad, que mostraban hasta qué punto el universo del manga podía ser vasto, creativo, tanto en cuanto a las temáticas a tratar como en la estética de los dibujos. Cito muy especialmente a Yoshiharu Tsuge y a Shinji Nagashima, cuyo dibujo me impresionó muchísimo. Y por supuesto, los clásicos: Osamu Tezuka, Takao Saitô, Shôtarô Ishimori…
Las diferencias entre las obras de estos mangakas y las de los autores occidentales son muchas. La principal, me parece, es que el manga trabaja la idea esencialmente en torno al personaje, algo que no veo en la historieta francesa, por ejemplo. Otra diferencia es el ritmo: el manga se basa en la velocidad de la lectura, mientras que la historieta occidental le exige al lector que se detenga a observar un montón de detalles. A nivel del entretenimiento, creo que en líneas generales el manga tiene la ventaja. Hay más diversión, más juego. Las pocas historietas que se acercan a eso son obras muy personales, de autores muy puntuales. En general, en Occidente los guiones son más difíciles de seguir que en los mangas, y los dibujos generalmente tienen más fuerza.
La respuesta del público frente a mi trabajo también es distinta. En Japón, por ejemplo, mi base de lectores se amplió mucho gracias a El Gourmet Solitario, porque se convirtió en una telenovela con bastante éxito. Y mi libro más vendido, el que sostiene las ventas a pesar del paso de los años es La Cumbre de los Dioses. Mientras que en Francia, mi libro más leído es Barrio Lejano.


