Mientras acomodo mi colección de revistas Nueva Aventura, pienso
en las revistas Skorpio que no llegué a comprar en la librería de
usados, y medito sobre los tomos recopilatorios de Nippur de Lagash
que recientemente compré (directamente de Ariel Avilez, uno de
los principales responsables del proyecto), me vuelve a la cabeza la
pregunta de los últimos meses. ¿Se murió la aventura?
Claro que no, me repito. Conozco a muchos que, como yo, crecimos
con la Colección Robin Hood y las revistas de superhéroes. Yo
leía las Nueva Aventura en la peluquería, donde mi vieja me
dejaba, generalmente los sábados a la mañana. En ese reducto
de masculinidad, en donde no se disfrazaban los mostachos ni los
almanaques picantes (era una peluquería de barrio como las de
antes, sólo para hombres), yo no tenía problemas en quedarme una
hora esperando, si eso me permitía terminar de leer la siguiente
historia de Aquí, La Legión, Pepe Sánchez, o Mi Novia y Yo. Savarese
me perturbaba por poco, por lo sórdido que era todo. Mientras tanto,
Nippur de Lagash ya me seducía con su prosa y la universalidad de
sus historias de coraje, amor, honestidad y traiciones.
No murió la aventura, entonces, porque esas revistas siguen siendo
muy cotizadas por los que, como yo, las atesoramos. Eso sí, se
murieron lamentablemente algunos de sus autores y todas las
empresas que las publicaron durante décadas.
En estos últimos años, en los que me metí de lleno en el tema de
los comics, pude ver un lento renacimiento de este arte, de la mano
de pequeñas editoriales, emprendimientos innovadores, o de viejos
soñadores que volvieron a intentarlo, con mayor o menor éxito.
Ni hablar de proyectos como los encarados por Clarín. Pero este
relanzamiento tan esperado de la industria comiquera (que algunos
dicen que no es tal, es tema de otro debate) no vino acompañado del
renacimiento de la aventura. Volvió Fierro, pero no volvió nada que
reemplace a las D’Artagnan o a las Nippur Magnum. Hubo intentos
parciales y muy loables, como la ya mencionada recuperación de
muchos episodios de Nippur de Lagash o de Pepe Sánchez. Pero se
tratan siempre de reediciones.
Lo nuevo pareciera estar en otros géneros del arte, o incluso en la
experimentación, en cosas que algunos dudan en llamar historieta.
Se habló mucho de las tiras autobiográficas, del humor de una sola
viñeta, de comics que a veces ni texto tienen. Algunos dicen que son
mamarrachos o que no valen la pena; otros los reivindican. Yo creo
que tienen que tener su oportunidad. Un arte que no experimenta no
es arte; se muere de viejo, se vuelve marchito.
Pero, por otra parte, sin desmerecer a estos comics y sin entrar
en polémica, me pregunto de nuevo, ¿dónde quedó la aventura?
Revistas como Bastión lo intentaron; Ultra tuvo algún resultado
pero sus historias seriadas terminaron brillando más por separado.
Magma fue un intento digno, y hasta ahí nomás. Deux también
hizo lo suyo. Ahora Fierro pareciera querer alejarse un poco de esa
tendencia «experimental», por así llamarla, que muchos denostan,
y acercarse a las historias más tradicionales del comic argentino.
¿Qué pasa, que ninguno de estos proyectos tuvo éxito? Podemos
pensar que uno falle, o dos… pero, ¿todos? Cierto, algunos se fueron
al tacho y otros más o menos sobreviven. ¿Es que han cambiado
los gustos, o es cosa de marketing? Porque esa otra historieta,
la más «experimental» (de nuevo, por ponerle un nombre tonto)
sale por varias editoriales, e incluso se publican obras de artistas
extranjeros. Y de lo otro, poco y nada.
Y no es que me queje de las reediciones. Hay toneladas de cosas
para leer y coleccionar, décadas de obras de Columba, Skorpio,
etc. Recuperar la historia del comic argentino para las siguientes
generaciones es parte muy importante de la deseada refundación,
de la nueva Edad de Oro que muchos deseamos. Pero también es
imprescindible mirar hacia delante y darle espacio a los nuevos
artistas. Y eso, me parece, se demora demasiado.


