Doble Desafío

Siempre quise ser escritor. Es decir, las historias siempre han sido parte de mi vida, casi intrínsecamente. Películas, libros, historietas... no importa el formato, ni el género, ni la duración: sólo exigí siempre que estuviesen bien construidas, solidamente tejidas y, más que nada, originalmente elaboradas.

Mi primer libro

24/06/2011

| Por Bruno Magistris

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Siempre quise ser escritor. Es decir, las historias siempre han sido parte de mi vida, casi intrínsecamente. Películas, libros, historietas… no importa el formato, ni el género, ni la
duración: sólo exigí siempre que estuviesen bien construidas, solidamente tejidas y, más que nada, originalmente elaboradas. Mi viejo me alentó mucho a leer, quizás porque él nunca pudo
hacerlo. ¿Suena contradictorio? Seguramente, pero aunque jamás se volvió un ávido lector ni mucho menos, de alguna forma supo el valor que un libro puede llegar a tener, en las manos adecuadas.

¿Y con qué empecé? Bueno, era un chico, así que mis padres habrán pensado, inevitablemente, que lo mejor sería una historieta. ¿Ven? No siempre el prejuicio es malo. Y no tuvieron mejor idea que
comprar la que sería mi primer gran historia (o historias, porque eran muchas) en la costa, San Bernardo para ser exactos. Aun tengo la imagen de ser muy pequeño, abandonando una abarrotada calle
para entrar de la mano de mi madre en un lugar lleno de libros. No entendía qué tenía yo que hacer ahí (¡qué tiempos aquellos!), hasta que quien parecía ser el dueño se agachó bajo una estantería
y, sacando una especie de libro, se lo dio a mi madre. Ella me lo alargó y, con una sonrisa que jamás olvidaré, dijo «-¿Te gusta?». Era un libro con tapa de Tom y Jerry, los Pitufos y esos cuervos
que siempre se comían el maíz en el campo. Como tenía tantos colores, obviamente mi respuesta fue que sí y nos lo llevamos.

Nunca había visto algo como eso: eran, sí, los personajes que yo seguía tarde a tarde en la televisión. Allí estaban todos, en historias (o historietas) solitarias o interactuando entre ellos. A
todo color, en toda la página, sólo para mí. De más está decir que me enamoré de ese libro y que, fuera donde fuese, conmigo venía. Cientos, miles de veces lo leí sin parar, y a veces solamente
lo contemplaba como extasiado. Fueron grandes momentos entre él y yo, allá lejos en mi niñez: fue mi primer libro en este mundo.


El tiempo, ese atorrante burlón y sabio, se encargó de ir, poco a poco, alejándome de ese amigo inseparable que tanta alegría me había dado, pero siempre quedó en mi corazón algo quizá sagrado, no
sé cómo expresarlo bien. De él, como si fuese un hermano mayor que me recomendase a alguien, pasé a otras lecturas, quizá más adultas, quizá no. Con los años, cada tanto le echaba un vistazo,
sacándolo de aquella caja de recuerdos donde compartía lugar con juguetes, pelotas y avioncitos de papel, y siempre me robaba una sonrisa el atorrante.

Pero, quizás como una burla del destino, fue mi madre, aquella que me había acercado a él, quien me lo quitó para siempre. El error fue mío, seguramente, al no aclarar nunca lo que ese libro
significaba para mí. Porque cierto día en que lo fui a buscar, ni el libro ni su caja estaban donde los había dejado: una abyecta limpieza hogareña lo había hundido en las profundidades del
inalcanzable infinito. ¡Cómo lo lloré, Dios mío! Y, cabe aclarar, ya no era un niño. Pero sentí que un hermano entrañable había muerto y que ni siquiera había podido asistir a su entierro.

No me di por vencido: moví influencias, prodigué vil dinero, reclamé favores, prometí hazañas imposibles a los cielos, caminé largas distancias, buscando, siempre buscando. Los años pasaron, me
juré encontrarlo alguna vez. Me negaba a creer en su destrucción, seguramente había cambiado de manos en un infernal momento de distracción y, tarde o temprano, volvería a mí.


Pero no, jamás apareció. Ni rastros.

Mis amigos Hugo y Tolstoi se encargaron de la calle Corrientes; Balzac y Flaubert desplumaron Avenida de Mayo, pero sin resultados; Voltaire y Marechal hablaron con Borges, pero nadie sabía nada.
Ni Eco, ni Chesterton, ni Fuentes, ni Sábato, ni Pamuk encontraron nada. Como son buenos amigos, su compañía nunca se hizo desear, y entre todos nos hemos ido de putas más de una vez, olvidando
viejas penas. Pero en los días nublados no puedo desprenderme de esa melancolía que inevitablemente me taladra el alma haciéndome preguntar dónde estarás, viejo amigo, qué diminutas manos te
sostendrán en este momento y harán sonreír esos labios imberbes tan ignorantes de cómo te extraño y de cuánto necesito volver a verte.

He hecho todo lo posible, he dado la vuelta al mundo buscándote, y ya me quedan pocas fuerzas. No me queda más que brindar por vos, levantar la copa de mi alma y mirarte a los ojos (porque aún
puedo mirarte a los ojos, tan bien te recuerdo) y decirte lo que ya sabés: GRACIAS. Gracias por ser el primero, quizá el mejor, el que me dio mi vieja sonriendo, el que primero buscaba cuando
me levantaba, el que me volvía a leer mi viejo cada noche. Donde sea que estés: ¡Salud, viejo compañero! Que este sea el humilde homenaje que un escritor adulto le brinda a su niñez desvanecida.

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