El regreso del cuerpo mínimo: celebridades, fármacos y violencia estética

04 de abril, 2026 | 19.00

En las últimas premiaciones, pasarelas y alfombras rojas internacionales, desde los Oscar hasta los Brit Awards, pasando por festivales como el SXSW, a la par de los vestidos, trajes, marcas y el glamour, se repitió una escena que encendió las alarmas: la disposición de cuerpos femeninos mínimos, clavículas en primer plano, brazos esqueléticos, rostros cada vez más flacos y angulosos. Nicole Kidman, Emma Stone, Anya Taylor Joy, Demi Moore , Ariana Grande o Kelly Osbourne son solo algunas de las celebridades que lucieron siluetas cada vez más delgadas, en un contexto donde la conversación pública parece haber vuelto a girar alrededor de la pérdida de peso como valor en sí mismo y como señal de distinción.

Si bien parte de la prensa especializada habla de elegancia y celebró el “glamour clásico", en otros espacios las fotos y videos generaron preocupación teniendo en cuenta que padres, médicos, y especialistas registran desde hace meses un aumento sostenido de las consultas por tratamientos estéticos y el crecimiento de los casos de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en edades cada vez más tempranas. Catalina Greloni Pierri, periodista de moda y diseñadora de indumentaria (FADU, UBA), explica que “el cuerpo fue siempre territorio de moda como superficie donde se depositan el deseo propio y colectivo, valores de época, políticos, éticos y estéticos”.

Con respecto a lo que se está observando actualmente señala que si bien en las pasarelas es común y está fuertemente arraigado que las modelos sean ultra delgadas, “eso hoy pregona hacia las celebridades y desde allí a las redes y a la sociedad en general”.

Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.

SUSCRIBITE A EL DESTAPE

Las imágenes retrotraen inevitablemente a la estética ‘heroin chic’ de los '90: “Delgadez extrema, piel pálida, ojeras marcadas y una apariencia demacrada propia de consumidores de heroína, como si fuera algo cool”. La diseñadora lo analiza como “un estándar impuesto a las mujeres a seguir mirándose permanentemente, a disciplinar los cuerpos y minimizar su espacio y territorio en el ambiente público y privado. Una mujer obsesionada por su apariencia, por ocupar menos espacio y a usar eso como un aspiracional de deseo tiene menos tiempo y energía para enfocarse en lo que verdaderamente importa: sus pasiones y deseos, su carrera, su trabajo, su salud mental y corporal”.

El fenómeno conjuga una nueva oleada de lo que la socióloga feminista venezolana Esther Pineda G. denominó "violencia estética": el conjunto de mecanismos culturales, mediáticos e industriales que operan sistemáticamente sobre los cuerpos de las mujeres e identidades feminizadas, instalando estándares de belleza inalcanzables que generan inseguridad, exclusión, una búsqueda permanente de corrección y por ende, todo un mercado. El negocio parte de la creación de una necesidad de intervención constante dado que ese ideal se vuelve inalcanzable. Estos mecanismos afectan con más intensidad los cuerpos feminizados, y jóvenes, que históricamente han sido construidos como superficie de inscripción de normas sociales y violencias estéticas. Ni hablar de las mujeres trans y travestis, para quienes la búsqueda de un cuerpo feminizado es parte “esencial” del proceso de construcción de la identidad y, en muchos casos, la herramienta que las habilita a existir socialmente, a mostrarse, y a ser aceptadas.

La fugacidad del Body positive

El disciplinamiento y control sobre el cuerpo femenino, vinculado a la moda y lo estético, tienen una historia larga: el corsé en el siglo XIX, las anfetaminas como "supresor del apetito" desde los años 50, las dietas extremas avaladas por nutricionistas en los 80, la cirugía estética y los trastornos de alimentación popularizados en los 90, y el mandato de la talla O y el tiro bajo en los 2000’.

A partir de 2010, sin embargo, primó el mensaje del ‘Body positive’ y la defensa de los “cuerpos reales y diversos”, fenómeno que parecía significar una transformación cultural genuina, y llegó a impulsar a las marcas a poner en marcha campañas de "inclusividad" con modelos cuyos cuerpos y talles jamás habían pisado una pasarela . En ese contexto, figuras como Lady Gaga, Taylor Swift y Demi Lovato se animaron a hablar por primera vez públicamente de los trastornos alimentarios que habían sufrido como consecuencia de la presión de la industria.

Poco y nada duró aquello que podía generar algún tipo de esperanza y a contramano, lo que está ocurriendo desde fines de 2024 es la re imposición de  las aspiraciones estéticas históricas con nuevas tecnologías que lo permiten. “El body positivity, y lo que creíamos o deseábamos que no fuera tan solo una tendencia, ha pasado fugazmente y se está extinguiendo con el advenimiento de las inyecciones como el Ozempic”, indica la periodista especializada en moda. De hecho esto se verifica en las cifras del informe de inclusividad de tallas de Vogue Business que muestra que para la temporada primavera verano 2025 más del 94% de las modelos en los grandes desfiles de Nueva York, Londres, Milán y París son talla 0 a 4, y apenas el 1% fueron plus size.

Lo que parecía ser una "revolución" fue solamente una válvula de escape, un pequeño respiro para airear el malestar y dispersar la presión social sin modificar el funcionamiento del sistema. Una vez más el patriarcado, detrás de la industria de la belleza, la industria farmacéutica y la industria del entretenimiento, encontró la forma de articularse para reproducir, con más eficiencia que nunca, el imperativo de la delgadez. Y del otro lado del mostrador, son las mujeres e identidades feminizadas quienes ven sus cuerpos y existencias sometidos a evaluación y exigencias de mutación permanentes, y a la obligación de adecuarse a estándares cambiantes e inalcanzables.

Ozempic Body: la nueva fase de la violencia estética

Si bien la delgadez extrema está asociada al “heroin chic” de hace 40 años, hoy las condiciones materiales y dispositivos que lo hacen posible son otras gracias a la expansión y accesibilidad a fármacos como Ozempic o Wegovi que hacen que este tipo de cuerpos no respondan exclusivamente a una restricción alimentaria, disciplina corporal o cirugías estéticas, sino al efecto de una intervención farmacológica que acelera, intensifica y oculta los procesos de transformación. Podríamos decir entonces que estamos ante la evidencia del llamado “Ozempic chic” que no constituye simplemente una moda, sino la reconfiguración de la violencia estética en clave contemporánea.

Estos medicamentos fueron desarrollados originalmente para el tratamiento de la diabetes tipo 2. Su acción, sobre los receptores GLP-1 del sistema digestivo y el cerebro, suprime las señales de hambre y producen que las personas bajen peso rápido y fácil. En la práctica lo que se observa es una adopción masiva de celebridades de Hollywood, cantantes, famosos y referentes de la cultura, y su progresiva filtración hacia sectores de capas medias con acceso a recetas privadas. Varias figuras que adelgazaron de manera visible y acelerada en los últimos dos años han llegado a compartir sus experiencias y promocionar el medicamento: Kim Kardashian, lo usó para entrar en el vestido de Marilyn Monroe en la MET Gala; Elon Musk ha hablado abiertamente de su consumo en su perfil de X; y Serena Williams reveló que perdió 14 kilos con Ozempic en un vídeo promocional de la compañía.

Por el carácter de exclusividad de estos tratamientos, accesibles para quienes tienen los recursos económicos suficientes, circuitos médicos privados y cuentan con el capital social necesario, se suma una dimensión de clase: la delgadez extrema, además de ideal estético, actúa como signo de distinción y pertenencia a un circuito de privilegio. No obstante, según cifras de ventas de diferentes países, el Ozempic ya superó al Viagra, y la mitad de las farmacias online lo distribuyen sin receta ni supervisión. Esta situación puede empeorar en el corto plazo teniendo en cuenta que en países como India y China, entre otros,  la empresa que hasta ahora monopolizaba el medicamento, Novo Nordisk, está a punto de perder la protección de la patente por lo que se podría convertirá en genérico, menos costoso y por ende accesible para casi todas las personas.

Lo que antes se expresaba como un problema de salud, física y mental, a través de restricciones alimentarias, autocastigo, hambre, y control sobre el cuerpo, hoy se traduce en términos de optimización, eficiencia y acceso a tecnologías biomédicas que moldean el cuerpo con una mayor sofisticación y sutileza. Desde el Ozempic hasta la obsesión por el gimnasio, el inscribirse en el lenguaje de la salud, el wellness, el bienestar, el mundo del fitness o incluso el autocuidado, resultan mucho más difícil de identificar como problemáticas de salud. Al respecto Ruthie Friedlander, cofundadora de The Chain, una organización que trabaja sobre TCA, denuncia que estos fármacos son especialmente peligrosos porque eliminan la evidencia del daño: alcanza con darse una inyección y dejar que la química haga el trabajo que antes hacía la voluntad. Sin embargo, el efecto es el mismo, o aún más drástico, en el plano individual corporal, y en términos de modelos socioculturales y legitimación social.

Redes y algoritmos que glorifican la delgadez extrema

Si la industria farmacéutica provee el dispositivo médico del control corporal, el algoritmo es el protagonista del dispositivo cultural. El rol de las redes sociales en este proceso es central. Las plataformas se han transformado en los territorios de circulación de imágenes y contenidos donde la repetición y el scroll infinito convierten determinados cuerpos, hábitos, vidas y consumos en deseables y posibles, normalizando incluso padecimientos físicos y mentales.

Paralelamente se reproduce y multiplica contenido peligroso bajo el paraguas matizador de la "cultura del bienestar", cuyo fin es más difícil de cuestionar y puede derivar en conductas dañinas o TCA que no se presentan como trastornos sino como estilo de vida y crecimiento personal. “Las redes sociales influyen profundamente en estas construcciones y ya está afectando a las generaciones más jóvenes -advierte Catalina-. En Argentina, por ejemplo, una de cada tres jóvenes tiene algún tipo de TCA, siendo las más comunes la anorexia y la bulimia, seguido por la dismorfia corporal”. En este sentido agrega que algunos estudios indican un 50% más de casos de trastornos que en 2001.

El fenómeno del "Skinny Tok" por ejemplo, una tendencia muy popular entre adolescentes en TikTok, promueve e idolatra la delgadez extrema como requisito para acceder al lujo y al éxito. Para ello incluye consejos para adelgazar, rutinas extremas de restricción calórica, formas de registrar el peso con etiquetas de celebración, y tutoriales sobre cómo ocultar a familiares y seres queridos lo que uno come. “Nada sabe mejor que sentirse delgada” o "skinny is the outfit" son solo algunos de los mantras que defiende, dejando como mensaje que la única forma de ser atractiva y aceptada es ser flaca.

El retorno de la delgadez extrema no es, entonces, un simple revival estético sino la actualización de una forma histórica de violencia que encuentra nuevas herramientas para reproducirse y opera desde el deseo, la aspiración y la promesa de acceso a una versión mejorada, con la legitimación del propio star system. “Hoy el cuerpo se somete como a un proyecto personal donde la vigilancia, el control, y el castigo, también, de manera voluntaria es una prueba en tiempo real de autocontrol, constancia y sacrificio -señala Greloni-. Ser flaca sigue siendo un valor y un status social en un mundo cada vez más caótico, precarizado y ansioso”. Justamente lo que el sistema patriarcal ha sabido hacer con extraordinaria eficiencia, como explica Michel Foucault en Vigilar y Castigar: la producción de "cuerpos dóciles" a través de es convertir la vigilancia externa en autovigilancia y la auto explotación impuestas como deseo propio.

MÁS INFO
Fabiana Solano

Soy Socióloga (UBA) y periodista (ETER). Intento correrme de la agenda vertiginosa para profundizar en la realidad social, la cultura y la política. Como socióloga he estudiado y escrito sobre temas como la desigualdad social, la pobreza, la exclusión y la discriminación. En la actualidad me dedico mayormente a estudiar el fenómeno de tecnologías de comunicacion, plataformas, redes sociales y sus efectos sobre la subjetividad. Como periodista he trabajado y colaborado en varios medios de comunicación como Cítrica, Kamchatka, FM La Patriada, AM530, Tv Pública y El Destape.