A la muerte de Francisco Franco, España dijo adiós a una dictadura monstruosa y represiva. En un país empobrecido, en el que crecieron muchos jóvenes sin esperanzas en las barriadas pobres que rodeaban a las ciudades, la miseria, el desempleo y la falta de oportunidades dieron origen a un movimiento de delincuencia juvenil muy fuerte. Ya no existía la represión de la dictadura, y la incipiente policía democrática no se daba abasto para contener a los jóvenes quinquis quienes, con un promedio de edad de 15 años, se dedicaban más que nada a robar vehículos, pero eventualmente se aventuraban también a robar bancos. Algunos de estos criminales adolescentes adquirieron notoriedad: el propio Joaquín Sabina escribió su primer hit, “Qué demasiao”, inspirado en el Jaro, uno de estos antihéroes que fue abatido a los 16 años cuando ya era famoso, en 1979. Pero donde realmente se les rindió homenaje a estos jóvenes inadaptados fue en la pantalla. El cine quinqui fue a la vez retrato de un momento y de un fenómeno social, pero también explotación e idealización de una tragedia. Películas como Navajeros, Deprisa, deprisa, Perros callejeros o El pico, muchas veces protagonizadas por actores amateurs que venían del mismo ambiente barriobajero que retrataban, y que en varios casos murieron incluso antes del estreno de las películas que protagonizaban.

Este extraño género cinematográfico, y la banda sonora que constituían las bandas españolas de heavy metal de los primeros años ´80 -Barricada, Burning, Rosendo- fueron el caldo de cultivo para que un joven y talentoso Jaime Martín, a fines de los ´80 publicara por entregas en la revista El Víbora su obra maestra: Sangre de Barrio.
Huyendo de un marido maltratador, la madre de Vicen se lo lleva a este y a su hija a un apartamento muy humilde del barrio de Hospitalet, en Barcelona. Vicen debe cambiar de colegio y asistir a un instituto donde el bullying es con navajas y donde los profesores se abstienen de ejercer disciplina, cuando no se encargan directamente de prostituir a los alumnos. En parte por sobrevivir, en parte por una empatía muy fuerte con el líder, Vicen pasa a formar parte de la pandilla del Cepas, un chico rudo que lo ayuda a adaptarse al pesado ambiente de Hospitalet. Los acompañan el Padrino y el Chichi, todos hijos de familias altamente disfuncionales, como la de Vicen. De la mano del Cepas, Vicen aprende rápidamente los códigos de la calle y se vuelve, como sus amigos, un pequeño “macarra”. Cepas es el líder y el más atemorizante, pero en el fondo es un adolescente sensible lleno de tristeza, y reconoce en Vicen a un igual, con quien puede compartir detalles de su vida que oculta a los otros, como que su padre es un pobre reciclador al que a veces, a regañadientes, acompaña a recoger basura de las calles, sufriendo las humillaciones de los niños bien que pasean en autos de lujo.

Vicen y sus amigos viven rodeados por la miseria y no tienen manera de aspirar a un futuro mejor. Son discriminados en los bares de moda, donde no son bienvenidos, y taladrados por la publicidad de la televisión, que los bombardea con mensajes de un bienestar burgués al que no pueden en ningún caso aspirar. Su respuesta no puede ser otra que ser salvajes, gamberros, tomar por la fuerza lo que sienten que les pertenece por derecho, sin mirar a quién pueden hacer daño. Porque no son héroes. Envalentonados por sus pequeñas victorias en peleas callejeras y ciertas aventuras delincuenciales improvisadas, traman un golpe de verdad: robar una tienda a mano armada para irse de vacaciones. Claro está, nada sale como pensaban. Vicen terminará en la cárcel, alejado de sus amigos, y al salir, año y medio después, con 18 años cumplidos, se irá involucrando cada vez más en el bajo mundo. Se enfrentará al vividor que ha seducido a su madre, buscará trabajo con su padre alcohólico primero y con un cártel de drogas después, conocerá el amor en Sonia, la cajera de El Pollo Loco, y matará, en defensa propia, al hermanastro de ella, sin saber que es su cuñado, y sin que ella tampoco se entere nunca de lo ocurrido. Vicen recorre Barcelona con su walkman a toda pastilla, escuchando sus grupos preferidos. Las letras de las canciones se combinan con sus vivencias de adolescente frustrado, de forajido en ciernes. El caos, la violencia y la amargura rodean a Vicen por todos lados.

Sangre de Barrio apareció por entregas en El Víbora, para formar dos extensos arcos publicados a lo largo de años. Gracias a la buena acogida, se editó un libro recopilatorio que ganó varios premios e incluye un capítulo intermedio con una aventura de Vicen en la cárcel. Desaparecida la revista El Víbora, Martín retomaría los personajes años después para una nueva edición más extensa, ahora de tres extensos capítulos, en la que todos los arcos argumentales se cierran de manera convincente, sin escatimar la gran amargura que ha impregnado toda la historia. Vicen ha pasado de adolescente rebelde a joven gangster; su novia cae en el fanatismo de una secta y, si bien España ahora es una pujante nación de la Comunidad Europea, la desigualdad social de Barcelona se mantiene. Vicen no se quiere doblegar ante una sociedad que no le ha ofrecido oportunidades, pero el camino que escoge va directo al infierno.

Suerte de Bildungsroman del lumpen, Sangre de Barrio es una obra compleja, llena de matices, de subtramas y de denuncia social. Martín, desde sus inicios, es un dibujante de talento que sacrifica la espectacularidad en aras de la narración; sus personajes se nos hacen entrañables desde las primeras viñetas, como los buenos actores, por su expresividad y un trazo sencillo pero eficaz. La historia, que empieza casi como un juego, crece hasta convertirse en un amargo retrato generacional, sin concesiones, sin falsa moral. Martín no juzga a los personajes ni sus acciones: los muestra de manera desencantada, en todo lo que tienen de nobles y de cobardes. La obra empieza teñida de cine quinqui, sí, pero al final de sus tres partes resulta más compleja y más lograda que la mayoría de esas películas, y más cercana a la gran literatura. Vista con ojos actuales puede escandalizar por su crudeza, por ciertos momentos de incorrección política, pero lo que cuenta, es real. Planteada en un momento en que se hablaba de novela gráfica como algo muy inusual y por un autor en ese momento muy joven, Sangre de Barrio es una de las grandes novelas gráficas españolas, aunque no se hable demasiado de ella.



