¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

NOTAS

Eponim: La Tierra sin Héroes

En 1999, Forum intentó capitalizar el éxito de los comics de Conan con un álbum de un autor español emergente, que exploraba el género de la fantasía heroica con bárbaros y espadas salvajes.
|
Martes 07 de abril, 2026

Iberia Hiboriana

No descubro nada nuevo si digo que es realmente increíble lo que sucede en España con los comics de Conan y los bárbaros en general. Ese subgénero de la fantasía heroica, el de los muchachones musculosos y melenudos que se agarran a espadazos contra cualquier criatura que se les cruza y suelen terminar ensangrentados, pero en brazos de hermosas mujeres con escasa vestimenta, goza en la península de una popularidad inusitada hace ya más de 50 años.

Y si bien son temáticas y estéticas que hicieron eclosión en las revistas populares norteamericanas de los años ´30, no resultaron tan difíciles de ser reproducidas por los autores europeos. Grandes maestros y neófitos bienintencionados crearon versiones españolas de Conan y sus sucedáneos, ya sea para exportar o para el propio mercado ibérico. Algunas de ellas incluso tuvieron su espacio en la revista La Espada Salvaje de Conan, versión castiza de Savage Sword of Conan que durante muchos años publicó Planeta-DeAgostini en su línea Forum. Allí convivieron, por supuesto, con las historietas de origen estadounidense, generadas por Marvel Comics, que fue quien durante 30 largos años (1970-2000) controló los derechos sobre casi todas las creaciones de Robert E. Howard y algunos otros personajes icónicos de la fantasía épica.  

Si bien hoy es infrecuente que las revistas superen el nº20 incluso en EEUU, La Espada Salvaje de Conan acumuló nada menos que 171 ediciones, entre 1982 y 1996. En el último número de esa mítica cabecera, apareció una historia corta en la que un joven Carlos J. Arroyo daba vida a Eponim, la tierra sin héroes, un mundo bastante parecido al de Conan, en el que transcurría una historia de 11 páginas, sin textos, con un dibujo y una narrativa sólidos y eficaces, como para compensar un guion obvio y remanido. Pensada por su autor como una serie, nada parecía indicar que habría un futuro para Eponim, pero lo hubo.

Más salvajadas

En 1999, el sello Forum prueba suerte con una línea de álbumes de autores españoles, centrados en la fantasía heroica onda Conan, y para que la asociación sea inmediata, bautizan a la colección "Relatos Salvajes" (como la famosa película de Damián Szifron, pero casi tres lustros antes). El fracaso fue tan categórico que solo llegó a las bateas UN álbum de esta línea editorial.

Pero para el fan que había descubierto a Carlos Arroyo y disfrutado aquella primera historia de Eponim allá por 1996, fue un maravilloso fracaso, porque de pronto tenía a su alcance un álbum de 84 páginas que (además de recuperar la primera aventura, "Pulso de Primavera"), continuaba y expandía el universo con cuatro historietas más, ahora con diálogos y bloques de texto, en las que, entre otras cosas, nos enteramos de que el protagonista de "Pulso de Primavera" se llama Gralic (el rubio grandote, al que en la portada le colorean el cabello oscuro para que se parezca más a Conan) y que en la primera historieta nadie habla porque la muchacha que la protagoniza es muda. El otro personaje relevante será Acterón, un héroe más atildado y confiable que Gralic, y también tendrá peso en las tramas posteriores la semi-diosa Ertemish.

Y si bien ahora los guiones son más elaborados, entre otras cosas por la incorporación de los textos, y de varios personajes más que se mueven por el mundo de Eponim, no vamos a encontrar nada que no hayamos leído ya en infinitas historietas de Conan. Si hay sorpresas agradables, vendrán por el lado del dibujo o de la narrativa. Arroyo volverá cada vez que pueda a las secuencias mudas, y ahí impactará con algún que otro momento digno de nuestra admiración. Al nivel de los argumentos, Eponim ofrece, básicamente, más de lo mismo: monstruos espantosos, magia, oscurantismo, batallas sangrientas, villanos diabólicos, seres humanos sacrificados en altares o vendidos como esclavos, flechazos, hachazos, espadazos... Esas cosas que a veces nos hacen sentir que si leímos tres historias de bárbaros, ya leímos todas.

Leyendas de Arroyo

Nacido en 1971, al tiempo de publicar este álbum Carlos J. Arroyo citaba como su principal influencia a Richard Corben. Pero no vamos a encontrar en estas páginas dibujos, puestas o secuencias que nos hagan acordar al gigante de Kansas. El estilo de Arroyo tiene mucho más que ver con lo que veíamos en ese entonces en las páginas de un Clauidio Castellini, un Raúlo Cáceres o un Bart Sears. En sus viñetas más sofisticadas, más cuidadas, aparecen toques de P. Craig Russell, o expresiones faciales de Carlos Giménez, pero Corben brilla por su ausencia.

Como ya dije, el dibujo es correcto, por momentos bastante impactante y alguna secuencias mudas están realmente muy bien. Lo que le juega en contra a Arroyo es la gran cantidad de viñetas que mete en cada página. Eso hace que esta se vea muy abigarrada, muy sobrecargada de elementos. Además, para compensar que en las secuencias mudas nadie habla ni explica lo que está sucediendo, hay secuencias MUY dialogadas, con enormes globos repletos de palabras, que por momentos opacan el lucimiento del dibujo.

Luego del traspié que significó inaugurar una colección que duró un sólo álbum, Arroyo volcó su producción al mercado alemán, más precisamente a la editorial Bastei Verlag, para la cual realizó trabajos de perfil industrial, en los géneros más comerciales (romance, guerra, terror), con guionistas desconocidos. Más tarde se volcaría al campo de la animación, como dibujante de storyboards. Allí alcanzaría el éxito (y volvería, aunque de modo indirecto, a producir historieta para España) como parte del equipo que realizó Chico y Rita (2010), el prestigioso film animado co-creado por el cineasta Fernando Trueba y el dibujante, historietista e ilustrador Javier Mariscal.

Huérfanos y adoptados

Hoy nadie se acuerda de Eponim, ni de Carlos J. Arroyo, y obviamente este material nunca se reeditó. Queda como una pieza arqueológica, un vestigio de los tiempos en los que Antonio Martín (director editorial de Forum) se rompía la cabeza pensando proyectos que pudieran darle trabajo a los autores españoles sin demasiada trayectoria que habían quedado huérfanos tras el rápido y cataclísmico retroceso de las antologías. La fórmula que intentó Martín en busca de un cierto sustento comercial para estos proyectos, fue apelar a los géneros de origen yanki que los lectores ibéricos habían adoptado de modo masivo en los ´80 y ´90, en gran medida gracias a la propia Forum. Casi siempre le salió mal, por lo menos desde los resultados económicos, que son los que determinan la continuidad o no de los proyectos. Ya visitaremos algunos más en futuras entregas de esta columna.