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NOTAS

“Le Llamábamos Bebeto” + La Memoria I: Lo Individual

Javi Rey crea una historia muy nutrida de sus recuerdos de la infancia, situada entre principios y mediados de los ´90 en un pueblo balneario cerquita de Barcelona.
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Martes 19 de mayo, 2026

Invitados: Javi Rey, Henri Bergson, Gaston Bachelard, Svetlana Boym, Steven Pinker,   y otros amigos/as.

"Todo tiempo pasado fue mejor": ¿es una verdad o un escondite?

¿Recordamos lo que vivimos o lo que sentimos al vivirlo?

¿Podemos extrañar algo que nunca fué, o una época que nos generó dolor?

¿La nostalgia cuida la memoria o la transforma?

“Los recuerdos te calientan el cuerpo por dentro. Pero también te desgarran.”
— Haruki Murakami

Es difícil para mí, un nostálgico matriculado (?), explicar el sabor agridulce que produce un recuerdo muy feliz. Hay un equilibrio muy fino entre felicidad y dolor (¿El doloroso regreso de la felicidad?”), que claramente no es melancolía ni tristeza genérica, es algo mucho más específico y más brutal: El saber que hay un dónde y un cuando al que quisieras volver, pero que ya no existe más.
Oler el perfume de quién te enamoró, la canción que sonaba mientras pasabas momentos con amigos o en familia, un lugar que visitaste, un abrazo de gol, un garche increíble, o escuchar la risa de alguien que ya no está. Es sentir en simultáneo alegría con un hueco en el pecho. Porque la nostalgia no avisa: aparece, te acaricia la cara, te abraza, te mete el dedo en el culo, se ríe y desaparece sin pedir permiso.

“Le Llamábamos Bebeto” es una hermosa novela gráfica, donde Javi Rey crea una historia muy nutrida de sus recuerdos de la infancia, situada entre principios y mediados de los ´90 en un pueblo balneario cerquita de Barcelona. Allí conocemos a Carlos, un pibe que quiere crecer demasiado rápido para así "alcanzar" a su hermano mayor Miguel, cuyo destino marca muy fuerte su forma de entender el mundo.


Pero también está el Bebeto, un grandote buenazo, mayor que Carlos en edad, con una vida familiar muy complicada (la madre se ponía a cantar completamente en bolas para toda la vecindad), con varios problemas de socialización, pero sin caer en sentimentalismos a lo Forrest Gump. Con una madre chapita + un padre ausente (¿también alcohólico y violento?) sobre sus hombros, se la pasa en la canchita de fútbol, mirando jugar al piberío desde afuera, sin nadie que le tire una soga. En espejo a Carlos, que corre hacia adelante persiguiendo un fantasma, Bebeto se aferra al presente, porque en lo que sigue después no le espera nada mejor.

“Cuando todo acabó, me contaron que mi aventura no duró más que quince minutos, pero yo la viví como si hubiese pasado una eternidad.”
         Fragmento de “Le Llamábamos Bebeto”

Henri Bergson explicaba que la memoria no es una copia del pasado, sino que es algo vivo, que se mezcla y resignifica continuamente con lo que somos ahora, y que cada vez que la visitamos la HDP se reconstruye y muta. No recordamos lo que pasó: recordamos lo creemos que fuimos cuando pasó. La administración de la memoria en nuestra mente tiene de Project Manager a alguien con Alzheimer, que cambia las reglas de acuerdo al momento, donde lo que pensábamos en T sobre X va a ser reemplazado por Y cuando lleguemos a T+2, y así hasta el final de nuestras vidas.
El autor entiende esto de forma visceral, y lo traduce de forma magistral en el color. Los espacios urbanos del pueblo se presentan con un halo grisáceo y apático en la paleta elegida, pero en la playa, en la montaña pedregosa que trepaban Carlos, Bebeto y Sorrow o en las canchitas de cemento, es donde el color explota. Rey no embellece el pasado porque sí, sino que juega en el terreno de la memoria bergsoniana en acción. Así pinta con viveza u opacidad los momentos que tuvieron distinto peso emocional, y nos muestra que recordamos más con la intensidad y la temperatura con la que vivimos, que con la fidelidad con que registramos.

Gaston Bachelard redobla la apuesta de Bergson para explicar que los espacios de la infancia no se recuerdan: se reviven, que son espacios poéticos que llevamos dentro. El Carlos adulto podrá volver a Sant Pere y caminar por las mismas calles, pero el pueblo le va a parecer menos pintoresco y más gris de lo que recordaba. Pero cuando llega a la playa y pisa esa misma arena, el color vuelve. Porque ese espacio vive en su cabeza como una sensación, con su propia temperatura sentimental, y eso no lo borra el tiempo.

Pero la nostalgia que construye Rey en estas páginas va más allá, añade una capa más compleja, que juega con las ideas de Svetlana Boym. Ella separó “el extrañar” en dos formas distintas: Por un lado, la nostalgia restaurativa, que es la que quiere volver y reconstruir o revivir lo que fue, la que hace que todo lo retro se venda como falopa en el Congreso. Por otro lado, está la nostalgia reflexiva, la que sabe que no puede volver, y que el viaje mental se arrebata con el duelo de lo irrecuperable. Carlos, va a bailar sus buenos lentos con estos dos conceptos a lo largo de las 144 páginas, porque el proceso de crecer duele mucho, y como todo pendejo que se cree grande, va a hacer doler a otros en el camino.

Rey, además, hace algo muy loco, porque a los personajes les genera una especie de “nostalgia al cuadrado”: Carlos recuerda a Bebeto, no solo en lo que vivió con él, sino además en lo que Bebeto contaba de su pasado o lo que podría haber sido y no fue, como lo ocurrido con Indurain y ese sexto Tour de France, que tiene un peso muy fuerte en esta historieta. Es el recuerdo de un recuerdo ajeno o el dolor de lo no-vivido por otro, y que igual terminó por ser suyo.

“Sería genial poder darle a un botón de pausa cuando todo te va bien. ¿No?
Quedarse en ese lugar para siempre.”
         Fragmento de “Le Llamábamos Bebeto”

Steven Pinker es un yanki que argumenta hace décadas que el mundo mejora de forma constante y que nuestros sesgos cognitivos nos impiden verlo. Él dice que “Todo tiempo pasado fue mejor" es un error de procesamiento, donde la cabeza tiende a recordar las experiencias positivas con mayor intensidad que las negativas, y a idealizar que las cosas eran más simples y hermosas que este presente caótico que vivimos. Pero la obra demuestra en sobradas instancias que la nostalgia se centra en que hubo momentos que fueron únicos, que fueron tuyos con lo malo y con lo bueno, y que no se van a repetir. La narrativa de Carlos no llora porque la infancia de los ´90 fuera mejor o peor que la vida adulta, sino porque ese verano específico, con esos amigos, en esa canchita, con su primer enamoramiento, ya no existe.
La palabra nostalgia en su etimología vincula el dolor, con el regreso imposible. Si Carlos pudiera volver realmente a ese verano, lo que encontraría no sería lo mismo que recuerda. Porque lo que recordás no es el verano: es la persona que eras en ese verano. El regreso es imposible, no porque nos falte un DeLorean que viaje a 88mph, sino porque él cambió. Además él muestra en sus diálogos y recuerdos varias culpas, como no haber visto lo que Bebeto necesitaba, o no haber aprendido de la sabiduría de Sorrow. Algo totalmente justificado por su edad, pero que igual le pesa treinta años después.

“...Hablo de días que desearía revivir otra vez. Pero aquella época no volverá. Y lo peor de todo: Terminó sin previo aviso.”
         Fragmento de “Le Llamábamos Bebeto”

"Todo tiempo pasado fue mejor" es un atajo, una forma de escapar de la asfixia del presente, de idealizar lo que ya no podemos cambiar, pero que nos conduce a la trampa de caer en un escondite. La nostalgia no limpia las heridas: Las señala, las espeja, y las deforma.

Quizás la única respuesta honesta que esa memoria deformada, corregida o erosionada tiene para ofrecernos, es recordarnos que en cada momento de alegría o de tristeza, hay que grabarla a fuego. Vivir con toda la intensidad que puedas sin guardarte nada, porque mañana vas a volver a este espacio desde tu mente futura, y vas a querer haberlo vivido con orgullo.