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NOTAS

“Antananarivo” + El Duelo

"Antananarivo" nos recuerda que el duelo necesita tiempo, espacio, movimiento y también quietud y reflexión.
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Martes 06 de enero, 2026

Invitados: Mark Eacersall + Sylvain Vallée, Alejandro Dolina, Gabriel Rolón, Judith Butler y otros amigos/as.

¿El duelo nos atraviesa el cuerpo o la mente?
¿Es el último tramo de lo que ya no es? ¿O es el primer paso de la sanación?
¿Es un instinto natural para todos? ¿Se trata de un estado o de un ejercicio? ¿Es necesario?

Terminaste el primario, el secundario y la facultad. Te fuiste de un laburo donde la pasabas bien. Mueren tus viejos. Vendiste tu primer auto. Muere tu perro. Tu equipo pierde una final de Libertadores. Se muere el actor de un personaje que marcó tu vida. Atrás quedó tu infancia, adolescencia y adultez. Apagamos la luz y nos vamos.
En cada final, hay un nuevo comienzo.

Antes de que me putees y/o te enchufes un clona sublingual por lo bajonero del tema, creeme que hay una obra preciosa y emocionante que hoy te traigo para hablar de esto. Al cerrar el libro me recordó mucho a cuando le escuché a Alejandro Dolina decir que "Hay un gustito amargo en ser mortal", como tragarnos la  borra más amarga del café más delicioso. Algo así saborea el alma (si existe) cuando alguien o algo que nos importa se va para siempre. El destino o el azar decidieron por nosotros, y ahora toca aprender a andar en este mundo desconocido que se parece tanto al de hace un rato, pero ya no lo es. Dudo de que se trate de 6, 7, 8 etapas ordenaditas como dice algún manual de psicología, y por eso fue tan mágico dar con “Antananarivo” que (aparte de ser la capital de Madagascar) es la novela gráfica de Mark Eacersall (como guionista) y Sylvain Vallée (en dibujo), y es también uno de esos road comics que te agarran desprevenido, como si te encontrara cagando al costado de la ruta, te limpia el culo con mucha ternura, y al terminar la historia pensás: “¿Por qué estoy tan vulnerable? La concha bien de tu madre”.

¿Te imaginás una aventura tintinesca (guiños incluidos) donde el protagonista es un escribano jubilado, hipocondríaco, y que vive su vejez imaginando las aventuras que le cuenta el fiestero de su vecino? El dúo de artistas nos regala algo que es muchísimo más que eso, parte canto de amor al comic europeo de aventuras, parte viaje introspectivo cargado de humor y algunos golpes bajos muy bien dados. Jo (el vecino aventurero) era un tipo que te contaba historias increíbles de la Legión Extranjera, mujeres exóticas, viajes épicos por el mundo (hasta acá, lo mismo que juntarse un domingo a comer con mi viejo, y que casualmente sus nombres arrancan igual… un abrazo a donde sea que estés…), y al que Amadeo escucha fascinado, viviendo por proxy las aventuras que él nunca se animó a tener. Pero la muerte de Jo, como todas las muertes, arranca una nueva página en blanco (o quizás no tanto) de la realidad, un espacio intermedio donde es difícil dilucidar qué porción es “cierre de lo anterior” y cuál es “el comienzo de un nuevo viaje”. Para Amadeo y su descapotable (bien hecho mierda, hermosa metáfora) salir del garage será todo eso y mucho más.

  • ¡ANTANANARIVO!¡Me tomaste bien el pelo! ¡Desgraciado!
  • ¡Pero allí crecí y allí descubrí el mundo! ¡Fue allí donde nací de verdad!
             Fragmento de “Antananarivo”

El duelo llega, se acomoda en tu pecho, y te dice: "Bueno, ahora vivís conmigo". Y lo que nos queda a muchos, como a Amadeo, es tratar de entender qué mierda hacemos con todas las preguntas sin respuesta que nos quedan en vida por la muerte del que se haya ido o de lo que haya terminado… Todo esto claro, mientras nos cagamos a trompadas con una realidad (¡vaamoo’ Superboy!) que nos aletarga, que nos desordena las prioridades y que nos deja un ex-statu quo muy meado y con olor a linyera. Gabriel Rolón dice que se libra dentro nuestro una suerte de guerra íntima, de batalla salvaje de pasmosa paz, donde nunca vamos a poder volver a ser quienes éramos, cuando lo que se quiebra en nosotros, también destartala toda nuestra estantería emocional. Eacersall construye una trama hermosa que no busca hacerte llorar como un pelotudo, pero tampoco te suaviza nada. Te muestra la pérdida como es: compleja, contradictoria, dolorosa y, cuando te descuidás, hasta puede ser hermosa en una forma única y tragicómica.

El protagonista que no solamente duela al amigo que se fue, sino también a la vida (vivida de forma imaginaria) que ya no tiene, a la pareja que se perdió en el camino, a sus planes de vida, y por supuesto, a la imagen que tenía de Jo y de sí mismo… Imágenes que la vida le puso en completa duda y donde las sorpresas se suceden unas a las otras. Si lo que pensábamos como verdad era un relato… ¿El duelo se multiplica? Bueno, los autores se encargan de divertirnos al tiempo que hacen que la muerte física se torne una especie de cebolla misteriosa donde las muertes simbólicas tienen múltiples capas.

  • ¿Por qué nunca me contaste estas historias?
  • Puede que tuviese buenas razones para no hacerlo…
             Fragmento de “Antananarivo”

El tema es que el match perfecto no es duelo/muerte, sino duelo/pérdida. La pérdida es, incluso desde su etimología per-der, ese “dar de más” al extremo donde nos arrebatan incluso aquello que no estamos dispuestos a dar. Como amantes del comic, podemos entender el poder de un símbolo, y es por eso que no debería sorprendernos duelar aquello que representa mucho más que lo podemos tocar. Los símbolos o las imágenes mentales que nos hacemos de algo o alguien tienen la misma fuerza que su abrazo, y esto es lo que descubre el viejo Amadeo al ir juntando el ovillo que Jo fue dejando a lo largo de su real o ficticia vida. Así que tampoco nos horroricemos como viejas de Recoleta en una marcha LGBTQ+ frente al hecho de hacer un pequeño o gran duelo por un ser que nos acompañó físicamente, como por la ilusión perdida porque tu equipo no salió a campeón, porque Superman se murió o porque la pareja que tenías se terminó, ya que al fin al cabo, el exterior es una excusa para que el duelo irrumpa y nos muestre que algo que era, ya no lo es más.

El duelo no es enemigo, sino más bien un guía (muy choto y bajonero, pero es lo que hay) que nos dice que tenemos que dejar ese lugar mental donde vivíamos y hacer el tránsito hacia lo nuevo. Es ese espacio intermedio donde lo terminado sigue presente como ausencia, paradójicamente. Es interesante lo que hacen los autores con esto, porque los muestran a ambos amigos conversando imaginariamente pero las posturas, opiniones y actitudes de cada uno van mutando a lo largo de esas hermosas rutas que Amadeo transita, en busca del elemento externo que necesita para liberar la angustia interna.

  • Lo que más me hubiese gustado es que el hijo recuperase las ediciones originales de Pinpín. ¿Qué le puede dejar un padre loco por las aventuras a su hijo? ¿Una casa?
             Fragmento de “Antananarivo”

Judith Butler ya se ha preguntado cómo es que podemos duelar colectivamente por la muerte de una figura (el Diego, Néstor, Cerati) pero nos resulta indiferente la muerte de miles de personas en una guerra lejana ocasionada por capricho de un hijo de puta. Ella nos dice que aunque no los hayamos conocido personalmente, eran (y siguen siendo) símbolos de algo más grande: la identidad, la cultura, la historia compartida. Lo mismo aplica para una época, un personaje de ficción, o un proyecto que no se llegó a concretar. "Antananarivo" nos recuerda que el duelo necesita tiempo, espacio, movimiento y también quietud y reflexión. No son cinco sesiones de terapia ni cinco etapas estructuradas, sino más bien, si le damos el espacio que corresponde (pero no más que eso) es algo que nos enseña y nos transforma, que te vuelve a armar distinto cuando algo se rompió.

Creo que los duelos no se superan, sino que se integran como parte de nosotros, para recordarnos que cuando la cosa se vuelve más oscura, es el momento en que empieza también a aclarar. En cada final hay un nuevo comienzo: el comienzo de quien podemos llegar a ser con todo lo aprendido.