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NOTAS

Papa Fina

Hoy, tres historietas que me quedaron marcadas en estos últimos meses.
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Martes 21 de abril, 2026

El pulso de una comunidad

En los últimos meses, Editorial Ivrea empezó a expandir la “Urasawateca”, y eso ya es motivo de celebración. Primero llegó Master Keaton, uno de sus clásicos, y poco después se sumó Asadora!, su trabajo más reciente, iniciado en 2018 y actualmente en publicación. En Argentina ya contamos con varios tomos, suficientes para empezar a asomarse a una historia que confirma algo que a esta altura parece indiscutible: Naoki Urasawa es uno de los grandes narradores de la historieta contemporánea. Mi primer acercamiento fue hace apenas unas semanas, cuando el manga llegó a la librería, y bastaron unas pocas páginas para reencontrarme con esa fascinación tan particular que su obra suele generarme.

La historia sigue a Asa Asada, una nena que crece en una pequeña ciudad costera de Japón en el seno de una familia demasiado numerosa. Pero más que avanzar en línea recta, el relato se expande como una red: vecinos y desconocidos que se cruzan por azar o necesidad -y nunca recuerdan bien su nombre- van construyendo un mapa humano atravesado por tragedias, secretos y momentos de una calidez inesperada.

Hay un evento que sacude ese mundo, uno real: el tifón Vera, ocurrido en Japón en 1959, pero que Urasawa no usa como centro, sino como catalizador para observar cómo reacciona la gente común, cómo se reorganiza la vida cuando lo impensado ocurre. Este no es un manga documental ni tampoco “realista”, pero mucho de lo que los personajes atraviesan tiene que ver con los resabios de la guerra frente a este nuevo desastre y es ahí donde aparece la fuerza de su narración más intimista.

En lo gráfico, el manga mantiene el nivel de excelencia habitual del autor. El trazo es claro, expresivo, se le nota la tinta y eso me encanta. Urasawa trabaja especialmente bien los rostros: en ellos se inscriben el paso del tiempo, la tensión y la ternura, siempre en ese cruce justo entre realismo y caricatura. Los escenarios, por su parte, refuerzan esa idea de comunidad viva, con espacios que se sienten habitados, reconocibles. Incluso en los momentos más espectaculares, el dibujo nunca pierde su anclaje en lo cotidiano.

Asadora! es, como dije, otra confirmación del talento de Naoki Urasawa para construir grandes relatos a partir de lo mínimo. En sus páginas conviven personajes profundamente humanos, encuentros improbables y una red de vínculos que se teje tanto en la adversidad como en esos gestos de una sinceridad inesperada. Es en esos momentos, en los menos espectaculares, que la obra encuentra su verdadera fuerza y donde Urasawa vuelve a recordarnos que, incluso frente a lo extraordinario, lo que realmente importa sigue siendo la gente.

La creatividad en serie

Y ya que hablamos de trazos llamativos, me gustaría al fin tomarme el tiempo de hablar una de mis historietas argentinas favoritas del año pasado: Creadora, de María Florencia Verrelli, editada por Perro Mata Poeta. Este último mes la releí para el taller de Nueva historieta de Ciencia Ficción que da Bruno Percivale en Galería Hormiga y me reencontré con todos los interrogantes que el libro me hizo en su momento y que siento que vale la pena recuperar acá.

La historia transcurre en Latoria, una ciudad gris en un futuro remoto donde la creatividad fue convertida en mercancía. Ahí, las ideas ya no se generan: se extraen de la gente, se almacenan en disquetes y se replican a demanda. En ese mundo vive Teo, encargada de poner en disquetes las ideas de quienes todavía conservan algún resto de imaginación, lo cual alimenta a un sistema que se sostiene a costa de vaciar a las personas. Pero todo cambia con la aparición de Amara, una extranjera que aun crea, cuenta historias y que, sin proponérselo, introduce una anomalía en una sociedad que ha olvidado cómo hacerlo. El viaje que emprenden juntas entonces funciona como eje narrativo, pero también como excusa para poner en tensión dos formas de entender el mundo: una basada en la reproducción y otra en el riesgo de crear.

Verrelli construye un contraste efectivo entre la rigidez del sistema y la irrupción de lo vivo con su arte. Si bien el libro está trabajado en digital, da esa sensación de estar viendo la tinta cobrar vida a cada trazo. Quiero decir, tiene un acabado que parece ponernos frente a un boceto constante, y esto refuerza la idea de proceso creativo que la obra desarrolla y cuestiona. El uso del espacio y el ritmo de la página dan la sensación de desgaste, de mundo en piloto automático, que se va quebrando con la aparición de la posibilidad de crear.

En el taller nos preguntamos sobre cuáles son los nuevos interrogantes que la ciencia ficción actual se hace y uno de los que trae este libro está claramente ligado al valor del proceso creativo frente a la inteligencia artificial. En un mundo que privilegia el resultado inmediato, Verrelli imagina las consecuencias de eliminar el error, la búsqueda, la posibilidad misma de intentar. Y en esa hipérbole propia del género encuentra una verdad incómoda: que sin proceso no hay creación, y sin creación, tal vez, no queda demasiado más.

Darle Enter a una vida virtual

Creadora no fue la única obra que me dejó con más preguntas que certezas en este viaje por los interrogantes de la nueva ciencia ficción. En Pulse enter para continuar, Ana Galvañ propone una experiencia que incomoda desde el primer momento. Más que contar una historia tradicional, el libro funciona como una serie de fragmentos que capturan una sensación muy contemporánea: la de vivir en un mundo atravesado por sistemas que no terminamos de entender, pero que nos condicionan igual. Entre la ciencia ficción y el absurdo cotidiano, Galvañ construye un universo donde lo extraño no irrumpe, sino que ya estaba ahí, al acecho.

La obra se compone de varios relatos breves que no necesariamente buscan continuidad narrativa, pero comparten un clima. Hay una mujer-muñeca que pierde su valor cuando deja de ser útil, entrevistas laborales que rozan lo inhumano (qué raro, ¿no?), campamentos donde la mente parece no pertenecer del todo a quien la habita, virus que operan sobre los traumas más íntimos. Son escenas que combinan lo que conocemos con lo perturbador: situaciones cotidianas deformadas apenas lo suficiente como para revelar su costado más siniestro. En ese juego, Galvañ logra que lo extraordinario no funcione como escape, sino como lente para mirar una realidad que ya de por sí nos inquieta.

Visualmente, el libro tiene una identidad muy marcada propia del arte-diseño de su autora. Figuras simplificadas, composiciones limpias y un uso del color estridente que subraya lo perturbador de reconocer todos los espacios y las problemáticas de los relatos sin terminar de entender bien lo que está pasando. Hay algo casi del panfleto publicitario en esa estética que contrasta con lo que se está contando, lo cual genera un efecto de extrañamiento constante. Además, la autora experimenta con la puesta en página y el ritmo, para que cada historia tenga una personalidad propia sin perder coherencia dentro del conjunto.

En conclusión, Pulse enter para continuar es más una colección de sensaciones que una narración cerrada. Una obra que apuesta por el desconcierto antes que por la explicación, y que encuentra su punto máximo en esa incomodidad sostenida. Galvañ no busca respuestas, sino algo más cercano a una alerta: una invitación a mirar de nuevo lo cotidiano y descubrir, detrás de su aparente normalidad, un sistema tan absurdo como socialmente aceptado.