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NOTAS

Carlos Trillo + Eduardo Risso (parte 1)

Ahora que todas sus obras importantes están publicadas en su totalidad en Argentina, es un buen momento para repasar toda la trayectoria conjunta de estos dos monstruos sagrados del Noveno Arte.
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Lunes 16 de febrero, 2026

A principios de 1986, cuando Carlos Trillo firma el contrato con la editorial italiana Eura para empezar a proveerle historietas a las revistas LancioStory y Skorpio, uno de los primeros dibujantes a los que convoca es a Eduardo Risso. Pero en ese momento, el León de Leones estaba trabajando para esa misma editorial a través de la agencia de Ray Collins y Roger King. Más tarde se abocaría a la realización de Parque Chas, su gran clásico junto a Ricardo Barreiro, y el éxito haría que los editores franceses le encargaran una secuela. Así es como la colaboración entre Trillo y Risso (extensa y generosa en series de enorme calidad) se pone en marcha recién en 1988, cuando Eduardo empieza a dibujar Fulú, casi en simultáneo con la segunda parte de Parque Chas.

Esta maravillosa epopeya ambientada en la América joven se compone de cinco arcos argumentales... en las ediciones argentina y francesa. En Italia, en cambio, los editores querían que las aventuras siguieran el formato de Alvar Mayor, es decir, episodios de 12 páginas con una aventura que cerrara al final de cada uno. Entonces, para la publicación italiana en la revista Skorpio, los autores agregaban páginas, necesarias para que cada 12 páginas hubiera un final, un remate. "Era complicado -dijo alguna vez Trillo-. Por un lado rematabas y por el otro no".

De África a Brasil y de Brasil a África, la historia de Fulú tiene como base una investigación histórica (el comercio de esclavos que en el Siglo XVII eran arrancados de su tierra natal para ser vendidos como mercancía en las colonias portuguesas de América) y sobre ese conflicto primigenio (africanos esclavizados que quieren recuperar su libertad), Trillo y Risso edifican varios más. Fulú es una joven de una belleza impactante, hija de una mortal y un semidiós, con una extraña marca en la frente y poderes sobrenaturales que potencian su enorme atractivo físico. Hombres de toda índole van a enloquecer con tal de poseerla y ella, que es joven pero no ingenua, va a usar su magnetismo animal (su "olor a gato en celo", como dice alguno de sus pretendientes) a su favor. Finalmente la esclava, la chica encadenada y sometida que se compra y se vende por monedas, se va a hacer dueña de su destino, y de varios destinos más.

También va a presenciar y a padecer en carne propia desgracias, injusticias y atrocidades de las que tanto le gustaban a Trillo, pero esta vez no vamos a tener las reflexiones o los guiños irónicos típicos del guionista. Acá no está esa rendija por la que suele colarse algo de humor, algo que le quite peso a la tragedia. Nada con qué rebajar el espesor dramático de la trama, que por momentos se hace tóxico, opresivo, desesperante. Pero cuando el motor del personaje es algo tan fuerte como la búsqueda de la libertad, y cuando su voluntad es tan inquebrantable como la de esta enigmática joven, los flagelos, los castigos y los abusos son apenas un obstáculo más a superar. Fulú se trata de eso: de pelear contra todo y a pesar de todo para cumplir un sueño sagrado, el sueño de ser libres. Por mérito propio, a Fulú le fue muy bien, tanto en Europa como en nuestro país (donde apareció en la revista Puertitas a partir de 1989) y se convirtió en apenas la primera de muchas colaboraciones entre Carlos y Eduardo.

Y de Brasil nos vamos a Chile, para descubrir la siguiente creación de la dupla: Simón, Una Aventura Americana. Originalmente iba a ser una serie extensa, pensada para salir en Francia, en álbumes a todo color, pero una crisis en el mercado francés hizo que se publicara en blanco y negro y que todo se limitara a una única (y excelente) historia de 96 páginas. Finalmente el debut de Simón se produjo en 1992, en Italia, donde se publicó fragmentada en varias entregas, y lo mismo sucedió con su primera publicación en Argentina, que se pudo ver en la revista D´Artagnan.

Trillo y Risso nos narran la saga de Simón Tejedor, un chico educado en España que vuelve a América para descubrir sus raíces y el misterio que terminó con la muerte de sus padres. Su única pista lo conduce a Chile, un Chile en plena guerra entre realistas y patriotas (con el General San Martín como personaje muy secundario, pero siempre presente), que es escenario de crueldades, atrocidades e injusticias a granel. La historia de Simón estará atravesada, por un lado, por esta guerra cruenta y sin garantías de una vida mejor para ninguno de los que ofrendan sus vidas en los campos de batalla. Trillo no ahorra ironías a la hora de contarnos que el Chile que surgirá de esta “epopeya” conservará en sus genes muchas de las desigualdades y las injusticias que estaban claramente de manifiesto en esta guerra, teñida de traiciones y de intereses espúreos.
Por otro lado, está el amor, o en realidad un amor no correspondido, un desencuentro amoroso entre Simón y Juana Cardona, la sugestiva y sagaz hija de un hacendado español que cautivará a nuestro héroe y lo engrampará en un triángulo pasional jodido, perverso, más tenso que una definición por penales. De ahí saca Trillo muchísimos momentos cruciales, dramáticos, en los que –al pasar de la historia de un país a la historia de tres personas- el lector no tiene ni la menor idea de para dónde puede encauzarse el desenlace. Juana terminará por cobrar un protagonismo casi desmedido, al punto de eclipsar no sólo al propio Simón sino a la faceta de “aventura histórica”, que es una de las premisas que le dan sentido a la novela. Pero eso en realidad es un mérito, un lujo que se da un escritor al que siempre le resultó fácil escribir personajes femeninos fuertes, de esos que rara vez aparecen en las historias ambientadas en la América joven.


Entre las tropas de dos bandos enfrentados más por la codicia que por la sangre o la política, transcurre la historia de este chico que, mucho más que por lo que sucede en el país vecino, está obsesionado por lo que sucede bajo las (exiguas) ropas de Juana. Simón no quiere ser un prócer, la historia de Chile le chupa un huevo. Pero se juega la vida como los valientes de verdad, primero para averiguar sobre su origen y después para seguir cerca de la mujer que lo hechizó con su belleza y su astucia. Y la verdad es que el señorito criado en España pela (de a poco) un aguante notorio. A su corta edad le toca presenciar torturas, decapitaciones y todo tipo de inclemencias. La guerra contada por Trillo no es la de los libros de historia: acá los combatientes de ambos bandos se ensucian de verdad.
El trabajo de Risso es impactante de punta a punta y brilla en los tres frentes: el de la reconstrucción documental del período histórico (armas, trajes, carruajes, edificios), el del dramatismo de la trama (con expresiones faciales y corporales perfectas) y obviamente, el de la construcción de las secuencias, que es sencillamente demoledora. Como en casi todos sus guiones, Trillo elige con maestría algunas secuencias que pueden ser narradas sin textos y ahí la diferencia que saca Risso (acá todavía en tránsito hacia la síntesis que logrará poco después en Borderline) es monstruosa. Batallas sangrientas, polvos lujuriosos, intrigas y conspiraciones, todo deja huequitos por los que se cuela el talento del León de Leones, ese “algo más” que lo distingue del resto, eso sin lo cual la historieta también estaba buena, pero que Risso lo pone igual, porque con ganar 1-0 no le alcanza. Una gloria.